Josep Maria Cortés y una imagen de Jordi Pujol
¿Mercado o Estado?
"Nos queda por comprobar el engranaje de los hijos del 'expresident' en la fortuna familiar, que creció a la sombra del nacionalismo institucional. Sí, el Estado puede; y si no puede invertir en trenes, vías o ejes territoriales es porque se pierde por el camino"
La propiedad privada y la formación de precios están en la génesis de toda economía. Por su parte, el Estado es el instrumento que permite avanzar y mejorar.
“El Estado impulsa el ecosistema de la innovación, clave para la mejora de la productividad; y este ecosistema requiere un sector privado pujante acompañado de un Estado que opere como socio de la iniciativa privada”, escribe Amanda Mars en un artículo, que expresa el lento final del consenso de Washington que liberalizó los mercados y puso en primer plano el crecimiento, con una mirada retrospectiva al monetarismo de Chicago.
Este análisis abre los ojos al consenso de Londres, lanzado por la London Economics School (en 2025) y por el University College of London, dispuestos a combatir lacras como la desigualdad, la laxitud fiscal exigida por los poderes absolutos o el negativismo frente al cambio climático. Es necesario reanimar las políticas activas de los estados, en línea con el análisis aportado por Mariana Mazzucato en El Estado emprendedor (Crítica).
¿Habría llegado la Palantir de Peter Thiel tan lejos como está llegando, sin contar con la colaboración de la Casa Blanca, que le compra inteligencia militar, capaz de detectar y destruir misiles balísticos enemigos, tanto dentro como fuera de la atmósfera terrestre? No. Y no olvidemos que Palantir es el futuro de la IA, que ensombrece a las grandes, como Apple, Microsoft, Alphabet Inc (Google), Amazon, Meta (Facebook), Adobe, Oracle, etc.
Está claro que el consenso de Londres no defiende a estos grandes monopolios digitales. Pero lo de Palantir es un ejemplo de colaboración público-privada, cuya implantación se ha pervertido en la guerra de Irán y en las matanzas de Netanyahu.
El sector público en Occidente se ha comportado como un hacedor de economías cercanas a la mayoría. Y sí es así es porque los mercados decisivos —energía, finanzas, salud o escuela— no están siendo intervenidos, sino regulados. Muy cerca de los ciudadanos de a pie, tenemos dos ejemplos de que las administraciones son un arma indiscutible; dependen del uso que se les da.
Los dineros del “clan Pujol” rastreados en las concesiones públicas a lo largo de décadas eran el fruto legal de “inversiones financieras”, dice el primogénito Pujol Ferrusola, en sede judicial. Bien, ahora le queda por aclarar de dónde salieron los primeros empujes patrimoniales que, desde luego, no pertenecían a la deixa del abuelo Florenci.
Nos queda por comprobar el engranaje de los hijos del expresident en la fortuna familiar, que creció a la sombra del nacionalismo institucional. Sí, el Estado puede; y si no puede invertir en trenes, vías o ejes territoriales es porque se pierde por el camino.
Ahora mismo, la Generalitat de Cataluña puede al menos repartir un poco, como hace el Govern de Salvador Illa, que dará una ayuda universal a los dependientes que esperan su prestación y condonará las deudas contraídas por las familias que cobraron prestaciones tras la defunción de los usuarios.
La política económica es, además de economía, una cuestión moral que aprobarían hasta los liberales de Viena, a pesar de Camino de servidumbre, el libro que escribió Hayek, un hombre sabio, utilizado funestamente por los mismos conservadores.