Andrea Rodés opina: Más allá del río Montaje Crónica Global
Más allá del río
"Quizá, como escribe Relanzón, vivo de espaldas a lo que tengo delante. La paciencia —esa que a mí me falta y que a él le llevó a pasar noches enteras esperando a un urogallo— no solo sirve para capturar una buena fotografía, sino también para entrenar la mirada, para aprender a detenerse y observar de verdad"
El miércoles pasado tuve la ocasión de asistir a la presentación de un libro en un lugar hasta entonces desconocido para mí: Oryx, una fantástica tienda-librería en la calle Balmes que lo tiene todo para los amantes de la naturaleza.
Desde prismáticos para observar animales salvajes, cajas nido, detectores de ultrasonidos y comederos, hasta tiendas de campaña de tela de camuflaje, mochilas o pájaros de peluche que emiten el trino de la especie que representan.
En medio de toda esa parafernalia naturalista, había centenares de libros de historia natural, fauna, ornitología, sostenibilidad o fotografía. Entre ellos, el libro que se presentó ese día, Ter, que recopila una cuarentena de fotografías de la cuenca del río realizadas en los últimos veinte años por los fotógrafos Iñaki Relanzón y Carles Virgili, ambos residentes en el Baix Empordà.
“El Ter únicamente era aquello que separaba el Empordanet de algunas de mis necesidades diarias. Para ir al colegio de mis niños, Neo y Bru, debía cruzar el río por el puente de Verges, y para subir al Montplà o bucear en las Medes, debía hacerlo por el puente de Torroella, que en verano tratábamos de evitar porque las playas de l’Estartit y Pals se llenaban de turistas”, escribe Relanzón, especializado en fotografía de naturaleza desde que tenía poco más de veinte años.
“Nos dimos cuenta de que vivíamos siempre de espaldas al río, al que solo mirábamos de reojo”, añade.
Las fotografías abarcan todo el cauce del Ter, desde su nacimiento en Ulldeter (Ripollès), a 2.480 metros de altitud, pasando por Osona, la Selva y el Gironès, hasta su desembocadura en el Mediterráneo, aguas abajo de Torroella de Montgrí.
Una de las imágenes que más me llamó la atención fue el retrato de dos urogallos, una especie protegida del Pirineo, que a Relanzón le costó dos noches durmiendo en una tienda de campaña, esperando pacientemente su aparición. “Además, el urogallo canta muy pocos días en el mes de mayo”, explicó.
También hay fotografías muy bonitas de rebecos pirenaicos, isards, con sus característicos cuernos en forma de gancho, como la de un ejemplar joven que Relanzón captura en la cima del coll de la Marrana justo en el momento en que la luna en cuarto menguante está a punto de ponerse.
“¡¡Mira, Andrea, allá, un isard, un bambi!!”, me parece estar oyendo aún ahora en boca de mi primer novio, un amante de la naturaleza y de la Vall d’Aran, con quien hice numerosas excursiones. Cada vez que divisaba un animal, me pasaba enseguida los prismáticos, pero yo era incapaz de verlos, lo que le frustraba enormemente.
Hoy en día sigo sin ver animales cuando paseo por la naturaleza, y eso que voy al bosque a menudo. Me encantaría toparme con una serpiente, un conejo, un escorpión, un pájaro bonito… Pero nada. Los bosques del Maresme se resisten a mi mirada exploradora (e impaciente).
Solo una vez, en plena ola de calor, sobre las tres de la tarde, vi desde el coche cómo dos corzos pastaban cerca de nuestra calle. Fue como una aparición. Aún hoy se me pone la piel de gallina.
Mi novio me decía que no ponía suficiente interés, que no sabía mirar. Quizá tenía razón.
Quizá, como escribe Relanzón, vivo de espaldas a lo que tengo delante. La paciencia —esa que a mí me falta y que a él le llevó a pasar noches enteras esperando a un urogallo— no solo sirve para capturar una buena fotografía, sino también para entrenar la mirada, para aprender a detenerse y observar de verdad.
Los ornitólogos, en ese sentido, se llevan el premio. Según un estudio reciente del Rotman Research Institute, publicado en la revista Journal of Neuroscience, la observación de aves tiene efectos positivos en el cerebro comparables a los del aprendizaje de idiomas o la creación artística.
En concreto, los investigadores documentaron que los observadores experimentados presentan una estructura cerebral más densa y compleja, especialmente en regiones vinculadas a la atención y la percepción visual, lo que se traduce en un cerebro menos envejecido.
Me gustaría que fuera de otra forma, pero a mí observar pájaros me parece de lo más aburrido.