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Menos consignas y más vivienda: el error de Gabriel Rufián

Menos consignas y más vivienda: el error de Gabriel Rufián Montaje Crónica Global

Pensamiento

Menos consignas y más vivienda: el error de Gabriel Rufián

"Conviene decir las cosas claras: sufrimos una crisis de oferta, y eso solo se resuelve construyendo más. No hay atajos retóricos ni enemigos imaginarios que sustituyan esa realidad"

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No fueron pocas las burradas que se escucharon la semana pasada en UPF, en el acto celebrado por Gabriel Rufián con Irene Montero para estimular la unión de las
izquierdas de cara a las generales de 2027.

Desde la obsesión por convertir al empresario de Mercadona Juan Roig en enemigo de la clase trabajadora hasta otras afirmaciones cercanas al voluntarismo mágico.

Pero, entre todas ellas, la más reveladora fue la de Rufián sobre la vivienda: “La solución no es crear y crear y fabricar y construir más vivienda… porque lo que haces es que el especulador acumule”. Una frase rotunda, provocadora y, sobre todo, profundamente equivocada.

En las ciudades, donde la escasez de oferta es un hecho incontestable, negar la necesidad de construir más equivale a perpetuar el problema que se dice combatir.

Concretamente, en Barcelona, el precio medio de la vivienda alcanzó el mes pasado los 5.176 euros por metro cuadrado, un récord histórico con una subida interanual del 7,7 %.

Mientras, el déficit acumulado en España supera ya las 730.000 viviendas y se encamina hacia las 800.000 en 2027. En 2025 se crearon unos 226.000 nuevos hogares, pero los visados de obra nueva apenas llegaron a 160.000. El resultado es previsible: precios al alza y exclusión de clases medias y jóvenes.

Conviene decir las cosas claras: sufrimos una crisis de oferta, y eso solo se resuelve construyendo más. No hay atajos retóricos ni enemigos imaginarios que sustituyan esa realidad.

De hecho, propuestas como la del sociólogo Jorge Galindo en su libro Por qué necesitamos un millón de viviendas apuntan precisamente en esa dirección: asumir la magnitud del problema —hasta el punto de plantear la necesidad de construir del orden de un millón de viviendas— y actuar en consecuencia.

Rufián incurre aquí en la simplificación clásica de la izquierda populista: un culpable abstracto —el especulador— que lo explica todo. Si se construye, es malo porque acumula. Si no se construye, también es culpa suya porque lo aprovecha para subir los precios. Un razonamiento circular que elude la realidad.

Frente a esta visión restrictiva, Salvador Illa representa un giro más pragmático y sensato dentro del espacio progresista catalán. El president de la Generalitat defiende densificar tanto como podamos y construir tanta vivienda como quepa en las ciudades ya consolidadas.

Su plan prevé hasta 240.000 nuevas viviendas en 69 áreas estratégicas, aprovechando el suelo urbano existente. Es un reconocimiento implícito de que el nudo del problema es la insuficiencia de oferta.

La diferencia es sustancial. Rufián propone, en la práctica, menos vivienda. Illa apuesta por más. Y en esto último acierta: sin aumentar significativamente la oferta, el poder de mercado se concentra en lugar de diluirse. Limitar la construcción no debilita a los grandes tenedores; los fortalece.

La densificación, claro está, no es mágica. Puede provocar resistencias vecinales, saturar servicios o deteriorar la calidad de vida si no se acompaña de fuertes inversiones en infraestructuras y transporte. Y sin agilizar trámites ni reducir trabas regulatorias, corre el riesgo de quedarse en buenas palabras.

La vivienda no se resuelve con eslóganes ni enemigos retóricos, sino con políticas que aumenten la oferta, agilicen el urbanismo y creen incentivos reales para el alquiler asequible.

Reducir un problema estructural de esta magnitud a una consigna puede ser rentable electoralmente, pero es profundamente irresponsable cuando se aspira a gobernar. La vivienda necesita menos voluntarismo mágico y más realismo.

Entre no construir y construir tanto como sea posible, la segunda opción está claramente más cerca de la solución. Más y más vivienda, tanta como quepa. Esa debería ser la única consigna.