Rosa Cullell y una fotografía de la Sagrada Familia
Nos queda la Sagrada Familia
"Bravo por Gaudí, por Miró, por Tàpies, por Rosalía y por los que hicieron y hacen grande a mi ciudad natal"
Salimos el lunes a pasear por el centro de Houston, una ciudad de hospitales y emprendedores, con el nieto en el carrito. Íbamos más felices que tres perdices, aún sin saber a dónde ir, pero nos dimos de bruces con Joan Miró. En una gran plaza, entre bancos y rascacielos, se alza su escultura Personajes y pájaros. Se inauguró en 1982. Me sentí orgullosa de Barcelona, de la Fundación Miró, del innovador espíritu que no busca la independencia sino el progreso.
Últimamente encontraba pocos motivos para el entusiasmo patrio, pero un amigo me envió esta noticia: “En 2026 se acaba la Sagrada Familia”. El Papa León XIV conmemorará este junio, en Barcelona, el centenario de la muerte de Antoni Gaudí con una misa en el templo imaginado por el genial arquitecto. ¡Quién pudiera estar! Bravo por Gaudí, por Miró, por Tàpies, por Rosalía y por los que hicieron y hacen grande mi ciudad natal.
El artista mallorquín acababa de cumplir 89 años cuando se instaló la escultura tejana; pretendía asistir a la inauguración, ya que su relación con Estados Unidos era importante desde principios de los 50, pero los médicos le desaconsejaron el viaje transatlántico. La colorida y altísima obra se colocó junto al rascacielos del Texas Commerce Bank del arquitecto I.M Pei, que se sentía feliz de acoger la obra mironiana, pues creía que Houston necesitaba dar vida a sus calles. Así siguen: proliferan en ellas obras maestras financiadas por donaciones privadas.
En la Cataluña y la España de hoy, por el contrario, la nueva izquierda prefiere apoyar el gasto público imparable y la colocación de políticos en cargos con relumbrón (y sueldo fijo). A finales del XIX, en la Barcelona de Gaudí, todo era distinto y parecía posible; aquella tierra hizo la Revolución Industrial a la vez que el Reino Unido. La burguesía de fabricantes catalanes animaba nuevas construcciones y proyectos ambiciosos.
Muy posteriormente, Pasqual Maragall y Juan Antonio Samaranch nos consiguieron los Juegos Olímpicos del 92. Volvió la iniciativa. Sin embargo, hoy en día, seguimos sin encontrar la legislación necesaria para fomentar el espíritu emprendedor y el mecenazgo; solo se aprueban remiendos que perpetúan la dependencia del erario público, además de un IVA demencial para el arte.
América no es solo Nueva York, pero en todos los estados se admira la inversión privada. Vale la pena acercarse a Houston y a la Capilla de Rothko. Alberga 14 lienzos grises del pintor judío, letón y norteamericano en un sobrio santuario ecuménico abierto a todas las creencias. Meditar o pensar en esa planta octagonal, iluminada por su luz cenital, es una experiencia única. Luego, si te has hartado de rezar, puedes visitar el museo de arte fundado con el dinero de John y Dominique Menil, dos europeos establecidos aquí tras la segunda guerra mundial. La colección exhibe obras de Magritte, Max Ernst, Henry Matisse, Pablo Picasso, Jackson Pollock...
España, Cataluña incluida, no es América. Ni siquiera forma parte de la Europa más rica. A Barcelona le ha costado acabar la magna obra de la Sagrada Familia. Admito que, como muchos, dudaba de un final feliz. Y por eso me alegra que en 2026 se ponga el punto final gracias al empeño de la Junta Constructora del Templo Expiatorio, una fundación canónica, autónoma y privada sin ánimo de lucro. El templo se ha construido gracias a donativos y aportaciones de miles de ciudadanos; poco, bien poco, han aportado las administraciones desde que se inició el proyecto en 1886.
Han sido 140 años de obras, discusiones y críticas de quienes, en las últimas décadas, se oponían a completar la iglesia. Pero este año, cuando se cumple el centenario de la muerte del genio del modernismo, brindaremos por el bendito final de una de las basílicas más visitadas del mundo. Cataluña y España celebrarán el más que merecido Año Gaudí, artista denostado en los años 80 por la Gauche Divine de Bocaccio.
Mientras escribo estas líneas, recuerdo una tremenda crítica del arquitecto Oriol Bohigas: “La Sagrada Familia es un monumento que me parece una contribución tremenda a la incultura de Barcelona. Es una vergüenza mundial que vamos soportando como podemos”.
Durante los 80 y 90, tanto Bohigas, entonces concejal de Cultura del ayuntamiento barcelonés, como otros ilustres progresistas, propusieron detener la obra. Creían que “la construcción de un edificio al estilo de otro siglo es una barbaridad”.
El templo recibe casi cinco millones de visitantes al año. Es el lugar preferido de quienes viajan a la Ciudad Condal, por delante del Camp Nou. También es el segundo escogido por quienes llegan a España, solo detrás de la Alhambra de Granada. No creo que todos los visitantes sean incultos e ignorantes, la verdad.
Admiraba a aquel Bohigas que propuso y consiguió “recuperar el mar, monumentalizar la periferia e higienizar el barrio antiguo de la ciudad”. Pero si preguntas fuera de Barcelona qué imagen nos representa, la mayoría responde: “La Sagrada Familia de Gaudí”.