El Palacio de Congresos de Oviedo
Por qué los edificios públicos son tan feos (y tan caros)
"Los proyectos se valoran por calidad y por precio, y valorar la calidad es complicado"
Bueno, he puesto de ejemplo los edificios, pero se puede aplicar a muchas cosas. Se lo dejo a su imaginación. Tenemos la Alhambra, el Alcázar de Sevilla o la Sagrada Família.
Y luego tiene el Palacio de Congresos de Oviedo. Presupuesto inicial: 76 millones de euros. Coste final: 360 millones. Casi cinco veces más.
El ascensor no funcionó durante años. La cubierta móvil que debía abrirse nunca se abrió. Y estéticamente parece que una nave espacial se estrelló en mitad de la ciudad.
O la Torre Miramar de Valencia. 24 millones de euros para un mirador que permite divisar la playa. El ascensor se estropeó al poco de abrirse. Seis años después seguían esperando al servicio técnico.
O el Edificio Intempo de Benidorm, dos rascacielos con una cúpula dorada que los une por arriba y que parece diseñado por alguien que perdió una apuesta.
O el Centollu de Oviedo, que un arquitecto describió como "si una nave alienígena hubiese aterrizado en el centro de la ciudad y los nuevos amos hubiesen establecido ahí la sede de su gobierno colonial".
La pregunta que todo el mundo se hace es cómo es posible que con tanto dinero público se construyan edificios tan feos.
La respuesta tiene que ver con cómo se contrata en la administración pública. Y créanme, el proceso está diseñado a veces para producir exactamente este resultado.
Cuando un ayuntamiento o una diputación decide construir un edificio público, lo primero que hace es abrir una licitación. Hasta aquí, todo normal.
El problema empieza cuando se redactan los pliegos. Porque hay dos formas de valorar las ofertas en un concurso público. Por precio o por criterios de calidad.
Y aunque la ley dice que para proyectos de arquitectura deberían primar los criterios de calidad, en la práctica casi siempre acaba ganando el más barato.
¿Por qué? Porque valorar la calidad es complicado, subjetivo y genera recursos. Valorar el precio es sencillo, ya que el número más bajo gana. Y como nadie quiere que le acusen de favorecer a nadie, se opta por lo más "objetivo".
El resultado es que gana quien presenta el presupuesto más ajustado. A veces, incluso con un precio temerario. Pero aquí viene el truco. Ese precio temerario es solo el precio inicial. Una vez adjudicado el contrato, empiezan los "modificados".
Cito algunos ejemplos de cosas que han llegado a decirme: que si el terreno tenía unas características geológicas inesperadas, que si las mediciones iniciales estaban mal hechas, o que si hay que cambiar materiales porque los del proyecto no cumplen la normativa.
Cada modificación es un incremento del presupuesto. Y así, un edificio que debía costar 76 millones acaba costando 360.
¿Y por qué se aprueban estos modificados? Porque llegados a ese punto, parar la obra sería más caro que seguir.
Es lo que yo llamo la técnica del "salchichón" y es que se va cortando rodaja a rodaja y cuando te das cuenta te has comido el embutido entero. Solo que en este caso el embutido vale 300 millones de euros.
Luego está el tema estético. Muchos de estos edificios son obra de arquitectos "de prestigio" que ganan concursos internacionales con proyectos rompedores y vanguardistas.
El problema es que lo que queda muy bien en una maqueta o en un render 3D, luego sobre el terreno resulta que es una monstruosidad que no encaja con nada de lo que la rodea.
¿Y quién decide qué arquitecto gana el concurso? Un tribunal técnico formado por otros arquitectos. Que valoran la innovación, la audacia, el atrevimiento.
Lo que no valoran, porque no está en los criterios, es si el edificio va a quedar bien al lado de la catedral del siglo XVI que tiene al lado. O si los vecinos van a tener que verlo todos los días durante los próximos cincuenta años.
El resultado es que España está llena de edificios públicos carísimos, con sobrecostes estratosféricos, que no funcionan bien y que además son feos de narices.
Pero eso sí, han ganado premios internacionales de arquitectura. Porque los premios los dan otros arquitectos, no la gente que tiene que vivir con el edificio enfrente.
Lo más triste de todo es que estos desastres no son excepciones. Son el sistema funcionando exactamente como está diseñado. Se prima el precio sobre la calidad. Se toleran sobrecostes porque parar sería peor. Se valoran proyectos rupturistas sin pensar en el contexto.
Y al final tenemos lo que tenemos: un país con un patrimonio arquitectónico excepcional y una colección de edificios públicos contemporáneos que dan vergüenza ajena.
Así que la próxima vez que vean un edificio público especialmente horrible, no piensen que fue mala suerte. Piensen que fue el resultado inevitable de un proceso de contratación que garantiza que las cosas salgan mal.
Porque cuando el único criterio es el precio más bajo y luego se permite inflar el coste sin límite, esto es lo que pasa.
Y lo seguiremos pagando. Y aquí sí que puedo decir lo que dicen mis hijos de que es “literal”.