Un montaje con la opinadora Andrea Rodés
Casi soy Alma
"Alma Maher no solo tuvo capacidad intelectual y creativa para apoyar a sus parejas sentimentales y elevarlas en sus carreras mediante sus aportaciones, sino que también logró mantener su independencia frente a la misoginia de su época"
Tengo una muy buena amiga que, desde que rompí con mi primer novio después de ocho años juntos y me puse a ligar como una poseída con los hombres más diversos —periodistas, entrenadores de golf, publicistas, fotógrafos, médicos… todos ellos muy talentosos en lo suyo-- siempre me decía entre risas: “Eres la Alma Mahler del siglo XXI”.
La primera vez que me lo dijo yo no sabía nada de Alma Mahler, más allá de ser la esposa del compositor Gustav Mahler. Pero mi amiga, que es doctora en Arquitectura, estudió la carrera de piano en el Conservatorio y sabe un montón sobre los movimientos vanguardistas del siglo pasado, se había leído de joven su autobiografía y sentía auténtica devoción por esta mujer austríaca que se “lio” con grandes figuras masculinas de su época: Gustav Klimt la besó cuando ella tenía 16 años: a los 23, se casó con Gustav Mahler y más tarde, al quedarse viuda, se casó con Walter Gropius, el arquitecto fundador de la Bauhaus, a quien acabó dejando por Franz Werfel, destacado poeta y novelista de su época. Entre medio, mantuvo romances con otros artistas, como el pintor Oskar Kokoschka, que se obsesionó tanto con ella que llegó a fabricarse una muñeca a tamaño natural con su parecido.
“Se lio con lo mejor de lo mejor”, me comentó mi amiga el martes. La convoqué a cenar para explicarle que me estaba leyendo, por fin, la autobiografía de esta increíble mujer, madre, pianista y compositora, dotada de una elevada sensibilidad por la cultura y un profundo conocimiento del género masculino:
«Sé que el hombre tiene que hacer la rueda del pavo real en el mundo exterior mientras quiere "descansar" en casa. Ese es el destino de una mujer. ¡Pero no el mío!» fue una de las primeras frases que subrayé.
Desafortunadamente, Mi Vida, de Alma Mahler-Werfel (Tusquets, 1997) ha dejado de editarse en castellano, así que tuve que comprar un ejemplar de segunda mano. El libro, publicado en 1960 en Nueva York, donde vivió los últimos años de su vida tras exiliarse en Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial (su último marido, Franz Werfel, era judío), recoge sus memorias y diarios sobre su intensa vida cultural en Viena y sus relaciones con los hombres, además de otras anécdotas familiares, algunas muy tristes, como la muerte de dos hijos a edad muy temprana.
Por otro lado, su lectura me ha hecho constatar que a Alma Mahler no le llego ni a la suela de los zapatos en términos de Matahari moderna, y eso que Alma no oía bien, como yo. De hecho, lo que me motivó de verdad a comprar sus memorias fue descubrir en otro libro que Alma sufría una leve sordera provocada por una enfermedad de la infancia, y muchos historiadores coinciden en que esa podía ser una de las razones de la excepcional y halagadora atención que provocaba en su interlocutor.
También he llegado a la conclusión de que es injusto que a menudo se la haya retratado como una mujer manipuladora, hambrienta de atención y reconocimiento, además de sexualmente insaciable, cuando en realidad “fue una mujer que se rebeló contra la tradición, las formas socialmente establecidas y la sumisión esperada de una mujer de principios del siglo XX”, observa la periodista cultural Anna Tomàs en un reportaje para La Vanguardia.
“Lejos de conformarse con el papel de musa para compositores, escritores o pintores, Alma Mahler se convirtió en un catalizador de la creatividad de los hombres con los que compartió su vida”, añade Tomàs, convencida de que la compositora no solo tuvo capacidad intelectual y creativa para apoyar a sus parejas sentimentales y elevarlas en sus carreras mediante sus aportaciones, sino que también logró mantener su independencia frente a la misoginia de su época, y, en especial, de los hombres que la amaron.