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Ignacio Vidal Folch opina sobre el litigio por las obras de Sijena

Ignacio Vidal Folch opina sobre el litigio por las obras de Sijena

Pensamiento

La firma que no figura en la denuncia

"A veces uno se cansa ya de atizar a esos políticos que hicieron el ridículo y, en vez de quedarse en casa contando los billetes que ganaron a costa del erario público por llevar Cataluña casi a la bancarrota, todavía quieren salir a la palestra"

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A veces, los que comentamos cosas de los lazis, nos sentimos un poco como el gallo Claudio de los dibujos animados. El que cuando no tenía nada mejor que hacer, decía “vamos a pegar un poco a ese perro tonto”. El gallo se acercaba al perro, que era un bulldog haciendo permanentemente la siesta ante su caseta, le levantaba la cola y le daba unos buenos golpes en el culo.

¿Pero por qué el gallo pegaba al perro, que no estaba haciendo nada, sólo dormir la siesta? Misterio. Quizá por el placer de pegar. Y también porque el perro, por tonto, se lo merecía.

Pero a veces también uno se cansa ya de atizar a esos perros tontos, a esos políticos que fracasaron clamorosamente, hicieron el ridículo y, en vez de quedarse en casa contando los billetes que ganaron a costa del erario público por llevar Cataluña casi a la bancarrota, todavía de vez en cuando quieren salir a la palestra, o por lo menos sacar el morro del estercolero de la Historia.

El estercolero de la Historia: ese lugar adonde Trotski arrojó famosamente a los mencheviques (que no eran tan brutos y malvados como él y los suyos, como el mismo Trotski tuvo ocasión de comprobar años después, cuando Stalin asesinó primero a toda su familia y luego a él mismo, mediante el piolet que le clavó en la cabeza el catalán Ramón Mercader).

¿Es que no se dan cuenta de que no son nadie, y que cuando sacan el morro del estercolero lo máximo que consiguen es provocar lipori, vergüenza ajena? ¿Por qué no se mimetizan con el terreno?

¿Pero es que no se dan cuenta de que su tiempo ha pasado? ¿No se dan cuenta de lo muy cansinos que resultan, de que son hastiosos? Ayer, hasta El País editorializaba en un tonillo de fastidio y hartazgo sobre la nueva iniciativa de cinco prohombres lazis, cinco ex consellers de Cultura que, a cuenta de unos frescos del monasterio de Sijena que todavía custodia el MNAC y que, por mandato judicial inapelable, debe devolver a sus legítimos dueños, el Gobierno de Aragón, han puesto una denuncia contra la jueza que así lo dictaminó por “prevaricación”.

Yo no sé para qué escribo. Las pinturas de marras ya conté aquí que son bastante roñosas; aunque te digan que son una joya artística incomparable, créeme, no son la Mona Lisa ni La última cena de Leonardo. La pura y penosa verdad es que están irremediablemente carbonizadas, como he podido constatar cada vez que he visitado el museo para ver otras cosas más interesantes o para trabajar en su luminosa biblioteca.

Con parecido hastío y desdén que el editoriaqlista de El País, pero en el tono flippant a que nos tiene bien acostumbrados, publicaba ayer en este periódico Ramón de España una columna sobre el tema. La titulaba La conjura de los exconsejeros. Supuse que de modo tácito aludía a la popular novela de Kennedy Toole, la hilarante La conjura de los necios. A lo mejor él no pensaba en esa referencia, pero le traicionó el subconsciente.

Lluís Puig, Laura Borràs, Àngels Ponsa, Joan Manuel Treserras Ferran Mascarell son los cinco exconsellers de Cultura que han salido del sepulcro del olvido o del estercolero de la historia, y se han atrevido a poner una demanda contra la jueza que dictó sentencia según su leal saber y entender y sus conocimientos de las leyes y de la jurisprudencia, y de la que cabe imaginar que, como a mí, le importan un pimiento las pinturas de Sijena. La acusan de prevaricación, nada menos. Bien, tendrán que pagar las costas, y merecerían también una multa, por pelmazos.

Vamos a ser claros: Lluís Puig era un paleto, en cuyo currículum lo más destacado es que antes que conseller fue bombero y especialista en cultura popular, esto es, cántaros y bordados. Ahora creo que está en Bruselas, haciendo el panoli en el Consell de la República. O quizá ya lo ha dejado.

Laura Borràs fue una trepa consumada que quería hacer creer que era mucho más culta de lo que era, como dejó bien claro un justamente famoso artículo de Jordi Llovet. Enredó cuanto pudo, y fue condenada en juicio por falsear contratos para beneficiar a un amigo cuando dirigía una entidad de proyección de la lengua catalana.

Treserras era de ERC, conseller en un tripartito responsable, si no me bailan las fechas, de la presencia sectaria y polémica de la “literatura catalana” en la Feria de Frankfurt del 2007. Se le recuerda sobre todo por la rabia que le cogió el colectivo artístico a propósito de su gestión de Santa Mónica.

A Àngels Ponsa nadie la recuerda, pero no es culpa suya, duró poco, un año, y además le tocó el Covid.

En cuanto a Mascarell, como conseller es recordado sobre todo por chaquetero y por adular servilmente a Artur Mas (“President, estàs fent Història!”, le decía, mientras éste nos llevaba pel pedregar).

Obsérvese que la denuncia de estos desechos de tienta no la firma otro conseller de Cultura que estuvo muy (y muy mal) involucrado en el tema de Sijena: Santi Vila, hoy en el Ayuntamiento de Barcelona, según creo. Pero es que se da el detalle de que Santi Vila sí es inteligente y culto, desde luego mucho más inteligente que los cinco abajofirmantes, y no está para tonterías.