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Carlos Mármol y una fotografía de Silvio Rodríguez, Gerardo Pisarello y Pablo Iglesias en La Habana

Carlos Mármol y una fotografía de Silvio Rodríguez, Gerardo Pisarello y Pablo Iglesias en La Habana

Pensamiento

Las velas de La Habana

"Pablo Iglesias y Gerardo Pisarello, pacifistas profesionales, viven –sin hacerse preguntas– dentro de una canción de Silvio Rodríguez, que ha cambiado su guitarra por un fusil kalashnikov"

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La célebre afirmación de Wilde (Óscar) de que la realidad es la que imita al arte, en lugar de suceder lo contrario, suele entenderse de forma mayestática, al modo de la épica primitiva, pero rara vez se tiene en cuenta que esta misma ley de hierro también –y sobre todo– rige en el orden irónico, que es el verdadero signo cultural de nuestro tiempo. En The Decline of Lies (1891), el escritor irlandés lo expone de la siguiente manera: “Las cosas son porque las vemos, y lo que vemos y cómo lo vemos depende de la influencia del arte. Mirar una cosa es distinto a verla (…) La mentira, contar cosas bellas y falsas, es su objetivo”. 

Hemos recordado estos días este pasaje ante el espectáculo (nada glorioso) de la excursión a Cuba de algunos mesías de la izquierda española, cuya característica esencial es negar la existencia de España, lo que no deja de tener su mérito a pesar de que, como también dijera Wilde, las paradojas siempre sean peligrosas. Entre ellos figuran Pablo IglesiasGerardo Pisarello, candidato (a concejal) de Barcelona por los Comunes, junto a diputados de Sumar y Podemos. 

De la puesta en escena de su viaje, facilitado por el régimen cubano, que puso a disposición de estos embajadores extranjeros sus mejores hoteles, no afectados por la carestía y los cortes de luz que cada día sufren los cubanos, puede deducirse que los nuevos profetas de la revolución –que ninguno vio nacer ni cambiar hasta convertirse en su caricatura– creen haber consumado un acto de solidaridad ejemplar. Dios le conserve a estos pacifistas profesionales la ilusión de vivir, sin hacerse muchas preguntas, dentro de una canción de Silvio Rodríguez, que ha cambiado su guitarra por un kalashnikov, el viejo fusil de asalto soviético. 

Los herederos del castrismo, descendientes de los hermanos Castro –Díaz Canel sólo es el mayoral de la plantación–, dieron gusto al trovador en una ceremonia militar –verde olivo eran los uniformes– que debió emocionar mucho a los expedicionarios, contrarios a cualquier guerra imperialista –así se decía antes– pero partidarios de disparar en defensa de un régimen que no es que haya fracasado socialmente. Es que desde el primer día ejerció el férreo dogal del colonialismo interior. Cuba es fieramente absolutista. En la perla de las Antillas no existe la ciudadanía. Todos son vasallos de un único poder. Igual que en la Edad Media.

El espectáculo, sin duda, revela la infinita inconsciencia de las siniestras. Y su incapacidad para tolerar la realidad. En lugar de denunciar la falta de libertad en la isla, que es la causa de la postración material y espiritual que sufren los cubanos, estos arriesgados partisanos de salón, igual que los participantes en la flotilla ‘Nuestra América, Convoy a Cuba’, sin correr ningún riesgo, han disfrutado del privilegio de ver cómo esta lejanísima utopía arcaica se enroca en su falsa epopeya, sin entender que el presente de Cuba no tiene nada de épico. Si es algo es trágico. 

Han tenido delante de los ojos esta verdad desagradable pero, como sostenía Wilde, en el fondo no han visto nada, salvo las sombras de su propia imaginación. No es la primera vez que sucede un episodio semejante. Ni será la última. Esto también nos lo enseña el arte.  Hace veinte años, el gran Vidal-Folch (Ignacio), publicó una obra antológica –Turistas del ideal (Destino)– donde novelaba, con su colosal sentido del humor, las peripecias de Vigil, un escritor comunista y barcelonés (en este orden) que había ascendido de posición social gracias a su condición de intelectual comprometido con la izquierda.

Vigil decide solidarizarse con la causa del líder revolucionario de Tierras Calientes, una república centroamericana, y organiza una red de asistencia y apoyo con los grandes nombres de la intelligentsia europea. Todos presos del síndrome SartrePor supuesto, su acto de solidaridad consiste en un viaje con alojamiento en el Hotel Savoy, gran lujo, donde nuestro hombre conoce a Augusto, novelista portugués al que le falla la dentadura postiza pero que no ha abjurado –como tantos otros artistas de su generación– de sus ideales juveniles.

Ejemplos de coherencia dogmática, a Augusto y a Vigil se le suman Colores, un cantautor canalla, héroe de todos los antihéroes, y una larga ristra de camaradas –Mermel, Fortyún, Heredia, Haas, el semiótico Parlevin o Tronchon, maestro de los cocineros abstractos– junto a una tropilla de anarquistas italianos, filósofos franceses suscritos a Le Monde Diplomatique y activistas de la lucha armada. Famélica legión.

Es un antecedente exacto de estos mandarines y filisteos para quienes las velas de La Habana con las que los cubanos sobreviven a los cortes de luz y distraen el hambre cotidiana son como las luces de una verbena. Un ejemplo perfecto de lo que escribiera Ferrán Toutain: “El arte no es más que la excelente formalización de la mentira, y es por la mentira que surge la única verdad que debe ser revelada: la de su propia presencia”.