Rosa Cullell y el escritor Josep Pla
Cuando Pla viajó a Israel
"Algunos, que se autoconsideran 'mejores entre los buenos' y se dicen de izquierdas, están hoy convirtiendo Cataluña, también la cosmopolita Barcelona, en un entorno hostil para los judíos"
Josep Pla, el mejor escritor catalán que también escribía en español, embarcó, un martes 28 de mayo de finales de los 50, en la motonave israelí Teodoro Herz. Era el primer viaje de la ruta Marsella-Haifa de un barco construido en Hamburgo a cuenta de las “reparaciones” que Alemania pagó a Israel tras el genocidio. El 95% del pasaje era israelí o ansiaba serlo. “Es literalmente increíble”, le explicó a Pla una señorita de Zurich, “pensar que no hemos tenido barcos desde la época de Salomón”.
Con el viaje a la tierra prometida, el catalán escribió un reportaje en fascículos para la revista Destino que se ha convertido en un libro de la editorial del mismo nombre: Israel en 1957. Muy interesante. Hay que leerlo para poner en su sitio a las flotillas antijudías de Ada Colau por el Mediterráneo y a los viajes podemitas de fin de curso a diversas dictaduras.
Cuando el escritor ampurdanés llegó al puerto de destino, Israel contaba con 10 años de existencia y ya había sufrido dos guerras. Los seis millones de víctimas judías del Holocausto, de la Shoah, estaban en la memoria del mundo entero.
Algunos, que se autoconsideran “mejores entre los buenos” y se dicen de izquierdas, están hoy convirtiendo Cataluña, también la cosmopolita Barcelona, en un entorno hostil para los judíos. Eso me contó, compungido, un joven israelí que aterrizó hace nueve años en la Ciudad Condal con su marido (sí, además de judío, es gay, padre y esposo). Él mismo bromea con esa condición que, en tantos lugares, obliga a estar alerta.
Varias familias catalanas de apellidos hebreos llevan décadas contribuyendo, a través de sus empresas e iniciativas, a la prosperidad de Cataluña. Y los que cuentan, contamos, con algún apellido de origen sefardí, somos legión en España. Muchos Martínez (hijos de Martín) provienen de judíos conversos; adoptaron ese apellido tan común para poder convertirse en cristianos nuevos sin llamar la atención.
Lamentablemente, en 2025 y 2026 se profanan cementerios judíos (hace unos meses, el de Les Corts) o “se oyen gritos antisemitas en las manifestaciones”. Y los alcaldes reaccionan bien poco ante un espeluznante mapa en el que se “señalan” negocios judíos o vinculados a Israel en la provincia de Barcelona. Da votos.
Los terroristas de Hezbollah, que se refugian en túneles que ellos mismos construyen debajo de hospitales y escuelas, son inocentes. Para apoyar su lucha, la exalcaldesa Ada Colau y otros afines se embarcaron en la Global Sumud Flotilla y se dirigieron a Gaza. No pudieron hacer el bien, como ya sabían, porque los israelíes han dejado de estar para bromas de pijosprogres. Los detuvieron. Una veintena de esos héroes volvieron a casa en avión pagado con dinero público.
A finales de los 50, cuando el ampurdanés Pla viajó a Israel, anotó con admiración “los esfuerzos, las dificultades que tuvieron que vencerse, para acabar con la desidia y la pobreza en la que se vivía en Palestina”.
Ya a principios del siglo XX, los judíos compraron tierras áridas, vacías y despobladas del antiguo Sultanato Turco para cultivarlas. Nació, con ellas, el kibutz; la agricultura comunitaria que domó el desierto. Pla describe así el trabajo de los inmigrantes semitas: “Cuando se observa el entusiasmo estoico y enfriado con que los judíos han emprendido la lucha contra el desierto del Neguev, la sustitución que han conseguido, se entiende que la determinación de los judíos de permanecer en Israel es irrevocable”.
El 14 de mayo de 1948, Ben Gurión proclamó la independencia del Estado y el 15 cesó el mandato británico en Palestina. Ese mismo día, Israel fue invadida por los ejércitos de los cinco países limítrofes: Líbano, Siria, Transjordania, Arabia Saudí y Egipto. No eran palestinos quienes les atacaban, sino los ejércitos de las naciones vecinas. Fue un año de luchas. En 1956 empezó la Guerra del Sinaí, emprendida por Israel, Francia e Inglaterra contra el Egipto de Nasser que había nacionalizado el Canal de Suez e impedía el paso. En 1967, como algunos recordarán, volvió el enfrentamiento con la Guerra de los Seis Días. Israel confirmó su potencia bélica.
El gran escritor ampurdanés se ríe de los tópicos que caen sobre los israelitas: “El judío, escriben algunos, nunca será un trabajador. Será siempre comerciante, prestamista o banquero. No será agricultor, ni un buen soldado ni un militar aceptable…” Esas simplezas han quedado desmontadas, aunque el mismísimo Foreign Office británico, tras la II Guerra Mundial y la masacre nazi, seguía creyendo que “los judíos no se sacrificarían por la idea titánica de crear Israel”.
“Vivir en Israel”, cuenta Josep Pla, “no es precisamente fácil, se necesita una gran fuerza y un enorme idealismo. Implica prescindir de muchas comodidades. Precisamente, todo esto hace que la experiencia de Israel sea apasionante”.
¿Por cierto, saben quién fue el primer país en reconocer al Estado de Israel? La URSS. Lástima que no acabemos nunca con “el antisemitismo de los socialistas imbéciles”.