Josep Maria Cortés y una fotografía de Donald Trump
Trump, el TACO que se arruga
"Trump y Putin son tal para cual. Bombardean, invaden, amenazan, se reúnen de vez en cuando, fanfarronean y, de paso, intercambian arqueología kitsch con naturalidad"
Atacado por las consecuencias económicas de la guerra, Donald Trump detiene el conflicto y ofrece una tregua de cinco días los Ayatolás para que desbloqueen el Estrecho de Ormuz. Son las cosas de TACO, el feliz acrónimo de “Trump Always Chickens Out”, traducible como Trump Siempre Se Arruga, que le han sacado sus críticos a este sujeto de irrefrenable impulso narcisista, capaz de atemorizar al mundo con una destrucción total de Irán y, al rato, templar gaitas con un enviado de la República Islámica, que Teherán desmiente.
Entre declaración y declaración, el presidente mostrenco ha metido en la Casa Blanca una talla escultórica de Cristóbal Colón, obra de Zurab Tsereteli, dos metros más alta que la Estatua de la Libertad. Tsereteli es autor de una figura del zar Pedro el Grande, situada en el Kremlin y conocida por ser la “estatua más fea del mundo”, dice Marc Singer, periodista de The New Yorker, en su biografía del presidente estadounidense (Trump and Me). Gracias a la versión con toque de humor de Jesús Sérvulo González, sabemos que el estatuón del pobre Cristóbal Colón es un regalo anterior de Putin a Washington, un hecho que ahora cobra importancia por el desvarío geopolítico de los dos líderes más poderosos del planeta.
Estos dos son tal para cual. Bombardean, invaden, amenazan, se reúnen de vez en cuando, fanfarronean y, de paso, intercambian arqueología kitsch con naturalidad, como aquel que regala por Navidad camisetas Lily Silk o recibe pijamas de Raph Lauren.
En 2025, Trump cumplió una de sus promesas de campaña: recuperar el festejo del Día de Colón, que varios estados del país conmemoran como el Día de los Pueblos Indígenas. El presidente no bromea: “Bajo mi liderazgo, nuestra nación se regirá ahora por la verdad de que Cristóbal Colón fue un auténtico héroe estadounidense”.
No se hable más. El presidente que hostiga a la Fed para que baje los tipos de interés ha puesto al mundo patas arriba. En España, el escudo social de Sánchez para evitar los efectos de la inflación ha sido secundado por el bazuca de 400 millones de Salvador Illa, el president que reclama compromiso. Otros no responden, como el PP y Podemos, instalados en el No, pero contrapesados por Junts, que sale del agujero y dice Sí por puro cálculo cameral.
Algunos ni hablan, como Esquerra, entre la resignación y la infelicidad. La izquierda de la izquierda es un erial y la izquierda territorial es un camelo, que defiende a los propietarios de pisos —ante el próximo Decreto de Alquileres— al estilo agrícola del Institut Català de Sant Isidre (Foment): ferias, misas y festejos.
Cuando se trata de apretarse el cinturón hay dos cosas que funcionan: la contención y el modelo de bienestar; el calvinismo y el aparato de Estado. Lo demás son promesas o amenazas como las que lanza Vox, renovador de aquellos jóvenes airados de Alejandro Lerroux, un pellizco trumpista de la lejana Segunda República, el mundo de ayer.
A Donald se le caen los anillos en el aurifico Despacho Oval; sabemos que amedrenta, pero que siempre se repliega. Ahora le llaman TACO porque se acobarda por miedo a la temida estanflación americana; chickens out, ¡gallinas fuera!