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Guillem Bota opina sobre David Uclés

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Pensamiento

Las taquicardias de David Uclés

"Si vas a una entrevista con un periodista así, no puedes pedir Cacaolat"

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Cómo no va a tener taquicardias un hombre adulto que pide Cacaolat en los bares. No digo que el Cacaolat sea mala bebida, yo mismo lo consumí profusamente… cuando era un niño, que es cuando toca. Incluso una vez, ya mayor de edad, me permití pedir uno, bien caliente, en un refugio de alta montaña, un día de invierno que hacía un frío que pelaba (nunca olvidaré la mirada de los compañeros de excursión, ellos pidieron coñac, no volvieron a invitarme a subir picos con ellos).

David Uclés, ese escritor que escribe best sellers y gana premios con la boina, tuvo taquicardias durante una entrevista con el Diari de Girona y le echó la culpa al entrevistador, cuando la culpa es siempre del chachachá, o sea, de lo que uno bebe, que eso sí te afecta el organismo y no una pregunta más o menos punzante.

No se interprete con eso que el Cacaolat sea perjudicial para la salud, estoy seguro de que cumple todos los requisitos sanitarios y de que es sanísimo, ocurre que un cuerpo –o mente– adulto se rebela cuando se le introducen elementos claramente infantiles, las mismas taquicardias padecería cualquier adulto si pide un ColaCao o una barrita de regaliz, si merienda con Nocilla, si se baña con un patito de goma o si le pide a otra persona que le limpie el culo después de ir de cuerpo.

No digo que David Uclés cometa todos esos actos infantiles, probablemente se salte alguno, pero apostaría a que, cuando le invitan a cenar, pide macarrones de primero y escalopa con patatas fritas de segundo.

David Uclés es jovencito, eso se nota en cuanto abre la boca, pero ya no es un menor, o por lo menos eso parece a la vista de su barba, si bien es cierto que hoy en día no puede uno fiarse de nada, hay niños muy peludos. Da igual, vamos a suponer que efectivamente sea mayor de edad, en ese caso debería tener más cuidado con su salud y pedir en los bares una caña o una copa de vino. Si no bebe alcohol, puede tomar un café, un té, un zumo o incluso -aunque aquí entra ya en terreno peligrosamente juvenil- una CocaCola. Lo que no puede uno es ir a una entrevista con Albert Soler, que ese era el periodista, y pedir Cacaolat.

A Albert Soler me lo presentó el pasado verano Ramón de España, precisamente en la fiesta del décimo aniversario de Crónica Global, estaban los dos hablando y riendo, me pareció que se estaban burlando de alguien, así que me acerqué, por lo menos así no se mofarían de mí.

Me pareció un tipo normal (si es que puede considerarse normal presentarse a una gala con pantalón vaquero y camiseta, y sin afeitar, aunque vayan ustedes a saber qué entienden en Gerona por “corrección en el vestir”), quiero decir que en el poco rato que estuve con ambos, se trajinó no menos de cuatro cervezas, una tras otra, y después empezó con el vino. O sea, lo normal, y más cuando es de gorra.

Si vas a una entrevista con un periodista así, no puedes pedir Cacaolat, lo raro es que las taquicardias no las sufriera el pobre Soler, hay cosas que no hay corazón que las soporte. Que no echara a correr y aguantara a pie firme toda la entrevista sabiendo que tenía enfrente a un bebedor, supuestamente adulto, de leche con cacao dice mucho de su profesionalidad.

Por supuesto que puede haber adultos a quienes les guste el Cacaolat, como también hay adultos a quienes les gustan los menores, pero esas perversiones se guardan para la intimidad. Si, por lo que sea, uno tiene necesidad de tomar Cacaolat, puede hacerlo en casa, no va por los bares reclamando que le sirvan bebidas extrañas. Salvo que, una vez servido, se saque la petaca del bolsillo , asegurándose que lo vean bien el camarero y todos los demás clientes, y le eche un chorrito de coñac, lo que en tiempos se conocía como un Lumumba: sólo de esa forma pone el honor a salvo.