Fotomontaje con Donald Trump
Trump se deja tocar, esta vez sin que medie Epstein
"posando las manos sobre los brazos y hombros de Trump --nadie sobre su cabeza, cosa curiosa, deben de tener miedo de lo que puede haber ahí dentro--, sus representantes en la Tierra le están indicando a Dios quién está necesitado de su ayuda"
Cuando escuché en la radio que unos cuantos pastores se habían personado en el despacho oval, lo primero que pensé es que por fin trataban a Trump como a ganado. Me quedó la duda de si era para conducirlo al corral, al esquilador o al matadero, así que encendí la tele, fuese a donde fuese, las imágenes valdrían la pena.
Cuál no sería mi sorpresa al observar que quienes se personaron en el despacho presidencial eran pastores evangélicos, de los que conducen almas y no rebaños.
Así, a ojo, calculé en por lo menos una veintena los pastores que se apretujaban en el despacho, alrededor de Trump, quien en cambio era el único feligrés, normalmente esas cosas funcionan al revés, será que allí los creyentes van más a la baja que aquí, que ya es decir.
Había en el despachito, entre los pastores llegados de todo el país, jóvenes y viejos, hombres y mujeres, gordos y flacos, altos y bajos --uno apenas llegaba a la altura de la mesa tras la que se sentaba el presidente, ese tendrá más dificultades para que sus oraciones se escuchen desde el cielo--, blancos y negro --solo uno de éstos, no es cosa de pasarse con la igualdad racial--, tal vez incluso heterosexuales y homosexuales, igual se le coló a Trump uno de esos últimos sin que lo percibiera.
Se conoce que estaban allí para orar por Donald Trump, pero no para que el Altísimo le conceda, aunque con años de retraso, unos gramos de materia gris --hay cosas que ni Dios, con toda su omnipotencia, puede conseguir--, sino para que le ilumine en sus decisiones y le guíe en el liderazgo del país, amén.
Los que se situaban más cerca del presidente le ponían la mano encima, pero no en plan colegas, ni tampoco en el sentido de darle un sopapo, sino como si estuvieran tocando algo sagrado. O como si quisieran hacerle llegar por contacto las virtudes que el Señor --si atendió a los rezos-- mandaba hacia la Casa Blanca.
Eso estaría bien pensado, imaginemos que Dios se aviene a enviar unas dosis de eficiente liderazgo a la Casa Blanca, pero como en estos momentos tiene preocupaciones más acuciantes en la Tierra, lo hace hasta con desinterés, sin fijarse mucho, y van a parar a la mascota del presidente, todos los presidentes tienen una, puede ser un periquito o un chucho.
No diré que con un animalito al mando de la primera potencia las cosas pudieran ir peor de lo que van, pero habría que reformar de nuevo todo el Ala Este de la Casa Blanca para adecuarla al nuevo líder.
En cambio, posando las manos sobre los brazos y hombros de Trump --nadie sobre su cabeza, cosa curiosa, deben de tener miedo de lo que puede haber ahí dentro--, sus representantes en la Tierra le están indicando a Dios quién está necesitado de su ayuda.
Mientras los pastores rezaban, Donald Trump se dejaba tocar, una reacción habitual en él, según se desprende de los archivos de Epstein. Sentado en su silla, se mantenía callado, con los ojos cerrados, como si estuviera meditando o más probablemente durmiendo.
Mientras escribo ese artículo, se ignora todavía si las plegarias y los tocamientos --con perdón-- dieron algún fruto, más allá de lograr que durante unos minutos Trump no abriera la boca para soltar ninguna majadería ni --lo que sería peor-- amagara con iniciar uno de sus bailes.
Bien pensado, no es poco resultado, uno está por dar gracias a Dios por habernos librado del tipo ese, aunque sea unos minutos.
No sería mala idea que los pastores, en lugar de ir a rezarle y a tocarle --de nuevo, con perdón-- todos a la vez, lo hicieran de uno en uno, por turnos, de manera que Trump estuviera siempre inmóvil y callado, como en trance, igual que el viernes pasado, sin otro trabajo que cerrar los ojos y dejar que los demás oren por él, y así hasta el día que toque rezar por su alma, palabra de Dios.