Artículo de opinión de Jordi William Carnes
Cartas con memoria
"Cambiar los contenidos y los algoritmos constituye, sin duda, uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo. ¿Pueden ser neutrales? ¿Pueden ser educativos y formativos?"
Utilizo el título arriba citado, que da nombre a un programa que una escuela de Pineda de Mar está desarrollando: escribir cartas en formato analógico entre los jóvenes del municipio y las personas mayores. El resultado está siendo muy positivo: se refuerza la empatía entre generaciones, se combate la soledad y se recupera una forma de comunicación clásica. Escribir con papel y lápiz, con bolígrafo… ¡todavía existe!
Traigo este ejemplo después de leer y observar el debate que se está produciendo en muchos países sobre el acceso de los jóvenes al teléfono móvil y la edad adecuada para ello.
Byung-Chul Han, en su libro Las no-cosas, nos alerta sobre el significado de los selfies y el uso compulsivo que hacemos de WhatsApp; y Jonathan Haidt, en La generación ansiosa, aporta argumentos y luces a un debate que ha escalado de dimensión, especialmente entre los jóvenes, aunque no solo.
Ante la acelerada expansión del mundo tecnológico surgen numerosas preguntas, a menudo planteadas como constataciones a posteriori. Las prospectivas de futuro se sitúan en el ámbito del desconocimiento, de la incertidumbre e incluso del miedo. La información y los ejemplos que observamos nos interpelan constantemente.
¿Es posible mantener experiencias de empatía entre los seres humanos o estamos condenados a vivir cada vez más en soledad, moldeados por máquinas —robots o instrumentos asistenciales— que pueden ayudarnos, pero siempre en formatos individuales? ¿Pueden contribuir positivamente y, en ese caso, cómo hacerlo?
Hoy estamos poniendo el foco en los jóvenes y en el uso que hacen de los llamados teléfonos móviles, con propuestas que pasan por prohibirlos hasta cierta edad. Comparto la preocupación por los riesgos y los efectos negativos que pueden generar sobre la salud mental.
Sin negar la necesidad de prevenir estos peligros, creo que deberíamos ampliar el enfoque y buscar el origen del problema: la oferta de contenidos que alimenta estas adicciones, los algoritmos que generan ansiedad y dependencia. ¿Son inevitables? ¿Responden a una lógica de deseo permanente, de compraventa compulsiva, de aceptación y rechazo de uno mismo?
Las empresas que desarrollan estas aplicaciones difícilmente modificarán sus estrategias mientras no se enfrenten a procesos judiciales por parte de los potencialmente afectados y criterios más exigentes. Durante decenios, las fábricas han expulsado y expulsan CO2, modificar esta práctica para una mejor calidad del aire y de la salud es una tarea lenta y constante de demostración y verificación.
Cambiar los contenidos y los algoritmos constituye, sin duda, uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo. ¿Pueden ser neutrales? ¿Pueden ser educativos y formativos?
Potenciar experiencias de socialización como la de Pineda de Mar es ejemplar. No debemos olvidar que vivimos en una sociedad que avanza hacia mayores niveles de envejecimiento, como mínimo en nuestras latitudes, con riesgos claros de soledad. Construir realidades para los jóvenes basadas esencialmente en el mundo del móvil puede conducirnos a escenarios de mayor angustia colectiva.
Uno de los dos grandes mundos tecnológicos —el estadounidense o el chino— parece destinado a ganarse nuestro corazón porque, por ahora, Europa sigue en el diván.