Carlos Mármol opina sobre Yolanda Díaz
Sor Yolanda, fin de trayecto
"La única herencia del falso progresismo de Díaz es la hegemonía in fieri del PP y de Vox"
El tiempo es inmisericorde y la política un permanente ajuste de cuentas. De modo y manera que Sor Yolanda del Ferrol ha decidido –porque no le quedaba otro remedio– oficializar, por supuesto a través de una carta cuqui y un video bianco, donde nos cuenta su infancia familiar y nos habla también del mimo y de los cuidados, su renuncia a volver ser candidata de Lo Que Queda de Sumar en las próximas elecciones generales, que nadie sabe –quizás ni siquiera el Insomne– cuándo diablos serán.
La renuncia, claro está, no es tal. Ni se debe a lo que dice –su voluntad– ni tampoco responde a lo que declara: “impulsar el espacio progresista”. La vicepresidenta segunda y ministra de Trabajo, que por supuesto, no contempla cesar en paralelo de sus cargos gubernamentales, certifica así su incapacidad política para dirigir un artificio –la plataforma unipersonal bautizada como Sumar– concebido para enterrar a Podemos, cuyo líder fue quien la ungió en su día como ministra y, más tarde, como su sucesora.
El partido de Pablo Iglesias, doce años después de su irrupción en el tablero político al calor del 15M, se reduce a una secta de fanáticos. Sor Yolanda es aún menos: no ha podido ni consolidar una parroquia propia, a pesar de sus herramientas y ascendentes institucionales. Su poder siempre fue delegado: primero de Iglesias; más tarde, de Sánchez, que la ha convertido –porque ella se ha dejado– en una comparsa del populismo.
Díaz ya no podía imponer las listas electorales –que es el asunto capital que preocupa a la macedonia política de las siniestras españolas– porque su grey ha cambiado de santo, igual que hacen los indígenas cuando la deidad a la que rinden servidumbre no les concede su merced. Estaba amortizada desde hace mucho tiempo, aunque siga en el consejo de ministros y pueda hasta ser rescatada por el Insomne en el caso –imaginario– de que tenga alguna posibilidad de volver a intentar formar un gobierno.
El saldo que deja es cómico: una legislación laboral que concibe como limosnas los derechos laborales y una inenarrable capacidad para hacer el ridículo. Cuando uno se convierte en la caricatura de su propio personaje está condenado, antes o después, a transformarse en una marioneta. Aldous Huxley decía que mientras más noble intenta ser el lenguaje de un político más siniestros son sus designios. A Sor Yolanda nunca se le dio bien eso que los politólogos llaman la comunicación. Tampoco practicó en exceso el alto sentido de la dignidad que exigía a los demás. No ha sido más que una catequista.
El día que viajó a Bruselas para rendir honores a Puigdemont, prófugo de la justicia, asumiendo así la condición de adelantada del sanchismo, su estampa dejó definitivamente de funcionar ante los ojos de todos. Este desenlace sólo era cuestión de tiempo. La despedida (sin cierre) de la vicepresidenta puede leerse también como un monumento al victimismo, además de una muestra del sectarismo que guía el discurso de estas izquierdas posmodernas, donde falta coherencia, sobra demagogia y se profesa –sin rubor– el odio que adjudican a todos sus adversarios políticos.
“La política es dura, especialmente para las mujeres”, dice la vicepresidenta. Nadie la obligó a militar en nada y menos aún a aceptar dobles magistraturas. A la vida pública se viene llorado de casa y los cargos públicos –con sus correspondientes privilegios– deben dejarse sin esfuerzo, que es lo que prescribían los estoicos. Lo asombroso es que todavía se intenten conservar, como hace ella, presumiendo de unos logros sociales que cualquier estadística seria desmiente.
Si la gestión de la reina (destronada) de Sumar hubiera sido tan ejemplar como asegura los sondeos no otorgarían la mayoría absoluta a las dos derechas ni sus camaradas camuflarían sus estrictas ambiciones personales –el sueldo, el cargo, las prebendas, el coche oficial– bajo la ridícula farsa de la definitiva emancipación de “la gente”. La única herencia del falso progresismo de Sor Yolanda es la hegemonía in fieri del PP y de Vox.
Hubiera sido un detalle de elegancia que la vicepresidenta, en vez de contarnos otra vez su vida –“La política ha sido el aire que respiré en mi casa, las palabras con las que aprendí a hablar en un hogar lleno de democracia, cultura, dignidad y amor por lo común”–, o mostrar el inmenso orgullo que siente hacia su persona, hubiera dimitido también como ministra y vicepresidenta, cediendo ambos puestos a cualquiera de sus camaradas y asimilados, como el presbítero Rufián, que llegó al Congreso para lograr la independencia catalana y ha acabado mendigando el liderazgo de las izquierdas españolas, cuyo gran pecado es no recordar de dónde vienen ni saber tampoco a dónde van.