Distintas cabeceras
Sin discrepantes no hay democracia
"Cuando te haces mayor, no sé si a ustedes les pasa, te cuesta prescindir de la gente que ha sido importante en tu vida"
La etapa de los dos Gobiernos de Sánchez, del proceso independentista catalán, de los pactos con Bildu o la nueva Izquierda inclusiva, se ha cobrado más periodistas y columnistas disidentes que cualquier otra época de nuestra cincuentona democracia.
Entre los despedidos o dimitidos se encuentran escritores y catedráticos de renombre. Uno de los primeros despedidos ilustres fue Gregorio Morán, en 2017, al comienzo del procés. El admirado cronista de la Transición sabía que iba a ocurrir, pero no estaba en su carácter hacer la pelota. Adiós, Gregorio, te fuiste el pasado martes contándonos la realidad. Discrepando.
Morán, asturiano, de carácter hosco, norteño y sincero, llevaba muchos años en Barcelona. De 1988 hasta 2017 publicó una columna en La Vanguardia. En mi casa nunca fuimos lectores de ese periódico, pero yo lo empecé a comprar los sábados para leer sus Sabatinas Intempestivas.
Cuando vivía en Portugal, me hice con la versión digital del diario catalán para seguir gozando de aquellas discrepantes opiniones. Hasta que, un sábado, abrí el ordenador y no estaba Morán. Llamé a algunos amigos comunes y me contaron que su último artículo, Los medios del Movimiento Nacional, había “sentado mal”.
Eso sucedió en el mes de agosto que precedió al referéndum ilegal de Independencia.
También por aquellos tiempos, abandonó el periódico de los Godó otro buen columnista y escritor: Manuel Trallero. El hombre que más sabe sobre la trayectoria de Jordi Pujol se fue a su casa, pienso yo, “para no verlos” e investigar en paz. Ya sin Morán ni Trallero, no me quedaban firmas de referencia y cancelé la suscripción al diario de la burguesía local.
Cuando te haces mayor, no sé si a ustedes les pasa, te cuesta prescindir de la gente que ha sido importante en tu vida. Y careces de paciencia para leer o escuchar a personas que siempre beben de las mismas fuentes, que, curiosamente, nunca están en otra línea que la oficial de su periódico, su radio, su televisión, su partido, su grupete de amigos. Los bienquedas, a cierta edad, aburren.
Nadie entendía la Transición como Morán. La contó sin piedad, con algo de sorna y sin cursiladas. Si no han leído El cura y los mandarines, compren un ejemplar. Es un relato irónico, divertido hasta la carcajada, de cómo la vanidad y la impostura llevan a muchos supuestos intelectuales a la ridiculez embelesada.
Hace más de 50 años de la muerte de Franco. En vez de ejercer la crítica desde la razón, los partidos de izquierda se camuflan hoy de cursis bienpensantes. Les cuesta enfrentarse a opiniones diferentes. Y hemos llegado al punto en que se califica de extrema derecha a cualquiera que no comulga con la visión política de Pedro Sánchez and Cia.
La militancia obligada de pensamiento, obra o misión se ha impuesto.
Felipe González ha anunciado que no votará a Sánchez, causando un revuelo contra quien fue el primer presidente socialista de España. Creo que sólo le voté una vez y por correo, pero Felipe fue esencial en la transición hacia una democracia plena.
Además, siempre he pensado que escupir sobre tu propia historia (o sobre la tumba de tu padre) es como suicidarse con una escopeta sin balas. Sigues vivo, pero nadie te respeta.
"Sí, me han echado". Así confirmó el escritor Fernando Savater su despido de El País en enero de 2024. Escribía opinión desde la fundación del rotativo. Tras él, de inmediato, por solidaridad y hartazgo, salió del diario el filósofo y poeta Félix de Azúa, letra H de la Real Academia de la Lengua Española.
Rizando el rizo, El País despidió a su fundador, a Juan Luis Cebrián, en abril del mismo año. La lista es muy larga.
Años antes, lectores y paistólogos echaban apuestas de a quién iban a echar antes. Mi marido se inclinaba por Savater; yo creía que el primero en irse de EP sería Javier Marías.
En una de sus últimas crónicas publicadas en la Revista Semanal, Marías dijo: “Ésta es ya, en tan corto espacio de tiempo, la época más oscura y opaca conocida en democracia”. Se refería al Gobierno de Sánchez. Al primero. A la mesa de negociación con el independentismo catalán, la calificaba de “pamema”, que significa pantomima, fingimiento, farsa…
El vecino del barrio madrileño de los Austrias murió antes de tiempo, sin molestar, pero no sin dejar bien clara su postura ante la “cursilería feminista” y el lenguaje inclusivo. Dejó prohibido que le colocaran placa alguna junto a su casa ni pusieran su nombre a una calle, plaza o estación de ferrocarril.
Aquí les dejo un títular de junio de 2022 que resume su cansancio, frente a la política y otras vanidades: “Lo tonto agota”.
Todos los que se van, se hartan o son despedidos in extremis suelen pasar algún tiempo intentando irse. Disienten sin decidirse a bajar al ruedo. Para quien no es creyente ni manso de espíritu, callar cuesta. Savater, es la prueba. Publicó un libro, Carne gobernada, en el que se quejaba de la línea editorial de su periódico. “Se ha convertido en portavoz del Gobierno”, escribió.
Es imposible acallar las voces disidentes. Siguen sonando, incluso cuando ya no están. Discuerdan, divergen, difieren… No viven del último eslogan preparado por el asesor de comunicación de turno. Son carne ingobernable. Pero sin discrepantes no hay democracia.