Iván Teruel opina sobre la huelga de los profesores en Cataluña
Por qué secundé la huelga docente y por qué no iba a secundarla
"No podía olvidar cómo muchos profesores catalanes habían acudido, prietas las filas, durante el delirio del 'procés', a cada una de las farsas o algaradas que organizó el Govern"
Con el escepticismo propio de la edad y la experiencia recibí la noticia de la convocatoria unitaria para la huelga docente que tuvo lugar el pasado 11 de febrero en Cataluña. Desde que se convocó hasta justo un día antes, estaba convencido de no hacerla.
Tenía razones que me parecían de peso, aunque finalmente fueron otras las que inclinaron la balanza: el abandono de la certidumbre ciega es otro de los efectos de ir cumpliendo años.
Y los motivos por los que no quería seguir la huelga tenían que ver, principalmente, con el particular ecosistema de la enseñanza catalana.
No podía olvidar cómo muchos docentes catalanes habían acudido, prietas las filas, durante el delirio del procés, a cada una de las farsas o algaradas que organizó el Govern: allí estuvieron, como peones de Artur Mas, cuando se nos comunicó que el departamento necesitaba “voluntarios” para organizar la consulta del 9-N. Allí estuvieron, cómo no, para ocupar los centros educativos el día antes del referéndum del 1-O.
Allí estuvieron, también, para concentrarse el 2-O, en horario lectivo, con los alumnos, y señalar, de paso, a los disidentes que decidieron no sumarse a la protesta; y del mismo modo estuvieron para secundar la “huelga de país” del día siguiente, una huelga sui géneris que no supuso pérdida salarial: fue el modo en que el Govern repartió algunas migajas entre su tropa para premiar su lealtad.
Y ahí han estado siempre los sindicatos, como una extensión más del poder, para enviarnos comunicados exhortándonos a contribuir al proceso de construcción nacional, para oponerse al cumplimiento de las sentencias que obligaban al 25% de las clases en castellano, para celebrar los subterfugios legales como el decreto 6/2022 y la ley 8/2022.
Con esos mimbres, difícil hacer otro cesto. Es decir, ¿cómo no creer que la situación de la enseñanza catalana, el desprecio con que los sucesivos gobiernos, a pesar de todo, han reaccionado ante las demandas del colectivo durante los últimos años tiene que ver con esa relación casi de vasallaje?
¿Cómo protestar, por ejemplo —y esa era una de las reivindicaciones de la huelga—, porque los salarios de los profesores catalanes están a la cola de España cuando el poder nacionalista ha hecho bandera del tan cacareado fet diferencial?
Para quien no lo sepa, una parte del sueldo docente depende de unos complementos cuyo importe establece cada comunidad. Así que han sido los sucesivos gobiernos de la Generalitat —que, recordemos, gestiona el 50% del IVA y el IRPF, el 58% de los impuestos especiales y el 100% de sucesiones, transmisiones patrimoniales y patrimonio— quienes no han querido nunca equiparar esos complementos a los de los profesores del resto de España.
Irónicamente, fue el Gobierno central el que nos acabó subiendo un 11% el sueldo. Pero a todos los funcionarios españoles, claro.
Todo eso estuvo rondándome la cabeza hasta un día antes de la huelga. Pero después pensé en que yo había escrito un artículo —“Sobre el derecho a huelga en la enseñanza catalana”— en el que me quejaba de que en las últimas convocatorias, como la que se organizó durante el mandato de González Cambray, siempre se había incluido algún punto en el que se defendía la política educativa del Govern en lo referente a la cuestión identitaria. Y en esta ocasión no fue así.
La protesta se articulaba en torno a cuatro puntos: 1) subida de sueldo para equipararse con el resto de España y paliar la pérdida de poder adquisitivo, 2) reducción de ratios, 3) aumento de recursos y 4) disminución de la burocracia. Todos eran puntos razonables, aunque a algunos de ellos se le pudieran oponer objeciones.
Sobre la subida y equiparación salarial, remito a lo dicho más arriba.
Sobre la reducción de ratios, solo puedo decir que, con los años, yo he ido teniendo cada vez menos alumnos por aula (se crean grupos de refuerzo en las instrumentales, se desdoblan asignaturas como Inglés, Ciencias Naturales o Tecnología, se imparten asignaturas de Bachillerato con tres o cuatro alumnos). Y sin embargo lo cierto es que cada vez cuesta más dar una clase.
Sobre el aumento de recursos, poco que decir, habida cuenta de que Cataluña sigue a la cola en cuanto a la inversión educativa no universitaria, tanto en el porcentaje del PIB dedicado a la enseñanza —alrededor del 3%, seis décimas por debajo de la media española— como en el gasto ajustado al PIB per cápita —un 15,5% frente al 19,4% de la media nacional— o el gasto medio por alumno —unos 417 euros menos que la media estatal—. De nuevo, el fet diferencial causando estragos.
Sobre la burocracia, nada que objetar. Vengo sosteniendo en los últimos años que se podría escribir una novela de corte kafkiano centrada en la producción ingente, incesante y estéril de documentos que parecen indispensables para el funcionamiento de los centros pero que, después, nadie se molesta en leer.
Así que al final decidí secundar la huelga. Y no sólo eso, sino que fui a la manifestación convocada en Gerona que partía del Pont del Dimoni, justo el puente donde mi familia paterna se quiso refugiar la primera noche al llegar a la ciudad en el año 48 —lo cuento en ¿Somos el fracaso de Cataluña?—, un lugar, por tanto, demasiado cargado de simbolismo para mí, vinculado a la precariedad de mi familia, a su origen humilde, a las dificultades que tuvieron que superar para salir adelante. Y al llegar allí vi varias banderas estelades —enormes, por cierto—, alguna palestina, y una estética general que me recordó a las grandes manifestaciones independentistas del procés. Y entonces no pude evitar pensar, de nuevo, en todas aquellas razones que hasta el día antes me habían llevado a no querer secundar la huelga.