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Jordi Mercader opina sobre Gabriel Rufián

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Pensamiento

Rufián acabará por descubrir el modelo electoral mayoritario con segunda vuelta

"No ha brillado el diputado de ERC en sus prospecciones políticas. No acertó cuando creyó que el advenimiento de la república catalana era cosa de meses, ni cuando pensó que los ciudadanos de Santa Coloma le reclamaban como alcalde"

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La fragmentación política de la izquierda del PSOE fue defendida no hace tanto por sus partidarios como la expresión de una riqueza ideológica y estratégica envidiable.

Incluso los socialistas se sintieron obligados a sumarse a la tendencia, asegurando que tal segmentación venía a perfeccionar el parlamentarismo. Aquella panacea se presenta, ahora, como problema para frenar a la extrema derecha.

El diputado de ERC, Gabriel Rufián, se ha convertido en el abanderado de la unidad electoral de las opciones progresistas para combatir el hándicap de la pérdida de votos que les infringe el señor D’Hondt, provincia a provincia.

No ha brillado precisamente el diputado republicano en sus anteriores prospecciones políticas. No acertó cuando creyó que el advenimiento de la república catalana era cosa de meses, ni tampoco cuando pensó que los ciudadanos de Santa Coloma le reclamaban como alcalde.

Tampoco en esta ocasión. Ni el conglomerado de Sumar, ni Podemos, ni su propio partido, ERC, creen en esta solución improvisada y contraria a sus intereses. El PSOE ni se inmuta por tanto ruido.

De insistir por esta vía, Rufián descubrirá que la fórmula para agrupar votos de circunscripción en circunscripción ya existe; se denomina modelo electoral mayoritario con segunda vuelta.

No parece que PSOE y PP consideren el cambio de la ley electoral como una prioridad, a pesar de ser estos partidos los grandes damnificados por la multiplicación de grupos parlamentarios que los debilitan permanentemente con costosas negociaciones. De todas maneras, la razón básica de esta improbabilidad es su incapacidad de llegar a los mínimos acuerdos de Estado.

Viabilidad al margen, es muy discutible que la entusiasta maniobra de Rufián sea el antídoto adecuado para frenar el ascenso previsible de la extrema derecha españolista de Vox y la secesionista de Aliança Catalana.

Las ofertas electorales de extrema derecha se nutren básicamente del descontento social con el sistema vigente (del que el parlamentarismo paralizante no es del todo ajeno), de una gestión manifiestamente mejorable de la inmigración y de las mentiras viralizadas por el racismo militante.

La hipótesis de salvar un diputado, pongamos por Teruel, es de trascendencia muy transitoria, casi inocua, dada la gravedad de la amenaza que todos los demócratas aseguran querer combatir.

La extrema derecha ha conseguido despertar el sentimiento de agravio social y cultural que provoca el diferente en la mayoría de los ciudadanos europeos. Durante décadas, el buen funcionamiento del Estado de bienestar y la educación recibida favorecieron al imperio de lo políticamente correcto. Este efecto paliativo se ha evaporado.

Vox y Aliança Catalana han convertido los errores ocasionales surgidos en la aplicación de la exquisita legislación de protección humanitaria aprobada por la izquierda en categoría política definitoria de todos los males del sistema vigente.

Frente a ello, el sistema escolar, muy deteriorado según denuncian la mayoría de los profesores, ha perdido eficacia como fuente de valores de respeto y tolerancia para todos los alumnos y sus familias.

La Administración no consigue imponer el hecho de que derechos y obligaciones forman parte de una misma ecuación cuando se requiere de los servicios públicos y de las prestaciones sociales. Y la opinión pública no tiene la fuerza necesaria para frenar las falsedades.