Josep Maria Cortés opina sobre el acuerdo entre la Generalitat y la Iglesia
El himno de Riego
"La Iglesia catalana firmó el lunes su convenio apalabrado con el Govern por el que se compromete a ceder propiedades a la Administración para crear vivienda social. Es un golpe de Illa, que desvía la atención sobre Rodalies, y pone pisos de protección oficial en el mercado"
Illa desamortiza a la Iglesia, al compás del himno de Riego .
La mojigatería se arremolina. La Iglesia catalana firmó el lunes su convenio apalabrado con el Govern, por el que se compromete a ceder propiedades a la Administración para crear vivienda social. Es un golpe de Salvador Illa, que desvía la atención sobre Rodalies, y pone pisos de protección oficial en el mercado.
El usufructuario de la vivienda gozará de un precio asequible, con derecho a uso de entre 50 y 70 años, aunque no de por vida; y qué más da, si a largo plazo, todos estaremos muertos, como dicen que dijo Keynes que, por cierto, nunca lo dijo.
La desamortización de los bienes de la Iglesia por parte de Illa es parecida a la que lanzó Mendizábal, un liberal conspicuo y adinerado del ochocientos que fue ministro de Hacienda, que fundamentó la desamortización la Iglesia, inventada por Godoy, el plenipotenciario caído en desgracia.
Lo de Illa es igual, sólo que al revés. La Conferencia Episcopal Catalana da un paso al frente ante la crisis habitacional; la Tarraconense tiene un montón de edificios de culto y no culto en desuso y amortizados desde hace siglos. Puede ponerlos a precio cero en sus balances, regalárselos al Govern, que los destinará a vivienda a precios bajos y, pasado medio siglo, estos activos volverán a la Iglesia.
Es algo parecido al censo enfitéutico, una figura del viejo Código Civil catalán, la compilación medieval, que otorgaba al masover el derecho de uso, pero no la propiedad.
Mendizábal no ofreció vivienda social; destinó el dinero de los activos eclesiásticos vendidos a tapar el agujero del Patrimonio del Estado. Salvador Illa lo hará al revés; no podrá vender los bienes de la Iglesia y los pondrá en manos de los más necesitados.
Pero como les decía al principio, la mojigatería se arremolina. La gente se acuerda todavía de que, en el pasado, los bienes desamortizados fueron adquiridos por grandes patrimonios y devueltos a la Iglesia, como lo hizo en silencio Tecla Sala, la gran empresaria del textil, dueña de la Casa Blava en Hospitalet y Roda de Ter y amiga personal, en sus últimos años, del Abad Escarrer de Montserrat.
La gran compradora de lo desamortizado por Mendizábal fue Dorotea de Chopitea, la viuda del industrial Josep María Serra Muñoz, cofundador del Banc de Barcelona, la ficha descomunal del ochocientos, desmontada en el novecientos en manos del Banco Hispano Colonial, la entidad de las llamados trasatlánticos, dueños de la economía en ultramar.
Dorotea destinó su enorme fortuna a desandar a Mendizábal; compró iglesias, fincas y edificios al Estado; fue la gran benefactora, creando hospitales y restituyendo el patrimonio de órdenes religiosas en decadencia.
La Iglesia siempre encuentra una vía de escape y se mantiene 2.000 años después de Pedro. Salvador Illa y el obispo de Tarragona, Joan Planelles, firmaron el lunes su compromiso decisivo. No se parecen a los ministros liberales de hace dos siglos, y menos a Godoy, padre de la idea de incautar a la Iglesia. Y, por supuesto, no tienen el aire de Rafael Riego, el héroe del Pronunciamiento de 1820, cuyo himno silabean por lo bajini el político y el prelado.