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Gabriel Rufián y Vito Quiles

Gabriel Rufián y Vito Quiles

Pensamiento

Rufián: menos vanidad y más voluntad

"Las matemáticas son la única ciencia que nunca falla en política: la derecha suma y la izquierda resta"

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Vito Quiles ensombrece a Feijóo en la noche electoral de Zaragoza; el PP duerme, no en el sueño de los justos, sino de los inocuos. El exdirigente de las juventudes del partido alternativo celebra el auge de Vox, que la sede de Génova, 13 no quiere ver.

Y al otro lado del mapa electoral, Gabriel Rufián dispone un trabajo en red para unir a la izquierda del PSOE, pero antes de ponerse en marcha, recibe un sonoro no de Oskar Matute (Bildu).

Oriol Junqueras tampoco secunda a su camarada del Congreso; está más preocupado por ceñir a su grupo en el Parlament, con la entrada de Alba Camps.

Las matemáticas son la única ciencia que nunca falla en política: la derecha suma y la izquierda resta. La unidad deseada por Rufián se diluye en el desamor de una pandilla de amigos dispuestos a mantener siglas y escaños. Se acerca más a Podemos. Mal rollo.

Los gallos rojos se han convertido en pollitos revoltosos y, en esto, llega Vito, camisa parda, pañuelo al viento, bla, bla, bla y bla.

Vito es el furgón de cola de un tren que va por delante; Rufián, el chico de las mil frases a su paso por Moncloa. Vito, el poder trumpista, frente al amago rosacruz de Rufián; la medalla al mérito del miedo frente al icono respondón; la valentía del escuadrista protegido frente al político aislado, aunque bien acompañado; el futuro calamitoso frente al presente adversativo; el esplendor de la raza frente al promotor de la idea; el motor de un cambio para mal frente al vector de una batalla perdida; la vida muelle y el ideal; el resplandor frío y el simple calor; la cibertecnocracia y la democracia a secas; la brasa y el regaliz; el músculo y la ceja; el pantano y la pluma; el páramo y el bosque encantado; la intransigencia y la buscada elocuencia.

Ambos revolotean alrededor de la política española marcada por la querencia de los polos y cerca del abismo. Lejos de la Portugal-hermana y cerca del palacio de Sisi emperatriz, contemplando la cadencia del Danubio, que un día regó la Europa de la conversación.

Vito actúa, Rufián piensa y el resto de Cataluña estima que alguien debe acabar con el bloqueo de Puigdemont, el denostado, que impide analizar al detalle el trabajo consistente de Salvador Illa, más allá de Rodalies. 

Vito en el Guadalquivir desafiante bajo la lluvia climática y Rufián en la boya de salvación que los suyos no aceptan por puro sectarismo. El primero callejeando y el segundo reflexionando alrededor de un roble desnudo, como lo hacía el filósofo rojo, Manuel Sacristán, la sonrisa siniestra.

Rufián ocupa la cuarta posición de la tabla en el último estudio del CIS sobre la aceptación de los líderes políticos, detrás de Sánchez, Abascal y Feijóo. Es una marca a lo Duran Lleida, un obsequio levemente visible de cuando reinaba Pujol.

Frente a Vito el obsoleto flecha— Rufián es un héroe de la España plural. A este último le pega el papel de Frederich en La educación sentimental de Flaubert. Le quieren los blandos y le odian los resentidos.

Sobre la confusión, se levanta la voz de la omnisciencia: le deseo, amistosamente, “menos vanidad y más voluntad”.