El ex primer ministro de Francia y exconcejal de Barcelona Manuel Valls
Manuel Valls y la trampa del antisemitismo
"Parapetarse en que Israel es una democracia, como si eso nos obligara a estar de su lado, es hacer trampas"
La reciente reaparición de Manuel Valls en Barcelona, con la presentación de la Fundación Emet-Verdad y sus advertencias sobre un supuesto auge del antisemitismo ligado a la crítica a Israel, ha servido para reabrir un debate tan delicado como mal planteado.
Lo llamativo no es solo el tono admonitorio con el que ha insistido en que el antisionismo contemporáneo está “profundamente ligado” al odio a los judíos, sino la sintonía que esta visión comparte —en distintos registros— con discursos como los de Pilar Rahola o, en menor medida y con acentos diferentes, los de Sílvia Orriols: mismos reflejos defensivos ante cualquier cuestionamiento fuerte al Gobierno israelí, idéntica tendencia a confundir planos.
Conviene empezar por lo elemental, que parece haberse extraviado: criticar al Gobierno de Israel no es antisemitismo.
Israel es un Estado con un Ejecutivo concreto —el de Benjamin Netanyahu en estos momentos—, con decisiones políticas duramente reprobables y, como cualquier otro, sometido al escrutinio público.
Denunciar la expansión de asentamientos en territorios ocupados, las operaciones militares en Gaza, con brutales crímenes de guerra, la deriva iliberal de la reforma judicial o la gestión de un conflicto enquistado no solo es legítimo, sino consustancial a una cultura democrática mínimamente sana.
Convertir esa crítica en sospecha moral automática es una forma eficaz —y muy cómoda— de clausurar el debate. Igualmente, parapetarse en que Israel es una democracia, como si eso nos obligara a estar de su lado, es hacer trampas.
Ahora bien, negar que exista antisemitismo disfrazado de retórica política sería igualmente una forma de autoengaño.
Lo hay cuando Israel deja de ser un Gobierno para convertirse en “los judíos”; cuando se aplica un doble rasero sistemático —por ejemplo, condenando con dura vehemencia a Israel mientras se pasa por alto la represión en Siria, Irán u otros conflictos sin que se exija el mismo nivel de boicot—; cuando se trivializa el terrorismo que sufre su población civil, como ocurrió tras el 7 de octubre de 2023 o con los ataques recurrentes con cohetes; o cuando reaparecen viejos clichés sobre conspiraciones y maldad esencial del pueblo judío.
Ahí ya no hay crítica política, sino la vieja deshumanización, reciclada con vocabulario contemporáneo.
El problema del planteamiento que comparten Valls y Rahola —y en menor grado Orriols, cuya defensa de Israel suele estar más ligada a su crítica al islamismo radical que a un apoyo incondicional a Netanyahu— es ensanchar tanto el concepto de antisemitismo que acaba por perder sentido.
Criticar duramente a Netanyahu o a su Gobierno —como hacen a menudo miles de israelíes en protestas internas— no equivale a desear que Israel caiga. Se puede reprobar una política sin justificar a Hamás, sin negar el derecho de Israel a existir y sin albergar pulsiones exterminadoras de ningún tipo. Sostener lo contrario no es rigor moral, sino simplificación interesada.
Hay además una paradoja difícil de ignorar: exigir adhesión acrítica a Netanyahu como si encarnara a Israel en su totalidad, cuando la propia sociedad israelí —plural, democrática y profundamente dividida— mantiene una crítica constante a su Gobierno. ¿También ellos caen en el antisemitismo? La pregunta se responde sola.
En definitiva, defender la crítica a Israel no exige negar el antisemitismo, y combatir el antisemitismo no obliga a blindar a un Gobierno concreto frente a cualquier reproche. Lo que exige es honestidad intelectual: distinguir con rigor entre la legítima denuncia de políticas concretas y las expresiones que cruzan la línea hacia el odio colectivo.
Las instituciones, los partidos y los medios deberían aplicar definiciones con precisión, condenando sin ambages tanto el antisemitismo explícito como las políticas sionistas que violan derechos humanos y desde hace décadas las resoluciones de la ONU, sin que una cosa sirva de excusa para la otra. Esa honestidad es, por desgracia, la primera víctima cuando se cae en la trampa.