Reseñas falsas en Google
Reseñas falsas y extorsión digital
"Cuando alguien te pide dinero para dejar de hacerte daño, ya no estás ante un problema de márketing ni de atención al cliente: estás ante un incidente con componente criminal"
Hay algo que muchos locales en Cataluña están viviendo en silencio. Abren Google y, de repente, su negocio aparece castigado por una cascada de reseñas negativas que no reconocen. Clientes que no han estado allí, experiencias que no existen, comentarios genéricos o directamente delirantes. No es una crisis de servicio. Es otra cosa.
Lo inquietante es que, en muchos casos, tras ese golpe reputacional llega el mensaje. A veces es sutil, a veces no tanto. “Esto se puede arreglar”. “Conozco a quien puede retirar las reseñas”. “Si contratas este servicio, el problema desaparece”. No estamos hablando de mala praxis digital ni de haters aburridos. Estamos hablando de extorsión.
Desde hace años observamos un patrón que se repite: ataques coordinados contra fichas de Google y otros sites de reseñas, presión psicológica al propietario del negocio y una propuesta de “solución” a cambio de dinero o favores. La reputación digital se ha convertido en una palanca de coacción. Una especie de tasa mafiosa adaptada al ecosistema online.
Google y otras plataformas no son ajenas a esta realidad, pero el problema sigue creciendo porque afecta sobre todo a pequeños y medianos negocios, con poco margen de maniobra y una dependencia enorme de su visibilidad local. Para muchos, una ficha de Google es su principal escaparate. Cuando cae la valoración, no cae solo el orgullo: caen llamadas, reservas y ventas. Y el desgaste emocional es brutal.
En OnbrandinG llevamos muchos años rastreando este tipo de campañas. No desde la intuición, sino desde el análisis: patrones temporales, perfiles que se repiten, textos calcados, geografías incoherentes, conexiones entre plataformas.
Cuando alguien te pide dinero para dejar de hacerte daño, ya no estás ante un problema de márketing ni de atención al cliente. Estás ante un incidente con componente criminal.
Y aquí suele aparecer uno de los grandes errores: pensar que todo se arregla eliminando reseñas. No es así. Incluso cuando se consigue retirar parte del contenido falso, el daño ya está hecho. La pregunta real no es solo cómo frenar el ataque, sino cómo devolver la normalidad al negocio.
La recuperación no pasa por comprar reseñas ni por inflar artificialmente la reputación. Eso, además de poco ético, es pan para hoy y sanción para mañana. La salida pasa por algo mucho más sencillo y, paradójicamente, mucho más difícil de ejecutar bien: activar a los clientes reales para que cuenten experiencias reales.
Cuando un negocio ha sido atacado, lo que necesita es señal auténtica. Opiniones de personas que han estado allí, que han vivido el servicio y que pueden explicarlo con sus propias palabras. No de golpe, no de forma desesperada, sino con una estrategia cuidada, progresiva y coherente con la experiencia del cliente. Cuando esto se hace bien, el ruido falso pierde peso, el algoritmo respira y la percepción se reequilibra.
Además, hay algo que suele olvidarse: responder con profesionalidad, incluso en entornos hostiles, genera confianza. La reputación no es solo lo que dicen de ti, sino cómo gestionas lo que ocurre cuando intentan dañarte. En muchos casos, una buena gestión convierte una situación crítica en una demostración de solidez.
Lo preocupante de fondo es que este fenómeno va a más. La extorsión digital no necesita grandes infraestructuras ni conocimientos avanzados. Basta con entender cómo funcionan los algoritmos y dónde duele más. Por eso, asumir que “son cosas de Internet” es un error estratégico. La reputación digital es hoy una superficie de ataque real para los negocios locales.
La buena noticia es que estas campañas se pueden detectar, documentar, denunciar y neutralizar. Con método, con cabeza fría y con una visión a medio plazo. No desde el pánico, sino desde la estrategia. Y, sobre todo, sin pagar por dejar de ser atacado, porque eso solo perpetúa el problema.
La reputación no debería ser un arma en manos de mafias digitales. Debería volver a ser lo que siempre fue: el reflejo honesto de la experiencia de quienes sí estuvieron allí.