Pásate al MODO AHORRO
Andrea Rodés

Andrea Rodés

Pensamiento

La cena

Publicada

Un vistazo a mi feed de Instagram a cualquier hora del día equivale a salivar de hambre. En este momento en concreto me aparecen, seguidos, un anuncio de mermelada de jengibre y limón del Museu de la Confitura de l’Empordà, mi marca favorita de mermeladas, un reportaje sobre los mejores bollos de nata —Cristinas de San Blas— de El Comidista, y una vídeo receta sobre cómo hacer un delicioso sformato (pastel) de brócoli con parmesano gratinado por encima, a cargo de una influencer albano-italiana llamada Emanuela Bahaj (@cucinamamaela), “cucina simple para toda la familia”.

Cómo no, a Emanuela la sigue mi querida Viviana del Pozzo (@cosatipreparopercena), otra mamma italiana, “freidora en serie de berenjenas”, que prepara unos platos buenísimos y sencillísimos de hacer, pero que nunca haré, porque no me gusta cocinar.

“La cocina tiene mucho glamur”, me dice un amigo. “Sí, pero yo de pinche soy mucho mejor: doy conversación interesante, te pregunto por tus viajes, me bebo el vino…” Mi amigo se ríe y se despide con promesas de volver a cocinarme algún día, mientras yo rememoro momentos estelares de mi confusa e incoherente trayectoria sentimental, en los que un hombre diferente a mi padre se ha puesto el delantal para conquistarme: la tortilla de alcachofas de E, la pasta con berenjena de G, los mejillones de T, el filete con patatas de O, las alcachofas con huevo de X…

Una vez, solo una vez, recuerdo haber cocinado yo para un hombre. Unos calamares encebollados, siguiendo una receta de casa, que preparé con antelación para que Isaac no tuviera que verme manipulando tentáculos o con el pelo apestando a cebolla. Cocinar no me da glamur. Me estresa. Más aún si alguien me está observando.

En cambio, ver vídeos de recetas en Instagram me produce el efecto contrario. Me relaja. Me entran ganas de abrir una botella de vino e imaginar que un día alguien se pondrá delante de mí a cortar en daditos perfectos un montón de verduras, me hará una pasta con crema de burrata y pistacho, o unas berenjenas rellenas de ragú y bechamel con aspecto de deshacerse en la boca.

“Ese gran algoritmo en el cielo ha intuido acertadamente que, después de un día de trabajo y cuidado infantil,  y de una rutina de acostar a los niños que, en su versión más eficiente, lleva dos horas y media, el único contenido que mi cerebro es capaz de consumir son esos vídeos, breves, de cortes rápidos (...): la satisfacción de ver grandes y rebeldes verduras transformarse en cubos perfectos, o hojas verdes convertirse en cintas de confeti, para acabar luego todo amontonado en un enorme bol lleno de vegetales crujientes y buenos para tu salud, está a la par, para mí, con la visión de un armario perfectamente organizado”, escribe la periodista Sophie Brickman en The Guardian.

Brickman, igual que yo y muchas de sus amigas, es adicta a los vídeos de cocina, especialmente a los que muestran gente cortando hortalizas a dados diminutos: microchopping, en la jerga de las redes sociales.

“Para un subconjunto particular del mundo, estos vídeos cumplen con todos los requisitos para alcanzar el pináculo de adicción viral”, escribe.

“Son aspiracionales (¿quién tiene tiempo para cortar tanto? ¿Y comer tanta fibra?); son ordenados (especialmente en contraste con los horrores del mundo y la tensión ante otra posible tragedia o brote de ansiedad); son alcanzables; y, quizá por encima de todo, son calmantes”, añade.

Así que, ya lo saben: ante la avalancha de malas noticias, nada mejor para huir de la ansiedad que ponerse a cortar verduras, o a ver cómo las corta otro.