El presidente de EEUU, Donald Trump
El espejo roto de Gengis Trump
"Vivimos un tiempo especialmente convulso, donde la inestabilidad es normal y el uso de la fuerza vuelve a ser 'legítimo' o, al menos, se intenta legitimar"
En ocasiones es difícil distinguir qué son fines y cuáles los medios. Por más que la, dudosa, atribución a Maquiavelo de que “el fin justifica los medios” sea un punto común (el aragonés Baltasar Gracián afirmó que “todo lo dora un buen fin, aunque lo desmientan los desaciertos de los medios”, en su Oráculo manual y arte de prudencia), es usual que los fines se mantengan en secreto (o incluso sean difusos) y que los medios, por brutales, parezcan, de por sí, contraintuitivos.
Vivimos un tiempo especialmente convulso, donde la inestabilidad es normal y el uso de la fuerza vuelve a ser “legítimo” o, al menos, se intenta legitimar.
La carestía de los recursos naturales en un planeta cada vez más sobreexplotado (Maduro ha enviado a Suiza más oro, prácticamente, que el que se extrajo durante el Imperio español en las Américas, por no hablar de la demanda de hidrocarburos por EEUU, aún creciendo) hace reflexionar a uno si el auge de la violencia institucionalizada en Occidente obedece a una mayor competitividad de base biológica, motivado por un estrés social, y por lo tanto político, por la ausencia de recursos o, simplemente, a un vil interés de unos pocos por ejercer, de forma también marcadamente biológica, un dominio (a lo alfa) sobre el común de los mortales.
Demostrando que experimentos como el Tratado de Tordesillas (1494) por el que Portugal y España “se repartieron” América, el de Zaragoza (1529), por el que se repartieron los territorios asiáticos, tratando la cuestión de la especería con las Molucas (y que los españoles interpretamos “de aquella manera” para quedarnos con Filipinas) o la Conferencia de Berlín (1884/1885), con la que las potencias europeas (Bismark mediante) se repartieron el continente africano, el mundo vuelve a ser un gigantesco pastel que EEUU, China y Rusia pretenden repartirse… siendo el Ártico la joya más codiciada, con Groenlandia, hoy, como excusa (la Antártida, de momento, está protegida por el tratado internacional [1959] de no apropiación por país alguno, y, sobre todo, por las inclemencias extremas de su interior).
La compra de territorios por EEUU tuvo lugar en tiempos pasados, con pésimas consecuencias geopolíticas y económicas para los vendedores de turno, véanse la compra a los rusos de Alaska (1867), de Luisiana a los franceses (1803) o de la propia Florida (1819) a España… o Texas a México (1845-1848).
Los últimos resquicios de la etapa prenuclear, en la que aún “quedaba mundo por descubrir” y la superpoblación humana aún no era, del todo, insostenible medioambientalmente, favorecieron una concepción patrimonial de grandes territorios con afán de evitar conflictos armados entre superpotencias (que no pudo sostenerse, posteriormente, en los albores y causas de las guerras mundiales).
Ahora, como todo lo concerniente al perfil del nuevo Temujin, lo nuevo no sabemos si es una recreación de lo antiguo, una amenaza de un sueño recuperado o el vivo reflejo de una peligrosa psique quebrada en la grandilocuencia del Imperio, en un Imperio, valga la redundancia, ya posmoderno, y según creíamos, “democrático”.
Quizá con alguna paranoia, rozando lo freak, en los Sith y el Imperio Galáctico, el perfil de Donald Trump pudiere parecer casar con llamada “triada oscura”: un narcisismo que (lejos de dejarle caer en el lago en que se mira) se manifiesta continuamente en su falta de empatía, al menos verbal, en los discursos que emite; un maquiavelismo por el cual manipula (como cuasi cualquier político, eso sí) a la población y a su equipo para lograr sus objetivos; y una aparente psicopatía que, cuanto menos hacia el exterior, emite una sensación de profundo egoísmo y animadversión hacía el resto de la especie humana, no “emparentada” políticamente, o en cuanto a objetivo con él.
Erich Fromm, muy posiblemente, hubiere podido analizar si en la psique del presidente de los EEUU se dan las condiciones, descritas por él, del llamado “narcisismo maligno”, o lo que es lo mismo, en su propia terminología, “la esencia del mal”.
Sadismo (quizá mezclado con un sentido algo especial del ridículo: véase por Youtube su pelea en Pressing Catch…), ausencia de empatía (reduciendo con el lenguaje a “seres de segunda” a gentes por razón de su origen, confundiendo tratar el fenómeno, y problema, migratorio con el racismo y el supremacismo, no solo económico, sino, de vuelta racial), extrañas relaciones con el abominable Epstein…
La cuestión es que tampoco podemos obviar, que como todo en política, Trump no es solo una causa, sino, muy especialmente, un efecto.
El espejo roto del nuevo César (que tanto parece recordarnos al clásico de Andersen) no puede nublarnos la mente y no hacernos dar cuenta de que Europa ni tan siquiera se reconoce en el espejo.
Es un sinsentido afirmar que la Unión Europea no puede reaccionar ante las bravuconadas del otrora “protector” y que el orgullo de la zona geográfica que creó la civilización, tal y como la conocemos, deba quedar supeditado a los excesos del egoísmo geopolítico. Sea por ser quienes creamos a EEUU, por tener sus bases militares, o por ser socios por naturaleza (y en cuasi todo lo importante) debemos hacernos respetar como europeos.
No podemos obviar que la UE lleva tiempo con un discurso líquido e irrelevante esquivando el tema de la defensa internacional (es indecente que aún no tengamos una férrea política de defensa común europea y que no existan tropas, en sí, bajo mando comunitario), tratando mal el fenómeno migratorio y dependiendo, en cuasi todo lo importante, de terceros países (sea de Turquía o los países del Magreb en lo migratorio, con el chantaje que ello implica o de los propios EEUU en buena parte de todo lo demás).
Quizás debamos superar el miedo anglosajón, ya expuesto por Coudenhove- Kalergi en su clásicoPaneuropa (1923) de la unión de Alemania (tecnología) con Rusia (recursos); quizá debamos reconsiderar el cierre a Turquía de la UE por razones culturales y religiosas y, sin quizá, debamos replantear “el perdón” al Reino Unido ante su gran error, el Brexit, que, en buena medida, fomentó y financió la administración Trump que ahora les hace verse en la misma “cola del pan” con sus hermanos europeos.
Ya hace tiempo, José Luis Sampedro escribió sobre “los mongoles en Bagdad” refiriéndose a la invasión de los EEUU de Irak… quizá sea el momento de reflexionar sobre los nuevos peligros que plantean los neomongoles y que, como toda pubertad, esta llega a su fin, y la Unión Europea debe ser, de una vez, mayor de edad o morir en el intento.