Donald Trump inicia esta semana el segundo año de su segundo mandato presidencial. Lo hace más desatado, más consciente de su poder y menos dispuesto que nunca a respetar las formas.
En el primer año, reinstaló el conflicto como método de gobierno mediante una avalancha de órdenes ejecutivas, memorandos y proclamaciones que han remodelado la administración federal.
Ya no estamos ante la provocación constante, sino ante la normalización del desorden autoritario, envuelto en la retórica de “América primero”, que vacía de contenido los principios liberales fundacionales.
Estados Unidos entra así en un año decisivo. No podemos olvidar el fuerte simbolismo de 2026: los 250 años de la Declaración de Independencia. La paradoja salta a la vista: la nación que estableció los límites al poder puede celebrar su aniversario bajo un presidente decidido a ensancharlo hasta el despotismo.
Las celebraciones oficiales bajo el lema America250 prometen grandiosidad patriótica y el culto al líder. Trump regresó a la Casa Blanca en 2025 impulsado por resentimiento social, desinformación sistemática y un Partido Republicano convertido en maquinaria de obediencia personal.
Su primer año deja un balance reconocible: políticas comerciales erráticas con amenazas arancelarias constantes, deterioro de alianzas globales, hostilidad hacia la independencia judicial, purgas ideológicas en la administración y un repliegue internacional que ha debilitado el entramado multilateral.
Trump no concibe la democracia como un sistema de contrapesos, sino como ratificación permanente de su voluntad. De ahí su desprecio por la prensa crítica, su obsesión con la lealtad personal y su tendencia a presentar cualquier límite como una conspiración izquierdista.
A este cuadro se suman las dudas sobre su salud mental.
No es un diagnóstico clínico, sino una constatación cívica. Conductas que rozan la demencia —groserías gratuitas, humillaciones públicas, ridiculizaciones infantiles de adversarios y aliados, decisiones impulsivas convertidas en política de Estado— sugieren un deterioro que confunde crueldad con liderazgo e insulto con autenticidad.
Un factor externo puede ser decisivo en 2026: la respuesta de Europa a su deseo de anexionarse Groenlandia. Si la UE opta por la resistencia firme, incluyendo el uso del instrumento anticoerción, el impacto sobre la economía estadounidense sería considerable, aunque también sufriríamos los europeos.
Tristemente, no queda más remedio. La alternativa es el vasallaje.
Ahí reside un punto débil del movimiento MAGA: su base resiste el escándalo, pero no una crisis económica prolongada. La caída de las bolsas esta semana es un anticipo de lo que puede suceder. El trumpismo está en su momento más peligroso, pero también más vulnerable.
Las redadas masivas del ICE han provocado protestas y disturbios en numerosas ciudades, alimentando un estallido social que amenaza la paz civil. Las encuestas muestran rechazo superior a la aprobación y su base no se expande.
Las elecciones de medio mandato, en noviembre de este año, serán el primer test decisivo: si la oposición demócrata rompe el control republicano del Congreso, Trump perderá la impunidad legislativa y los contrapesos se reactivarán, sin descartar la posibilidad de que acabara siendo destituido.
Paradójicamente, la esperanza reside en el propio Trump: en su incapacidad para moderarse y en su tendencia al exceso. Si continúa así, chocará con límites internos y externos que pueden retroalimentarse. Que ese choque llegue antes de que el daño sea irreversible es, hoy por hoy, la única esperanza razonable.
