Durante décadas, muchas conductas hoy consideradas inaceptables convivieron con el aplauso, el talento y la genialidad sin demasiadas preguntas incómodas. El relato era sencillo: si eras un genio, si vendías entradas, discos, cuadros o prestigio cultural, el resto se invisibilizaba. Se barría bajo la alfombra. Se normalizaba. Se justificaba.
Julio Iglesias, Plácido Domingo, Michael Jackson, Picasso o determinados fotógrafos españoles y artistas consagrados comparten algo más que fama: todos forman parte de un tiempo en el que el poder, el carisma y la ausencia de contrapesos convertían ciertas actitudes en rumores, excesos o leyendas urbanas. No se hablaba. O se hablaba en voz baja. Y, sobre todo, no pasaba nada.
Hoy el escenario es otro. Y eso, en muchos sentidos, es una buena noticia.
Visibilizar era necesario, que hoy se pueda hablar, denunciar, investigar y visibilizar abusos de poder, violencia sexual o comportamientos éticamente reprobables es un avance social incuestionable. Durante demasiado tiempo, las víctimas cargaron con el silencio, la culpa y el descrédito. Que ahora tengan voz y, en algunos casos, reparación es un progreso que no deberíamos relativizar.
La cultura de la impunidad se ha erosionado. Y eso es sano. Pero toda evolución trae nuevas tensiones.
De la visibilidad al linchamiento, el problema aparece cuando pasamos de la visibilización al juicio sumarísimo. De la investigación rigurosa al tribunal social permanente. De la denuncia legítima a la denostación viral.
Hoy cualquiera puede opinar, acusar, sentenciar y condenar en tiempo real. Sin contexto. Sin pruebas. Sin proporcionalidad. Y, a menudo, sin responsabilidad.
La reputación, ese intangible que se construye durante décadas, puede colapsar en horas. Y no hablamos solo de figuras históricas o artistas fallecidos, sino de personas vivas, con familias, equipos, contratos y una vida más allá del trending topic.
Aquí es donde el debate se vuelve incómodo, pero necesario: ¿somos capaces de sostener dos ideas a la vez? Que hay conductas que deben salir a la luz y que no todo vale en el juicio público.
El coste reputacional existe, y se puede medir: cuando una reputación se ve gravemente dañada, el impacto no es solo simbólico o emocional. Es económico. Muy económico.
En mi trabajo como perito, elaboro informes periciales para cuantificar ese daño. Hablamos de lucro cesante, ingresos que dejan de percibirse por cancelaciones, rescisiones de contratos, pérdida de oportunidades, y de coste emergente, gastos directos derivados de la crisis reputacional, defensa legal, comunicación de crisis, seguridad, soporte psicológico, reestructuración profesional.
No son cifras abstractas. Son consecuencias reales. Medibles. Defendibles ante un juez.
La reputación no es un adorno. Es un activo estratégico. Y después, ¿qué? Recuperar la normalidad.
Otro aspecto poco visible es el día después. Cuando el ruido baja, pero el daño permanece. Cuando el nombre sigue asociado a una narrativa tóxica, aunque el contexto haya cambiado o los hechos sean más complejos de lo que el titular permitió.
Ahí entra el trabajo silencioso, técnico y humano: ayudar a una persona, o a su entorno, a recuperar la normalidad reputacional, a reconstruir una identidad pública viable, a proteger su privacidad y la de los suyos, y a volver a vivir sin estar permanentemente a la defensiva.
No se trata de blanquear conductas ni de borrar responsabilidades. Se trata de gestionar la realidad con profesionalidad, proporcionalidad y humanidad.
Ídolos, monstruos… o personas. Quizá el error de base ha sido siempre el mismo: colocar a los personajes públicos en un pedestal o en una hoguera, sin término medio. Ídolos perfectos o monstruos irredimibles.
La madurez social pasa por algo más complejo: aceptar que el talento no inmuniza, que el éxito no justifica, pero que el linchamiento tampoco repara. Que la justicia no es lo mismo que el escarnio. Y que la reputación, una vez destruida, rara vez se recompone sola.
Por eso es clave contar con profesionales que llevan muchos años trabajando en estos límites difusos entre verdad, percepción, daño y reparación. Personas que entienden el impacto psicológico, social, económico y humano de una crisis reputacional. Y que saben que detrás de cada caso hay algo más que un nombre famoso: hay vidas, historias y consecuencias.
El debate está sobre la mesa. Y conviene abordarlo con menos ruido y más profundidad. Porque mañana, el foco puede girar. Y nadie está tan lejos del juicio como cree.
