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Inauguración de los Juegos Olímpicos de Barcelona, en 1992

Inauguración de los Juegos Olímpicos de Barcelona, en 1992

Pensamiento

China, Arabia Saudí, España, Cataluña, Barcelona

"Nuestro famoso legado puede ayudarnos a explicar una historia de transformación social y económica positiva"

Publicada

Por diferentes circunstancias históricas, España ha tenido y mantiene buenas relaciones con China y Arabia Saudí. Estas relaciones siempre se han visto reforzadas por la presencia de la monarquía española.

En las actuales circunstancias de la geopolítica mundial, con una Unión Europea que no logra adoptar una posición común en el debate entre China y Estados Unidos, los distintos territorios que la integran están tomando posturas en las que el interés nacional prima por encima del comunitario, especialmente cuando este último se percibe como anquilosado y lento.

En esta situación, ¿qué hacer?

Sectores sociales y económicos, frustrados y sorprendidos ante la actuación de la actual Administración norteamericana, están mirando hacia otros territorios para diversificar riesgos. Más allá de las consideraciones ideológicas, un pragmatismo quizá cortoplacista, nacido del miedo, se está imponiendo en muchas capitales europeas.

Europa siempre ha mirado por encima del hombro a China y al mundo árabe desde una supuesta superioridad moral. En España y Cataluña quizá no llegamos a ese nivel, al haber sido de los últimos en ser admitidos en la “clase” europea; tal vez por ello nuestra  actitud siempre ha sido más prudente, más modesta.

Las relaciones con China y Asia están dando frutos después de muchos años de trabajo discreto, con una comunidad china muy sólida en nuestro país. La fiesta del Año Nuevo chino es hoy una realidad celebrada y apreciada por mucha gente fuera de la propia comunidad. Las inversiones empresariales chinas en España se perciben positivamente, igual que en su día lo fueron las japonesas y las alemanas.

No olvidemos los intensos lazos con Japón y Corea del Sur.

La relación con China irá a más, sin olvidar ni abandonar las relaciones con nuestros aliados atlánticos. El mundo es hoy más abierto, más multilateral y más plurilateral.

Menciono también a Arabia Saudí porque he tenido la suerte de visitar Riad. Del mismo modo que hace 30 años muchos no creían que China pudiera avanzar tan rápidamente —y, sin embargo, lo hizo, empezando con la manufactura de electrodomésticos y los famosos productos de “todo a 100”, hasta competir hoy directamente con Estados Unidos en tecnología avanzada—, algo similar está ocurriendo en Oriente Medio.

La referencia a Dubái, Catar y Abu Dabi, así como a sus compañías aéreas, marca tendencia y constituye la avanzadilla del gran “portaaviones” que representa Arabia Saudí por población (35 millones de habitantes, con una edad media de 30 años), por recursos energéticos y por capacidad económica. También ellos están emergiendo. Están utilizando el turismo como palanca de apertura social y económica y de diversificación productiva. Recordemos el proceso vivido en España desde los años 60 y 70 del siglo pasado: pueden sorprendernos.

En 2034 serán anfitriones del Mundial de fútbol. Recordemos lo que significaron los Juegos Olímpicos de Barcelona para nosotros, y los de Pekín para China y para el mundo. Empecemos a mirar también a Arabia Saudí como un espacio de oportunidades —en ámbitos culturales, sociales y medioambientales—: hay mucha más vida más allá del petróleo.

Sigamos y acompañemos este proceso; con humildad y realismo, puede sernos útil. Tenemos muchos activos humanos destacados en esos lugares. Ciertos apriorismos pueden quedar caducos más pronto de lo que pensamos. La experiencia de Barcelona, con todos sus éxitos y dificultades, puede ser interesante de compartir. Nuestro famoso legado puede ayudarnos a explicar una historia de transformación social y económica positiva.

Miremos sus curvas demográficas, sus ganas de crecer y de aprender.

Es la historia de España hace 50 años, de China hace 30 y, ahora, también de Arabia Saudí. Están abriéndose. Tener en la gran llanura de Mesopotamia un actor que genere estabilidad y prosperidad es fundamental para la paz en el mundo. No demos lecciones: compartamos y expliquemos nuestro modelo social con convicción, pero tengamos presente que, si pretendemos imponerlo “a las bravas”, corremos el riesgo de quedarnos sin nada.