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Nuria González opina sobre el caso Julio Iglesias

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Pensamiento

Todos los Julios

El coto de caza preferido para los abusadores domésticos se parece mucho al de los puteros; el lugar más sencillo para encontrar una víctima es internet

Publicada

Me importa muy poco Julio Iglesias y no me apetece en absoluto hablar de él. Vaya por adelantado que no dudo ni media palabra de lo que han denunciado las dos mujeres que trabajaban en su casa y que me alegro mucho de que el proceso esté judicializado y que sea lo que tenga que ser.

Y creo sinceramente que casi nadie duda de que los hechos que explican las mujeres son del todo verosímiles, puesto que el propio personaje de Julio Iglesias creado en el imaginario colectivo se basa, precisamente, en el concepto más cañí del “pichabrava” español. Un sujeto que solo se diferencia de Torrente por la percha y por el dinero.

Él, y no olvidemos a su señor padre, el doctor Iglesias Puga, que fue el “ejemplo paterno a seguir”. Un modelo de hombre que por suerte ha quedado bastante demodé.

Y hasta aquí todas las letras que le voy a dedicar a Julito.

De lo que sí quiero hablar es de que estamos de nuevo ante un caso de utilización absoluta de la violencia sexual contra las mujeres por parte de los medios y sus patrocinadores, donde lo que menos le importa a nadie es las mujeres, mientras puedan llenar horas y horas de programación con este asunto.

Es triste reconocer que, dentro de todo lo horrible, la única suerte que han tenido las mujeres víctimas que denuncian este caso es que su interés legítimo de buscar justicia ha coincidido, por razones que nada tienen que ver seguramente con la justicia, con los intereses de un periódico y una televisión, y entonces en esta ocasión el cuarto poder sí ha ejercido como tal y ha desplegado todas sus herramientas para destapar un escándalo.

Cosa que debería hacer siempre, pero que últimamente no hace casi nunca.

Lo digo porque esta vez yo sí quiero aprovechar esta “ola mediática” para poner el foco en todos los cientos de miles de julios que hay por ahí y a los que ningún periódico ni televisión va a investigar, y en todos los cientos de miles de mujeres manoseadas, abusadas y sexualmente violentadas por sus empleadores en el ámbito del trabajo doméstico desde hace mucho tiempo, y que, si mañana llaman a un periódico para contarlo, no las va a atender ni el becario.

El perfil de la víctima ideal está claro. Mujer inmigrante sin papeles, sola, pero con cargas familiares, en situación de necesidad acuciante que la pone en riesgo de vulnerabilidad extrema.

El del agresor también, y no tiene por qué ser el del multimillonario Iglesias. Porque abusadores hay en todas las clases sociales y de todos los niveles económicos. Y abusan en función de lo que sus posibilidades le permiten. Exactamente igual que los puteros, que pagan por violar a una mujer en función de su poder adquisitivo. Al final, todos son la misma escoria.

El coto de caza preferido para estos abusadores domésticos también se parece mucho al de los puteros, ya que el lugar más sencillo para encontrar una víctima es internet.

Concretamente, las páginas web dedicadas a poner en contacto mujeres que trabajan en el ámbito doméstico y personas que necesitan contratar a cuidadoras son uno de los entornos donde más actúan estos depredadores.

Una vez seleccionada la víctima por el abusador, asegurándose siempre de sus condiciones de vulnerabilidad y necesidad, es prácticamente esclavizada, con jornadas de 24 horas, trabajando por comida y techo, cosa que prohíbe taxativamente el Estatuto de los Trabajadores, sin descanso, sin salarios como los que marca la ley, y con el añadido de tener que aguantar las baboserías del empleador.

No me digan que nunca se han fijado en la escena. Lo hacen públicamente, en el paseo, en el mercado, el agarrón, el manoseo, la metedura y la mirada asquerosa, ante una actitud de la empleada de intentar quitárselo de encima sabiendo que su sustento y el de su familia dependen de su habilidad para “manejar” la situación y aguantarla de la “mejor manera”.

Y luego está el siguiente nivel de amenazar a la empleada con denunciarla por no tener papeles si no accede a sus “peticiones”.

Las mujeres en esta situación, al último lugar que van a acudir es a la policía, precisamente por ese miedo a ser expulsadas del país. Y ellos lo saben.

La policía también lo sabe, pero tampoco puede hacer nada porque a estas mujeres, que son víctimas claras de violencia sexual machista, no las protege la Ley contra la violencia de Género, ya que no son ni pareja ni expareja del empleador, y si lo denuncian, no les van a tramitar ningún expediente de residencia.

Lo que sí les aplica es la extrema dificultad para demostrar cualquiera de los hechos sufridos, ya que, igual que a la mayoría de las mujeres a las que sí protege la ley, todo pasa en una casa y acaba siendo la palabra del hombre, del señor mayor, el anciano honorable y desvalido, contra la de la mujer, la inmigrante, la que seguro que se quiere aprovechar de él para robarle y para que le den los papeles.

No quiero acabar sin señalar que las trabajadoras “legales” de los servicios municipales de atención domiciliaria tampoco escapan a estas situaciones, y que es gracias a las reiteradas denuncias del Sindicato de Trabajadoras del SAD por las que conocemos un poco más esta realidad.

Realidad que en julio de 2025 acabó con el asesinato de una de ellas, Teresa de Jesús, en la localidad de Oporriño, cuando una trabajadora fue asesinada por el marido de una usuaria dependiente. En aquella ocasión la prensa dijo que es que al señor “se le había ido la cabeza”. Las compañeras e incluso la propia asesinada días antes del crimen habían denunciado la situación de abuso a la que la sometía el feminicida.

Pero entonces no coincidieron los intereses mediáticos con el de la víctima y nunca más se ha vuelto a hablar de aquel Julio.