Corrupción: un hombre entrega un sobre con dinero a otro
La corrupción y la idea de grupo social
"El corrupto rara vez actúa en el vacío; se mueve en un ecosistema que le asegura comprensión, silencio e integración social cuando todo pase"
En el grado de Psicología, hay una asignatura en primero que se llama Psicología Social. En esta asignatura, que es mucho más compleja que mi comentario, se estudia una idea incómoda, pero que es muy útil recordar. No somos individuos aislados, somos miembros de grupos. Pensamos, juzgamos y actuamos según lo que creemos que es normal en el entorno al que pertenecemos.
También con la corrupción ocurre eso: antes de preguntarnos si alguien es corrupto, habría que preguntarse qué tolera su grupo.
Si miro a mi alrededor, la respuesta no me gusta. En nuestro grupo, que es nuestra sociedad, se tolera la corrupción. No hablo solo de los grandes casos que llenan titulares, sino de algo más sutil y más devastador. Existe una mezcla de resignación, comprensión y hasta cierta admiración hacia el que “se las apaña”. Hay una aceptación tácita de que, si se tiene ocasión, lo normal es aprovecharla. Yo lo llamo corrupción de baja intensidad o corrupción de base.
La psicología social lo explica bien. Cuando las personas creen que “todo el mundo lo hace”, la tolerancia a la corrupción aumenta y las barreras morales se aflojan. El problema ya no es solo la conducta individual, sino la norma compartida que la respalda. El grupo manda más que el código ético colgado en la pared o el preámbulo solemne de una ley. O de las instituciones o entes que existen para evitarlo. En ese contexto, centrarse únicamente en poner trabas legales o procedimentales es necesario, pero claramente insuficiente.
Podemos multiplicar los controles, los formularios y los tipos penales, pero si el entorno sigue premiando al “listo” y ridiculizando al que se niega a entrar en el juego, el incentivo real no cambia. A veces, incluso, la propia complejidad burocrática abre nuevas rendijas para el abuso. Y además, la verdadera corrupción escapa de los controles a priori.
Es como si ponemos cámaras en las calles, en todos lados. Aunque quede grabado, el delito ya se ha cometido. Y luego hay que demostrarlo. Y encima no hacer nada, sino dejar hacer, como pasa en Corea del Sur. Lo encuentro terrible. Pero ese es otro tema.
Por lo tanto, vemos que, en la corrupción, aparece la parte más incómoda y que pocas veces es tratada, la responsabilidad del grupo. Porque el corrupto rara vez actúa en el vacío; se mueve en un ecosistema que le asegura comprensión, silencio e integración social cuando todo pase. Mientras el coste social de la corrupción sea bajo, el mensaje es nítido: merece la pena intentarlo.
Por eso, este artículo no va de pedir más comisiones, más oficinas, más leyes o más códigos de conducta. Creo que ya hay muchos. En Cataluña tenemos hasta la Oficina Antifrau. Va de otra cosa que no sé exactamente cómo se fabrica, pero que echo en falta. Un revulsivo social. Un punto de inflexión en el que la corrupción deje de ser un defecto grave, pero asumible, y pase a ser algo simple y llanamente inaceptable.
Ese revulsivo no se decreta desde un BOE. Tiene más que ver con el clima del grupo, con lo que se aplaude y lo que se sanciona, con lo que se normaliza en la conversación cotidiana. Llega cuando la percepción cambia y cada uno empieza a sospechar que, en realidad, muchos otros tampoco quieren seguir mirando hacia otro lado.
No tengo una receta clara, pero intuyo algunos elementos. Dar visibilidad a quienes se niegan a participar, para que no parezcan raros ni ingenuos. Dejar de llamar “espabilado” al que se beneficia del sistema y empezar a ponerle el nombre que le corresponde. Aceptar que hay puertas que no deberían volver a abrirse para quien ha usado lo público como botín, aunque la condena penal ya esté cumplida.
Sobre todo, exigirnos algo que incomoda que es dejar de comprenderlo todo. Dejar de justificar, de relativizar, de decir “todos son iguales” para escondernos detrás de la impotencia. La corrupción no se sostiene solo por dinero o poder, se sostiene porque demasiada gente decente decide convivir con ella sin romper del todo.
En los estudios hablarán de normas sociales, de expectativas compartidas, de sanciones informales. Aquí, en nuestro grupo, quizá baste con una pregunta más sencilla y más honesta. ¿Hasta cuándo vamos a seguir siendo tan comprensivos con los nuestros cuando les pillan? Si no somos capaces de responder la pregunta con algo más que un encogimiento de hombros, el problema no lo tienen solo los corruptos; lo tenemos nosotros.