Conocí a Juan Soto Ivars en la presentación en Figueres de su libro La casa del ahorcado, allá en junio de 2021. Por entonces, yo lo seguía en Facebook y me parecía un tipo espontáneo en el trato, con un inusitado buen encaje para las críticas, pero he de reconocer que sus opiniones sobre la realidad sociopolítica catalana durante los años duros del procés a menudo me desconcertaban. Sin embargo, eso no enturbió mi interés por ir a verlo.
El acto lo presentaba el exconsejero Santi Vila. Y acudí allí sin la menor intención de participar en el turno de preguntas. Sin embargo, tras las palabras de Vila, Soto Ivars, al empezar su intervención, hizo un comentario que despertó en mi interior una cierta incandescencia: no podía dejar pasar la oportunidad de preguntarle algo importante. Al mismo tiempo dudaba, porque sabía que la pregunta era controvertida y el público era el que era.
Cuando se abrió el turno de preguntas, después de dos o tres intervenciones, me armé de valor y le pregunté a Soto Ivars —teniendo en cuenta su comentario inicial y que su libro abordaba el tema del tabú en Occidente— si no creía que el uso del castellano en Cataluña, en ciertos contextos, suponía un tabú.
Varias cabezas se volvieron para mirarme. Soto Ivars estuvo ágil en la respuesta. Intervino Santi Vila para intentar convencerme de que Puigdemont promocionaba la literatura en castellano. Refuté su intento aludiendo a una anécdota que acababa de leer en las primeras páginas del libro de Sergio Vila-Sanjuán Otra Cataluña. Y el diálogo se cerró de modo cordial.
Cuando me acerqué a la mesa que había a la entrada de la sala para comprar el libro, la librera que me atendió me miró fijamente y me dijo: “Ah, tu ets el de la pregunta”. Libro en mano, me encaminé adonde estaba Soto Ivars para que me lo firmara. Y una vez frente a él, se me quedó mirando y me dijo: “Oye, muy buena tu pregunta”.
Es decir, considerando el contexto, considerando que mi pregunta partía de la referencia a un comentario suyo, considerando, también, la hipertrofiada vanidad de muchos escritores, Soto Ivars podía haber interpretado mi pregunta como un intento de dejarlo en evidencia y, por tanto, como una ofensa. Y no solo no se lo tomó a mal, sino que me reconoció el mérito.
Recuerdo que me preguntó si era catalán. Le dije que sí, que tenía historias para aburrir y que algunas de ellas las había recogido en un libro que acababa de publicar. Como me había movido más una voluntad ejemplificadora que interesada, quedé muy sorprendido cuando me dijo que le escribiera para quedar y que, cuando nos viéramos, le llevara mi libro.
Nos encontramos al cabo de unas semanas y estuvimos varias horas hablando. Y hubo algo que llamó mi atención sobremanera: parecía como si Soto Ivars nunca quisiera llevar razón. Me preguntaba interesado por mi día a día, escuchaba atento, hacía algún comentario, contaba alguna anécdota, desarrollaba sus argumentos, reconocía errores con respecto al asunto catalán, siempre con la serenidad del que, sobre todo, quiere conocer y aprender. Además, pagó las birras que nos tomamos: “Qué menos, ya que me has traído el libro”.
Aquello desembocó en la entrevista que me hizo para El Confidencial, publicada el 11 de septiembre de aquel año, y que se coló entre lo más leído del periódico aquel día. Creo que vendí bastantes libros gracias a aquella entrevista. También recibí incontables insultos, es cierto, pero sigo estando muy agradecido por el espaldarazo que supuso.
Solo nos hemos vuelto a ver una vez desde entonces, cuando presentó en Barcelona el libro La razón en marcha, de Félix Ovejero y Julio Valdeón. Tuvimos tiempo de charlar un rato en la barra de un bar o restaurante al que varios de los asistentes fuimos a tomar algo. Me dijo que se alegraba de verme. Me comentó algo sobre la escolarización de su hijo mayor, un detalle del que ya me había hablado en nuestra anterior charla. Y me fijé en su aspecto un poco desaliñado: acababa de decir en la presentación —mientras se sacudía los pantalones— que disculpáramos su aspecto, que había llegado directamente del parque de jugar con su hijo.
Y ese es el Soto Ivars que yo conozco. El que reacciona con magnanimidad a un comentario que podía haber tomado como ofensivo, el que se interesa por el libro de un desconocido y lo ayuda a promocionarlo, el que acude a la presentación de un libro con los pantalones llenos de polvo porque ha estado jugando en el parque con su hijo pequeño.
No escribo este artículo ni siquiera para defender su derecho a escribir sobre cualquier tema, por incómodo que le resulte a determinado lobi. Lo escribo tras ver a la periodista Laura Fa, en TikTok, con la cara contorsionada por el desprecio, tratándolo de misógino, comparándolo con los miembros del Ku Klux Klan, caricaturizándolo como un bárbaro que hace “uh, uh, uh” y se rasca un huevo cada vez que opina sobre el feminismo.
No, este artículo no es una defensa de la libertad de expresión. Es una defensa del hombre, en su primera acepción.
Y también en la segunda, por qué no.
