La Taula del senglar
Siente un jabalí a su mesa
"Hablando se entiende la gente, y políticos y cerdos no hablan un lenguaje muy distinto"
Que el Gobierno catalán haya creado la Taula del senglar (Mesa del jabalí) debería alegrarnos a todos, a pesar de que su nombre mueva a risa. En Cataluña no solucionamos problemas, pero a crear mesas, comisiones, seminarios, asambleas, cónclaves, juntas y plenarios, no hay quien nos tosa. Después todo sigue igual, por supuesto, pero la gente que participa en estos saraos agradece tener esos ratos de asueto, en qué iban a ocupar el tiempo, si no.
Otro motivo de alegría, este más egoísta, es que con tanta mesa y tanta comisión, muy mala suerte sería que no nos tocara a cada catalán participar en una. A la del jabalí ya no llegamos, pero habrá otras muchas, como las ha habido siempre y, sean remuneradas o no --hay que esperar que sí--, siempre se puede sacar algo de ellas, aunque sea hinchando dietas y desplazamientos, como también se ha hecho siempre.
La peste porcina ha obligado en Cataluña al sacrificio de 30.000 marranos, así que lo suyo habría sido crear una Mesa del cerdo, pero, con ese nombre, a ver quién se presta después a formar parte de ella, es mucho más discreta la Mesa del jabalí. No es que los jabalíes sean más aseados que los cerdos, pero estos arrastran una fama de cochinos que echa para atrás a cualquier voluntario.
Imagínese usted saliendo de casa de buena mañana, con traje y corbata --a esos sitios hay que ir pulcro y bonito, suele haber fotógrafos a la entrada, por lo menos en la primera reunión--, encontrar al vecino en el ascensor y que le pregunte a dónde va. Si responde usted “a la Mesa del cerdo” pierde todo el prestigio que se hubiera ganado en la escalera.
Por el contrario, si contesta “a la Mesa del jabalí”, el vecino no sabrá de qué sirve una cosa con tal nombre, pero eso le conferirá a usted un aura de misterio que hoy está muy bien valorado. En cuanto corra la voz se convertirá usted en líder indiscutible del vecindario.
Además, para la Mesa del cerdo sería difícil encontrar voluntarios entre los distintos partidos, bastante desprestigiados están ya los políticos como para relacionarlos con animales que gozan revolcándose en la mierda, al final los ciudadanos no iban a distinguir entre unos y otros. En cambio, a la Mesa del jabalí todos van a querer sentarse.
--¿Dónde hay que apuntarse para formar parte de esa mesa? Me ofrezco voluntario.
--No se trata de comer jabalí, señor Junqueras, sino de hablar sobre ellos.
--Entonces nada.
Más allá de estas comprensibles confusiones, las reuniones de la Mesa del jabalí se presumen apasionantes, con unos afirmando que hay un exceso de estos animales, otros culpando al urbanismo desaforado de que hoy merodeen por nuestras calles, y los de más allá clamando por dar carta blanca a los cazadores para que puedan organizar batidas no solo en el bosque, también en los alrededores de colegios y hospitales. No faltará quien aproveche para compartir la receta de un buen estofado o un exquisito civet.
--¿Seguro que no queda una plaza libre en la mesa?
--Lo siento, señor Junqueras, ya está completa.
Habría que sentar algún jabalí a la mesa, ni que fuera por cortesía. Es de mala educación hablar de todo un colectivo, debatir incluso sobre su exterminio o por lo menos sobre su diezma, sin que esté presente ningún representante de él.
Algo tendría que decir sobre lo de echarles la culpa a ellos de una peste que ni siquiera lleva su nombre, sobre la costumbre humana de usar la expresión peyorativa “tener el colmillo retorcido” cuando justamente un colmillo así es ideal para buscar hongos en el subsuelo, o sobre la horrible tradición de colgar cabezas disecadas de algún antepasado en restaurantes de pueblo e incluso en algunos hogares de humanos sin escrúpulos. Hablando se entiende la gente, y políticos y cerdos no hablan un lenguaje muy distinto.