Libros
Este año, los Reyes Magos han sido muy generosos y me han vuelto a inundar la casa de juguetes —coches teledirigidos, un telescopio, dos dinosaurios, un robot, etcétera—, pero no se han olvidado de lo más importante: libros. Todos para mi hijo, claro, porque mi ritmo de lectura es tan lento desde que soy madre que los ejemplares se me acumulan en la mesita de noche.
Ahora mismo estoy leyendo dos a la vez: La familia Wittgenstein (Lumen, 2025), un ensayo biográfico de esta influyente y poderosa familia vienesa de principios del siglo XX, que es además un repaso a la historia moderna de Europa, y la última novela de Chimamanda Ngozi Adichie, Dream Count (Unos cuantos sueños), que es tan aguda, divertida y amena como las dos anteriores, Medio Sol Amarillo y Americanah.
Si hay algo que verdaderamente me atrae de esta autora nigeriana cuando escribe ficción es su capacidad para no caer en el drama y hacerme reír a pesar de contarme auténticas catástrofes, como la guerra de Biafra (Nigeria), la violencia de género o la discriminación racial en Estados Unidos.
En Dream Count (leedla en inglés, si podéis), Adichie, que tiene solo dos años más que yo, aprovecha la soledad de la pandemia para recordar a sus antiguos amantes y repasar experiencias de vida de tres amigas nigerianas de clase alta cuyas vidas no han salido como imaginaron, al menos en lo que respecta al matrimonio y la maternidad.
Por otro lado, Adichie, una africana afincada en Estados Unidos, igual que sus protagonistas, nos ofrece una mirada crítica de este gran país que Donald Trump ha llevado intelectualmente y políticamente a la deriva, un lugar tan ansioso por el papel higiénico; un lugar donde la policía “dispara más de lo que corre”; un lugar donde las estadísticas de mortalidad materna están organizadas de forma abrupta según la raza. Un lugar que, piensa Chia, una de las mujeres del libro, “nos ha embaucado a todos”.
Mi hijo, que tiene 5 años, cuando ve a Trump en una foto, siempre me dice: “Mira, mamá, el tonto culo”. Igual es adoctrinamiento político, pero me da igual. En el país del señor Trump, casualmente, los índices de lectura han caído en picado: según la última Encuesta sobre la Participación Pública en las Artes, de 2022, menos de la mitad de los estadounidenses había leído un libro en los últimos 12 meses; de estos, solo el 38% había leído una novela o un cuento.
Según otro estudio reciente llevado a cabo por la Universidad de Florida y el University College de Londres, el número de estadounidenses que leen a diario por placer se redujo un 3% cada año entre 2003 y 2023.
En España, las cifras no son tan malas: según el Barómetro de Hábitos de Lectura y Compra de Libros en España 2023, el porcentaje de españoles que lee libros se mantiene estable en torno al 68% tras el fuerte incremento registrado durante la pandemia.
El mismo estudio asegura que la lectura en menores sigue siendo muy mayoritaria. En el 76,3% de los hogares con menores de 6 años los padres leen a sus hijos pequeños. El 86% de los niños y las niñas de entre 6 y 9 años leen en su tiempo libre. El mismo porcentaje se repite entre los jóvenes con estudios universitarios.
Confío en que la tendencia se mantenga. Un país no puede dejar de leer. La lectura es fundamental para desarrollar el espíritu crítico y la empatía. Preocupadas por la situación en Estados Unidos, algunas organizaciones educacionales han adoptado un nuevo enfoque: si la gente no quiere leer libros por placer, quizá pueda ser persuadida de hacerlo para salvar la democracia.
Una de estas organizaciones es la Asociación Internacional de Editores, representante de editoriales de 84 países, que lleva más de un año promoviendo el eslogan “La democracia depende de la lectura”, con el argumento de que “la lectura ambiciosa, crítica y reflexiva sigue siendo uno de los pocos espacios donde los ciudadanos pueden ensayar la complejidad, recuperar la atención y cultivar las libertades interiores que requieren las libertades públicas”.
“El problema de este tipo de argumentos no es que sean erróneos; es que en realidad no persuaden a nadie a leer más, porque malinterpretan por qué las personas se convierten en lectoras”, observa Adam Kirsch, periodista de The Atlantic, en un reportaje reciente.
“Decirle a alguien que ame la literatura porque leer es bueno para la sociedad es como decirle a alguien que crea en Dios porque la religión es buena para la sociedad. Es un argumento utilitario para lo que debería ser una pasión personal”, escribe.
Según Kirsch, sería mejor definir la lectura no como un deber público, sino como un placer privado, a veces incluso como un vicio. “Esta sería una forma más eficaz de atraer a los jóvenes, y además resulta ser cierta. Cuando la literatura se consideraba transgresora, los moralistas no conseguían que la gente dejara de comprar y leer libros peligrosos. Ahora que los libros se consideran virtuosos y edificantes, los moralistas no logran convencer a nadie de que los lea”.