Cuando era pequeño me paraba cada día en una papelería que había al lado de mi casa para ojear la portada de los diarios deportivos en el expositor que había fuera del local. A veces no solo echaba un vistazo a las portadas, sino que hojeaba la publicación con cierto detenimiento, lo que había provocado, en más de una ocasión, que el dueño me echara una mirada fulminante o, incluso, me reprendiera.
Las portadas que más ilusión me hacían eran las que anticipaban algún fichaje. Era entonces –o después de un gran partido o título del Real Madrid– cuando les pedía a mis padres 90 o 100 pesetas para comprar el diario. Estaba advertido de que solo podía comprarlo en ocasiones especiales, así que tenía que elegir bien cuándo hacerlo: por eso a veces hojeaba los ejemplares, para asegurarme de que lo que se anunciaba en portada tenía un cierto desarrollo en las páginas interiores. Y después los releía una y otra vez.
En la primavera de 1991, cuando el Madrid ya no tenía casi opciones de pelear la Liga después de haber ganado cinco consecutivas, vi anunciado en el diario As el inminente fichaje de Juan Eduardo Esnáider. Se trataba de un delantero argentino de 18 años, una de las mayores promesas del fútbol mundial, según la noticia. Recuerdo que me llamó la atención el club de procedencia: el Ferro Carril Oeste. Y recuerdo que en la foto que ilustraba la noticia salía el jugador dando un toque de balón con la pierna a media altura.
Pero hay un detalle de esa portada que resplandece en mi memoria y que quizás explique el cariño que le tomé a Esnáider desde ese primer momento. Cuando llegué a casa con el diario, se lo enseñé a mi padre. Mi padre, aunque aficionado al fútbol y madridista, nunca se mostraba demasiado efusivo cuando yo le enseñaba alguna portada o le comentaba alguna noticia sobre el Real Madrid.
Era en sus dos hermanos varones, mis tíos Manolo y Pedro, en quienes yo notaba mi misma pulsión. Mi padre, en cambio, siempre intentaba atemperar la pasión con la que yo lo vivía todo. Aquel día, sin embargo, cuando le enseñé la portada, mi padre sonrió, se frotó las manos con vehemencia –el gesto que hacía cuando estaba contento– y dijo: “Ahora sí que vamos a ganar otra vez cinco ligas seguidas”.
Ni la profecía se cumplió ni Juan Eduardo Esnáider llegó a triunfar nunca en el Real Madrid, donde pasó apenas tres temporadas, en dos etapas, sin llegar a tener nunca un papel relevante. Pero sí que tuvo éxito en el Zaragoza o el Atlético de Madrid. Y yo me alegré de cada uno de sus goles y de cada uno de sus triunfos, porque hay jugadores a los que uno se siente vinculado más allá de los colores.
Hay un aspecto que siempre me llamó la atención de su personalidad: Esnáider no sonreía casi nunca. Lo recuerdo serio e introvertido en su presentación, cuando dijo que él no llegaba al Madrid para jugar, sino para aprender. Lo recuerdo serio y gesticulante en un partido que jugó en Palamós con el filial del Real Madrid y que mi padre nos llevó a ver al campo. Y lo recuerdo serio y retador en la celebración de su golazo en la final de la Recopa que ganó con el Zaragoza.
Mientras escribía este artículo, busqué fotos y vídeos de Esnáider y en muchos de ellos salía sonriendo, pero en mi memoria quedó grabado el recuerdo de un tipo serio que en el campo entraba a veces en estado de incandescencia. Siempre me gustaron los jugadores con garra, pero en el caso de Esnáider recuerdo pensar que me habría gustado verlo sonreír más.
Y, después de tantos años, hace unas semanas, durante la entrevista que le hizo Josep Pedrerol en su programa El Cafelito, por fin vi sonreír a Esnáider como me habría gustado verlo sonreír en mi infancia. Por fin una sonrisa limpia y luminosa, sin contención, sin contrapesos, sin matices. Tan limpia, luminosa e incontenible como desgarradora.
“Una sola vez fue dura conmigo la vida”, dijo cuando empezó a sonreír. Y la sonrisa alcanzó su máxima pureza cuando habló de su hijo Fernando, de cuando jugaba en el Getafe de central, a pesar de que, según él, era muy malo técnicamente. Y aun así competía. “Un gran pibe”, dijo. Y, al continuar, se le quebraron momentáneamente la sonrisa y la voz: “Lo extraño muchísimo”.
Fernando, uno de los hijos de Esnáider, murió con 17 años. Ningún padre puede superar eso, como él mismo dijo: “Todos los días son duros”. Es probable que su sonrisa contuviera toda la tristeza del mundo. Y por eso, precisamente, fue tan pura, porque toda la tristeza del mundo no puede ser sino el reverso de un amor inconmensurable.
Nunca vi sonreír a Esnáider como cuando habló de su hijo Fernando. Y ahora sé por qué: porque lo que colmó la vida de Esnáider no fueron sus goles o sus títulos, sino sus hijos, su familia. Y es que uno no comprende la vida en toda su maravillosa y dolorosa complejidad hasta que tiene hijos. Ese es el verdadero triunfo.
