La Unión Europea atraviesa una profunda crisis que refleja las profundas tensiones internas entre los ideales fundacionales de integración, solidaridad y democracia liberal, y el auge de movimientos populistas de extrema derecha. Dos modelos se confrontan, el que, apuesta por un Estado del bienestar y solidario soportado por un sector público eficaz y eficiente, frente al que lo hace por el retorno al individualismo y el nacionalismo excluyente.
La crisis financiera, la austeridad fiscal y la globalización han mermado los recursos de los estados para mantener las prestaciones del Estado del bienestar, lo que ha provocado un profundo descontento en sectores de la población que culpabilizan a la crisis migratoria (llegada masiva de migrantes y refugiados, especialmente desde 2015) del debilitamiento de dicho Estado. Al mismo tiempo crece la desigualdad como consecuencia de un reparto no equitativo de los beneficios de la integración económica y del euro. Todas estas tensiones están siendo capitalizadas por el populismo de ultraderecha mediante discursos que asocian el nacionalismo, el rechazo a la inmigración, el euroescepticismo y críticas a la globalización
A lo anterior habría que añadir la ausencia de liderazgo en la actual UE. Francia y Alemania están inmersas en una profunda crisis de gobernabilidad. Crisis económica e industrial en los dos casos, acentuada en el caso francés por su carácter político-institucional. La locomotora francoalemana desacelera su marcha y ralentiza el crecimiento europeo. El regreso de Trump y con una Rusia amenazante, obligan a la UE a no perder más tiempo y reaccionar en defensa de sus intereses.
Quizás el elemento más determinante del declive de la UE es la dependencia tecnológica de Europa frente a Estados Unidos y China. Esta dependencia tecnológica es especialmente relevante en sectores estratégicos: materiales críticos, digitalización, inteligencia artificial (IA), automoción, defensa, espacio, sector farmacéutico... EE. UU y China lideran muchas de estas tecnologías, mientras que la UE enfrenta desafíos significativos para reducir su dependencia y ganar autonomía estratégica. Un dato que retener, solo cuatro de las cincuenta tecnológicas más grandes son europeas.
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Banderas de la Unión Europea frente a la sede de la Comisión
EE. UU tiene una posición dominante en tecnologías clave como la IA, computación en la nube, semiconductores... Empresas como Google, Microsoft, Amazon y NVIDIA son pioneras en estas áreas. Su influencia global está reforzada por su capacidad de innovar, un ecosistema de startups dinámico y fuertes inversiones en investigación y desarrollo. Además, controla gran parte de la infraestructura digital global a través de sus grandes tecnológicas (Big Tech).
China es pionera en la tecnología 5G, fundamental para la conectividad de dispositivos, vehículos autónomos y el Internet de las cosas (IoT). Siendo uno de los líderes mundiales en el desarrollo y la implementación de inteligencia artificial, especialmente en áreas como reconocimiento facial, vigilancia, análisis de datos masivos (big data) y algoritmos de aprendizaje automático (machine learning). Empresas como Baidu, Alibaba y Tencent invierten fuertemente en investigación de IA. Su liderazgo en estas áreas es el resultado de décadas de inversión, políticas gubernamentales favorables, control sobre cadenas de suministro críticas y una visión estratégica centrada en la autosuficiencia tecnológica. El factor clave de este desarrollo es el acceso a enormes cantidades de datos de su población y una política gubernamental que prioriza la innovación tecnológica.
La tecnología es un elemento cada vez más determinante en los procesos de producción, en detrimento de los costes laborales, es en este terreno donde la Unión Europea no ha avanzado lo suficiente. Este cambio afecta a la productividad, por lo que sería necesario realizar más inversiones en capital físico y humano (conocimiento), favorecer la generación de innovación y tecnología propia que se trasladen a los procesos de producción y comercialización de los bienes y servicios. La UE debería activar un plan energético que no solamente actuara sobre la descarbonización de la economía, sino que contribuyera a incrementar la competitividad europea, teniendo en cuenta que el actual precio de la energía de las empresas europeas es superior entre 2 y 5 veces al de Estados Unidos.
Este déficit de innovación tecnológica se manifiesta también en sectores estratégicos vinculados a la defensa y a la ciberseguridad, en un mundo amenazado por riesgos geopolíticos que incluyen la defensa del propio territorio. La inversión en I+D del Fondo Europeo de Defensa está deficientemente dotada y carece de la coordinación necesaria. Todo ello provoca una pérdida de autonomía y una profunda subordinación a los intereses de EE. UU a través de la OTAN.
La UE necesita una estrategia política que reduzca el diferencial en innovación con China y Estados Unidos, y para ello sería necesario incrementar la inversión en tecnologías clave. En ningún caso se debería renunciar al modelo que promueva el bienestar y la solidaridad frente a la posibilidad del retorno al insolidario nacionalismo excluyente. Por todo ello la UE necesita una mayor integración económica compartiendo estrategias coordinadas y unificadas que contribuyan a reducir su dependencia externa.