En los acantilados de la Punta del Miracle de Tarragona, de cara al mar y dando la espalda a la ciudadela de Escipión el Africano. Allí establecieron su casa de recreo los Moncunil de Valls, la estirpe industrial que levantó Monix, la empresa de baterías de cocina y menaje más conocida en España, a lo largo de la segunda mitad del siglo pasado. Los Moncunill dejaron para la historia la imagen televisiva de aquel refrescante Qué menos que Monix, cumbre del spot publicitario en el tiempo de la expansión y de la inflación galopantes, cuando el precio de la mercancía crecía en progresión aritmética y el de los bienes raíces lo hacía en progresión geométrica.

Josep  Moncunill i Cirac, puso en marcha en 1951 un pequeño taller para producir piezas de acero en la planta baja de una sencilla casa de pueblo; el negocio creció como la espuma y Monix instaló su fábrica en el Polígono de Valls; supo aprovechar las economías de escala de los grandes ingenios y se convirtió en el líder de las baterías de cocina. Dos décadas más tarde, la marca Monix --acrónimo de una contracción entre Moncunill e inoxidable-- se había convertido en el escaparate de un sector consolidado, que sin embargo acabó siendo colonizado por los grupos multinacionales.

 

 

Anuncio de Monix de 2019 / MONIX

Josep Moncunill tuvo miles de empleados; para complementar su instalación en Valls, abrió una nueva factoría en Argelia, destinada a extender sus productos desde la cornisa a los principales puertos del Mediterráneo. Forjó su propio mito como patrón, combinando la imaginería con el cuidado de su gente. Puso en valor el añejo paternalismo de los ganadores al compensar a sus empleados con vacaciones pagadas en apartamentos de Coma-ruga, en plena Costa Dorada, donde el empresario había adquirido un edificio para convertirlo en la casa de veraneo de su plantilla. Fueron los años de bonanza, un tiempo en el que el mando y el afecto iban de la mano; en el caso de Monix, así como de otras empresas de origen familiar, los principios éticos del emprendedor, basados en un catolicismo ferviente, fueron el cemento de una cultura industrial basada en la productividad, los salarios justos y el rigor de las cuentas de resultados. Estas bazas se hicieron fuertes a la sombra de un sindicalismo todavía débil y al amparo de los Planes de Estabilización, que abrieron la economía española a los mercados exteriores y que acabaron con la autarquía del Antiguo Régimen.

El fin de la mejor etapa industrial

La Monix que exportó a medio mundo cucharones de acero, tablas de cortar, sartenes, cacerolas y ollas de presión, ha vuelto ahora de la mano de Bra. La empresa italiana adquirió en el año 2000 la marca a los Moncunill y la englobó en su razón mercantil, Bra Monix, bajo cuyo estandarte el acero inoxidable de Valls robustece de nuevo su presencia, aunque ahora el acero fino se mueve bajo el paraguas multinacional de Pintinox, la mayor holding internacional del menaje que en España engloba también a Lékué y Magefesa. El mercado global ha delimitado así el regreso de la marca favorita de las amas de casa de los sesentas, una voz amable del tardofranquismo que, en su momento, fue capaz de competir con el anuncio del detergente Colón, difundido por Manuel Luque, con el acento menestral del recordado Busque y compare y si encuentra algo mejor, cómprelo.

Vista de la localidad de Valls / VALLS.CAT

En un tiempo en el que el retail lo petaba, los españoles poblaron sus cocinas a base de ingentes provisiones de marca blanca. Así entraron los Moncunill en el sector palanca, la lanzadera soñada por cualquier grupo industrial en ciernes. Alcanzaron la cima y disfrutaron las ventajas de un liderazgo comercial, y sin embargo, el tiempo oxidó lo inoxidable. Josep Moncunill dejó descendencia pero no paciencia. Los hijos y nietos del fundador de Monix argumentan hoy que la ausencia de una política industrial, capaz de ayudar a las empresas en dificultades, acabó con el sueño de seguir expandiendo el menaje catalán.

Cuando Monix dejó de ser propiedad de Josep Moncunill, la ciudad de Valls entraba de lleno en el fin de su mejor etapa industrial; hoy, el gran polígono de la capital de l’Alt Camp es un erial; las fábricas han sido sustituidas sin éxito por el comercio local y por la voracidad de la especulación inmobiliaria. Es como si la velocidad vertiginosa del consumo de masas hubiese sido diseñada para caer con estrépito entre los vaivenes sucesivos y menguantes del siglo XXI.

La Mancomunitat de Prat de la Riba

En los últimos años, la desertización productiva y el negocio rampante de los catastros han convertido a la noble ciudad de la Virgen de la Candela en el barrio dormitorio de urbanizaciones, como Els Boscos de Valls, salpicada de rancias mansiones; el populismo político ha facilitado además la aparición de figuras artificiales de insignificante rigor, como el ex alcalde de JxCat, Albert Batet, descendiente de estraperlistas y financiador de Puigdemont, el president fugado.

Valls mira a Tarragona con la misma intensidad con la que Reus se ilumina a sí misma en la plaza Prim, edificada en recuerdo del egregio general acribillado a trabucazos. Desde sus playas, Tarragona filtra la luz helénica de la otra punta del mismo mar. Su anfiteatro romano es una concha de piedra en el centro de una enorme ensenada y su Torre del Pretorio mantiene la sensación de fortaleza inexpugnable en la que se alojaron Augusto y Diocleciano. Valls compitió con su ciudad hermana, Reus (Baix Camp), durante la Revolución del Vapor y tuvo su propia entidad financiera, el Banc de Valls, creado en 1881 por su promotor y alcalde, Josep  Castellet i Samsó. La entidad reunió a destacados apellidos de la localidad  --los Veciana i Barenguer, Farrés, Morell, Rosich i Escofet, Dalmau i Sanromà, Barrau i Flaquer o Vilalta i Amenós, entre otros-- cuya implicación quedó en entredicho durante la recesión posterior a la Fiebre del Oro.

Josep Moncunill, fundador de Monix / MONIX

 

Aquella fiebre, metaforizada por el novelista Narcís Oller --nacido en Valls e influido por su tradición-- en la célebre obra homónima, fue el resultado en parte de dos corrientes subterráneas pero reconocibles: el realismo pesimista y el sentimentalismo moralista, incrustados ambos en el genio del lugar. El Banc de Valls fue el motor de proyectos industriales, como los Astilleros de Tarragona, las primeras líneas de ferrocarril, la compañía Eléctrica del Cinca y el impulso de las cooperativas agrícolas (Falset, Marsà o Alió). La entidad se vio inmersa en la expansión de las llamadas Catedrales del Vino, obra del arquitecto Cèsar Martinell --otro hijo ilustre de la localidad-- complementada con diseños de maestros modernistas, como Domènech i Montaner. Las consecuencias de la Filoxera al final de ochocientos y el replante de las cepas californianas enmarcaron el tiempo de aquellas catedrales, edificios avalados por la Mancomunitat de Prat de la Riba y financiados por entidades como el mismo Banc de Valls o el Mercantil de Tarragona. Martinell dejó su portentoso legado en obras que almacenaron barricas y fueron el centro de gravedad de las vendimias, en las cooperativas de Rocafort de Queralt, Espluga de Francolí, Gandesa o Barberà de la Conca, entre otras.

Inversiones urbanísticas

En la segunda mitad del pasado siglo, el Banc de Valls languideció en una lenta caída hasta que su marca fue adquirida por el Hispano Americano. El banco pudo haber sido el germen de Banca Catalana, cuando uno de los consejeros de la entidad fundada por Jordi Pujol, el industrial Joan Baptista Cendrós, --también hijo predilecto de Valls-- trató sin éxito de relanzar el banco de l’Alt Camp. Otro de los consejeros destacados del banco local, el ingeniero Ramon Barbat i Miracle, desempeñó el cargo de presidente  de la compañía Mecanismos Auxiliares Industriales (Maisa), cuya factoría estaba situada en mismo Polígono que Monix.

Así, Ramon Barbat y Josep Moncunill fueron durante décadas los dos ejes de la prometedora potencia industrial de Valls, forjadora de una cuenca de empresas auxiliares que triplicaban sus plantillas en empleos indirectos. Monix fue la industria local con aspiración global, mientras que Maisa representó la impronta cosmopolita de un proyecto de alto voltaje, aludido como “los Kennedy” por los vecinos de la localidad, con una mezcla de rencor y admiración. Maisa fue absorbida por la auxiliar del automóvil, Lear, una compañía que ha ido liquidando sus activos en sus plantas de Roquetas (Bajo Ebro) y Cervera (Lleida).

Lo que pudo haber sido el nexo sur del cinturón metalúrgico, vinculado a las cabeceras automovilísticas del Baix Llobregat (Seat y Nissan), acabo en liquidación. El crecimiento había sido exponencial; y su posterior caída se convirtió en la siembra de las segundas y terceras generaciones, que han dado buena cuenta de las plusvalías generadas por los negocios familiares, a base de enterrar dinero en solares pendientes de recalificación urbanística. En momentos de caía, el destello de la tierra sustituye a la invención industrial. Pero los años de bonanza no vuelven por más que las desinversiones maquillen el magro futuro.