Concierto de Fischer-Z en 2020 / DIRK ANNEMANS (CC-BY-SA-4.0)
Fischer-Z
John Watts es uno de los excéntricos del pop menos estudiados, pero quienes disfrutamos con los tres primeros álbumes de su grupo nunca lo hemos olvidado
El mundo de la música pop alberga a todo tipo de individuos peculiares, algunos de los cuales rayan en lo indescifrable. Pensemos en el británico John Watts (Frimley, condado de Surrey, 1954), un jovenzuelo que estudiaba psicología clínica y trabajaba en centros psiquiátricos cuando le dio por formar un grupo de rock en pleno estallido de aquella new wave que vino justo después del estallido punk y a menudo se confundió con él. Cantante, guitarrista y compositor, el señor Watts creó el que para mí es el grupo más raro de la época, Fischer-Z, que ha ido deshaciendo y reformando a lo largo de los años (el último disco, Swimming on thunderstorms, data de 2019), mientras iba alternando sus trabajos en solitario con los cíclicos reencuentros con sus viejos compadres (destaquemos a su amigo Stephen Skolnik, que se ha dejado echar y volver a reclutar en infinidad de ocasiones). Hombre de tendencias filosófico-melancólicas, el señor Watts ha publicado por su cuenta un montón de discos que casi nadie ha oído porque quienes lo recuerdan, que no son precisamente legión, lo hacen gracias a los tres álbumes que Fischer-Z grabó en estado de gracia entre 1979 y 1981: Word salad (1979), Going deaf for a living (1980) y Red skies over paradise (1981).
Si los escuchabas sin prestar mucha atención a las letras, podías llegar a la conclusión (equivocada) de que estabas ante una banda más de la nueva ola que facturaba un pop ágil y divertido con un punto deliciosamente majareta e indudablemente excéntrico. Enfocando algo mejor la oreja, podías descubrir las preocupaciones sociales y políticas del señor Watts, entre cuyas bestias negras destacaba la señora Thatcher. Podías encontrar también extraños himnos a la sordera como Going deaf for a living u homenajes a la química como Pretty paracetamol, que te demostraban que dentro del músico seguía viviendo el aspirante a psiquiatra. Cuando Watts disolvió el grupo tras su tercer álbum, nadie entendió muy bien por qué. No es que Fischer-Z hubiese alcanzado un éxito global (eran demasiado peculiares para ello, demasiado raros, demasiado especiales a la hora de elegir los temas de sus canciones), pero las cosas les iban razonablemente bien en Europa (en Estados Unidos no llegaron a ser realmente apreciados jamás). La excusa del señor Watts fue que se habían alejado demasiado de sus orígenes punk y que había que volver a empezar por el principio. Y en solitario. Por eso grabó One more twist (1982) y The iceberg model (1983) que, en España, si no recuerdo mal, no llegaron ni a distribuirse.
Desde entonces, el señor Watts ha ido alternando la soledad musical con las reuniones de Fischer-Z, aunque nunca ha vuelto a saber lo que era el éxito comercial (que, de todas maneras, fue siempre relativo y reducido a una pequeña base de fans repartida por el Reino Unido y diversos países europeos). Reconozco que le perdí la pista a principios de los 80, aunque vuelvo cíclicamente a esos tres extraños elepés grabados entre 1979 y 1981 y que, en el fondo, por mucho que me gusten, nunca he llegado a entender del todo: una música vistosa y animada podía servir de fondo para una letra desoladora que veía cierta liberación en la sordera o cantaba las alabanzas del paracetamol a la hora de enfrentarse a los horrores de este mundo.
Juraría que John Watts es uno de los excéntricos del pop menos estudiados y que más desapercibidos han pasado, pero quienes disfrutamos enormemente con los tres primeros álbumes de Fischer-Z nunca hemos podido (ni querido) olvidarlo. Por lo que sé de su carrera en solitario, ésta ha conseguido en una búsqueda permanente de nuevas ideas y nuevos sonidos que no han conseguido captar el interés de sus contemporáneos, y ahí me toca entonar el mea culpa, pues tampoco me he matado a la hora de seguir sus pasos, que han oscilado entre lo sociopolítico y lo experimental. Me temo que me resulta más fácil desempolvar aquellos tres magníficos álbumes de Fischer-Z que me alegraron la vida de una forma más bien extraña cuando tenía poco más de veinte años. Y no descarto la posibilidad de, además de volver a disfrutarlos, acabar entendiéndolos del todo.