"Lo más difícil de la vida es no hacer absolutamente nada. Hay que ser un verdadero artista para eso". El autor de esta frase es Martín Máximo Pablo de Alzaga Unzué, alias Macoco, un personaje de leyenda, considerado el primer playboy moderno, un tipo cuyo lema vital era: "El dinero mejor ahorrado es el que se gasta". La editorial Renacimiento, dirigida por Abelardo Linares, acaba de publicar el libro de memorias y conversaciones que el escritor argentino Roberto Alífano (1943), colaborador de Jorge Luis Borges y Pablo Neruda, periodista cultural de larga trayectoria y autor de más de sesenta títulos, dedicó a este donjuán argentino, miembro de una adinerada estirpe porteña, que tuvo una vida de película y conoció de primera mano a muchos de los grandes mitos de la Norteamérica de los años veinte, incluyendo a grandes estrellas de Hollywood. 

Descendiente de una de las familias más ricas de la América Hispana, considerado como la figura en la que Scott Fitzgerald se inspiró para crear el personaje del Gran Gatsby, Martín Máximo Pablo de Álzaga Unzué supo vivir a lo grande. Educado en un colegio británico de Londres, cursó estudios en la Universidad de la Sorbona y fue una de las figuras pioneras del automovilismo deportivo en Europa, donde ganó el Gran Prix de Marsella. Frecuentó los ambientes nocturnos de Buenos Aires, París, Londres, Nueva York y Beverly Hills. Su leyenda le adjudica romances con refulgentes estrellas de cine como Rita Hayworth, Claudette Colbert, Dolores del Río o Ginger Rogers.

Macoco representó algo así como la alta aristocracia de la Belle Époque y sobre esta etapa de su vida habló con Roberto Alífano en los últimos años de su vida, donde rememora sus años dorados de fiestas sin fin, triunfos y amoríos. Charles De Gaulle le condecoró como héroe de la Resistencia francesa. Fue confidente de la actriz alemana Marlene Dietrich y se codeó con Gary Cooper. Además, fue socio de personajes como Al Capone, Onassis y Howard Hughes y amante de Josephine Baker, Gloria Swanson o Tamara de Lempicka, maestro de tango de Charles Chaplin y conseguidor para Juan Domingo Perón.

Los derechos cinematográficos del libro de Renacimiento, del que Letra Global publica la introducción de Alífano y su primer capítulo, han sido reservados por Netflix para producir una serie sobre Macoco

TIRANDO MANTECA AL TECHO (Por Roberto Alífano)

Aunque parezca mentira, los argentinos supimos tener una Belle Époque, una época en que si bien había miseria, también había un estrato social que vivía a lo grande, muy a lo grande. En ese estrato social, estaba instalado Martín Máximo Pablo de Álzaga Unzué, el incomparable Macoco.

Versado en todas las artes del buen vivir, nuestro Macoco fue un personaje famoso del siglo veinte, un hombre real que nació en la Argentina, habitó Buenos Aires y recorrió buena parte del mundo. La manera exageradamente pródiga de gastar su dinero, dicen que motivó la frase de Sacha Guitry, “Il est riche comme un argentin" (Él es rico como un argentino); o aquella otra, donde se dice que “la ambición de toda mujer francesa era tener un perrito pequinés y un amante argentino”. Sin duda, Macoco merecería figurar en el libro Guinness de los récords mundiales, no solo por la marca establecida en 1924 con su automóvil Sunbeam, en el Grand Prix de Marsella, sino también por haber sido el argentino que más dinero gastó en su vida. Algunos incluso afirman que fue el inspirador del Gran Gatsby, la novela de Francis Scott Fitzgerald.

La noche porteña empezó siendo su centro juvenil de operaciones; luego, lo fueron París, Londres, Nueva York y Beverly Hills.

Infinidad de anécdotas lo pintan en ocasiones como un personaje despreocupado, insensible; algunos, como un tilingo, otros, como un brillante promotor de sí mismo. Fue todo eso, quizá. Su leyenda incluye la conquista de refulgentes estrellas de cine, haber acuñado la palabra playboy, asociaciones con inescrupulosos hombres de la mafia, mecenazgos, actos de conmovedora generosidad y hasta relaciones casi familiares con algunos presidentes de la Nación y figuras que han incidido en los destinos de la humanidad.

El tiempo, que también puede llamarse olvido, en su inapelable sucesión va simplificando y suavizando las cosas. El arbitrario George Bernard Shaw, pensaba que a la larga todo resulta humorístico. Algunos sucesos dramáticos que protagonizara Macoco se ven ahora dulcificados, ajenos a cualquier forma de perversidad. Es probable que nunca se le haya pasado por la cabeza que llegaría a ser un personaje de novela. ¿Y quién puede discutirnos que no lo fue? Con sus andanzas, Macoco construyó un mundo espléndido, bien a lo grande, como correspondía a su magnificencia; hubiera podido decir, con Oscar Wilde, que puso todo su genio en la vida. Así es como quiero tratarlo, como un auténtico artista de la existencia, sin olvidar que fuimos amigos, y a los amigos se les debe respeto.

A pesar de no seguir un orden cronológico, hay mucho de biografía en estas páginas. La mayoría de las anécdotas son de primera agua, del relato oral de Macoco. Son tramos de dilatadas conversaciones con apartes, como se dice en la jerga teatral, que se prolongan en mi memoria. La literatura es la sombra de la buena conversación, según la fórmula del mundano Goethe. Y una buena conversación son diálogos que avanzan, retroceden o se bifurcan en el aire, en un ir y venir, en un pasar como la vida misma. Quizá el improbable lector que se asome a estas páginas se preguntará por qué están escritas de manera coloquial, con el uso abusivo del tuteo. Ocurre que no he podido concebir este libro sin su presencia ante mí, sin su conversación con ese tono de voz naturalmente argentino, impostado y arrogante, propio de su clase social.

Imagino otra vez a Macoco, hablándome de sus noches de París, confesándome con reservas algunos pormenores de sus romances hollywoodienses con Rita Hayworth, Greta Garbo y Claudette Colbert, emocionándose al evocar su amistad con Juan Domingo Perón, Errol Flynn y Carlos Gardel. En fin, relatándome esas historias de las cuales me hizo depositario y me pidió que algún día revelara, con lujo de detalles, sin faltar a la verdad, como ahora trato de hacerlo. Y creo que lo vamos a lograr, viejo querido.

Macoco, el tirador de manteca al techo, no es un invento mío, es un mito argentino que existió y está aquí de cuerpo entero.

Roberto Alífano

PRIMER CAPÍTULO

ALMORZANDO CON JUAN DOMINGO PERÓN. EL OPERATIVO G. R.

Resultan siempre inesperados los rumbos que nos impone la vida. Cuando Macoco era llevado esa mañana luminosa de primavera a la residencia presidencial de Olivos para entrevistarse con el hombre que conducía el destino de la Argentina, se preguntaba en el viaje, la mirada azulina perdida en unos barquitos que surcaban el Río de la Plata, para qué lo convocaba a él, un ciudadano más, a una reunión privada, a él, que poco o nada le interesaba la política, aunque no sentía ningún respeto por ese militar populista que unos meses antes había justificado la toma del Jockey Club, una verdadera ofensa cometida a la gente de su clase por sus adeptos, quienes prendieron fuego a las instalaciones y a los libros, rompieron vidrios y muebles y pintaron consignas políticas en las paredes. Una cuestión de honor lo irritaba contra sí mismo y lo hacía sentir culpable.

Él, Martín De Álzaga, como se lo conoció en el mundo del automovilismo, había participado varias veces en las competencias de Monza como piloto del equipo Bugatti, siendo el primer corredor argentino que ganó, en 1924, un premio internacional, el Grand Prix de Marsella a bordo de un Sunbeam; también había intervenido, con Raúl Riganti, en las 500 millas de Indianápolis, obteniendo una buena colocación. Eso formaba parte de su pasado, de un glorioso pasado que no podía ignorar Perón, aficionado como era a todos los deportes. Sin embargo, en ese momento, como piloto, no tenía trascendencia en el mundo, y muy poca en su país. “Seamos realistas, se dijo, ya no soy nadie”. Macoco era consciente de que su leyenda interesaba a muy pocos; él pertenecía ahora a la especie casi extinguida de los playboys, aquellos dueños de la noche de París en los tiempos de los années folies.

En cuanto a Juan Domingo Perón, digamos que después de la muerte de su mujer se había mudado a la Quinta Presidencial de Olivos, donde funcionaba la UES (Unión de Estudiantes Secundarios) y hasta se hablaba, con secreto desahogo, del romance con Nelly Rivas, una muchacha menor de edad. ¡Todo un escándalo, agitado en especial por los dignatarios de Iglesia, que a Macoco no lo sorprendía demasiado! “¡Qué tiene de malo que un viudo se consuele con carne joven!”, reflexionó, haciendo un gesto de indiferencia. Se distrajo mirando los verdecidos árboles que bordeaban el camino y las casas construidas por los nuevos ricos que proliferaban en esa otra Argentina. Un país distinto, que en nada se parecía al de su infancia y juventud, su país al fin, elegido para aquietarse en esta etapa de la vida. “Todo se aplebeya”, pensó. “Todo se pervierte y se derrumba inexorablemente. ¡Pobre Patria, qué destino tan incierto te espera con estas masas populares en el poder!”.

Aquello ocurrió en 1953, en septiembre, mes de la primavera, cuando todo está florecido y hace que uno piense de manera positiva. Pero ¿cómo hacerlo en momentos tan cruciales? Volvamos al día anterior, el del llamado de la Presidencia de la Nación. Juan Domingo Perón, el jefe del Estado Argentino lo quería ver a él, a Martín Máximo Pablo de Álzaga Unzué.

–¡A mí! –contestó perplejo, cuando atendió–, ¿y para qué carajo?

La voz grave y educada del funcionario se oyó vacilante del otro lado del teléfono.

Se dio cuenta a tiempo del exabrupto y corrigió con un eufemismo: “¡Quiero decir, caramba, es una sorpresa que el presidente me quiera ver! ¿Está seguro?”.

–Sí, repitió el funcionario. El general quiere verlo. Lo pasaremos a buscar, la entrevista será en la residencia de Olivos, mañana sábado, a la una del mediodía. El Presidente lo invita a almorzar.

–La verdad, yo no entendía nada –recordaba después Macoco–. Jamás en mi vida había visto a Perón. Por intermedio de Pedrito Quartucci, que había boxeado conmigo en los años treinta, conocí a Eva Duarte, una actriz de radioteatro, que tuvo algo que ver con Pedrito y, luego, se casó con Perón, y ya se sabe adónde llegó. También conocí al mequetrefe de Juan Duarte, el hermano de Eva, quien me hizo amenazar por unos matones debido a un affaire que tuve con Fanny Navarro, su amante.

Yo no tenía idea de que andaba con él; me la presentaron –una potra muy sensual–, ella conocía bastante de mí, yo no demasiado de ella, sabía que era actriz, me llenó de elogios... ¡Cuando las mujeres te quieren levantar!... Y ahí empezó el asunto. Soy un hombre de códigos. Te digo que de haber sabido que tenía macho, no me habría metido. Por dos razones: primero, porque nunca me interesó soplarle la mujer a nadie y, segundo, porque en donde ya hociqueó un oso, el otro no debe meter la trompa. De manera que se me ocurrió que el convite de Perón, podía ser por algún asunto pendiente; aunque no había razones: yo no me metía en política y la Eva y el hermano ya estaban muertos. Así es que mis conjeturas no me llevaban a nada.

Al otro día, a la hora establecida, estaba frente a Juan Domingo Perón, quien, sin protocolo alguno, lo recibió sonriente y fue hacia él con los brazos extendidos para estrecharlo en un abrazo. “¡Qué recibimiento! –se dijo–. ¡Menos mal, parece que no es por ninguna cosa fulera!”.

–¡Querido Macoco, tantos años sin verte! –exclamó Perón, entrecerrando los ojos, con un quizá exagerado gesto de nostalgia. ¡Cómo nos cambia la vida!

El autor, durante una de sus conversaciones con Macoco

Lo trataba como a un viejo amigo. Y él no recordaba haberlo visto, al menos en esta vida. Su tono era demasiado familiar para ser fingido, y la simpatía del hombre hizo que sintiera como si lo hubiera conocido desde siempre.

–¿Te acordás cuando practicábamos boxeo en Gimnasia y Esgrima? –comentó sonriente–. Hicimos guantes algunas veces. ¡Qué cross de izquierda que tenías! ¡Había que aguantarte en el ring, che!

–Yo tengo buena memoria. Para mí, era toda una novedad eso de haber boxeado con Perón, pero aprobé complacido. No se tienen demasiadas oportunidades de que un Presidente se declare tu amigo. A pesar de que yo era de la contra, el hombre me resultó agradable, y hasta divertido. Hizo una broma con uno de los perritos pequineses, que se me subió encima y tenía la pésima costumbre de levantar la pata para mear a los visitantes; se rió con toda la cara, con una risa franca y seductora. Luego, ordenó que nos sentáramos a la mesa, ya preparada, donde almorzaríamos solos, “como dos viejos amigos que hace rato no se ven”, según él.

–¿Te preguntarás para qué te invité a almorzar así, imprevistamente? –comentó Perón–. Ocurre, querido Macoco, que, a medida que pasa el tiempo, uno se da cuenta de que se va quedando sin amigos, sin los auténticos amigos. El poder es la soledad, viejo. Los que se te acercan lo hacen por interés, para sacar provecho.

El general inclinó la cabeza con un gesto de resignación y él, sorprendido de que le hablara en ese tono, lo miró a los ojos buscando alguna explicación. La realidad a veces parece parte de una composición literaria; así, de golpe y porrazo, el hombre más poderoso de la Argentina lo declaraba su amigo.

–Sí, Macoco, no te asombrés –siguió diciendo Perón–. Ya ni me fío de mi propia sombra. La mujer que me acompañaba y compartía mi proyecto político, como bien sabés, murió. Vivo rodeado de aduladores, de incapaces que lo único que hacen para sumar méritos y aparentar lealtad es poner el nombre de Evita y el mío a todo lo que nos rodea. Estoy harto de tanta falsedad.

Macoco asintió, cada vez más sorprendido.

–Necesitaba hablar con un viejo amigo, de esos en quien se puede confiar –insistió Perón–. Pero no te creas que te la vas a llevar de arriba, che. Te mandé llamar también por otra cosa: para hacerte un pedido muy especial. Sé que conocés a Ginger Rogers; algún indiscreto ha dicho que hasta fuiste su amante.

–No, señor Presidente –negó Macoco–. Es cierto que es mi amiga, pero amantes no, solo fuimos amigos. Yo le presenté a Mervyn LeRoy, el director de Quo Vadis, descubridor de Clark Gable, que después se casó con Kay Williams, mi segunda esposa.

–¿Lo conociste a Clark Gable? ¡Mirá que te codeaste con gente famosa! –exclamó Perón–. ¡Vos sí que la viviste bien, Macoco!

–Así es, señor Presidente –respondió con orgullo, y agregó con una sonrisa complaciente–: ¡La verdad no me puedo quejar!

—Tutéame, che, somos viejos amigos –lo alentó Perón–. Bueno, vamos al grano: quiero conocer a Ginger Rogers. Son esas cosas del costado superficial que uno tiene, sabés... Es una estrella por la que siento admiración. ¡Cómo baila la rubia, es formidable, viejo! Me enteré que va seguido a Río de Janeiro, donde tiene una residencia, y me gustaría que pegue un salto hasta nuestro país. Sería mi invitada especial. Nadie mejor que vos para cumplir esa misión. Por otro lado, sé que andás en gestiones para traer unos automóviles desde el exterior y no te quieren dar la licencia de importación.

–¿Cómo está enterado? –balbuceó Macoco sorprendido.

–Mirá viejo, cuando la vida lo mete a uno en este baile, la información es fundamental. Los hombres son buenos, pero si se los vigila son mejores. Si me traes a la Rogers, yo te hago facilitar la tarea. Inclusive podemos hablar de otros asuntos relacionados con los automóviles que te pueden favorecer. Estamos haciendo los contactos para traer la Mercedes Benz al país y vos podés participar. ¿Quién más indicado para asesorarnos en el negocio de los fierros?

Perón se frotó las manos y guiñando un ojo, concluyó:

–Bueno, ¿te animás a cumplir el operativo G. R., Macoco?

–Por supuesto, mi general, delo por hecho –respondí.

Confieso que en ese momento yo no venía bien económicamente, me habían estafado fiero, y acepté la propuesta de Perón. A la semana siguiente viajé a Río como enviado del Gobierno, con pasaporte diplomático y todo. No fue difícil traer a Buenos Aires, como invitada de honor del presidente de la República, a mi vieja amiga, la Rogers, quien, por otro lado, me debía antiguas atenciones. En los tiempos de pasados esplendores yo fui quien financió en Hollywood la película Vampiresa, dirigida por LeRoy, con la Rogers de estrella principal. My Baby Blonde, como yo la llamé íntimamente alguna vez, vivía varios meses del año en Brasil, país que la había cautivado cuando filmó con Fred Astaire Flying down to Rio.

–––––––––

[Macoco. El primer 'playboy'. Roberto Alífano. Editorial Renacimiento, Sevilla 2022. Biblioteca de la Memoria. 305 páginas. 18,91 €]