Entrevista a Rosa Ribas

Entrevista a Rosa Ribas Gala Espín Barcelona

Letras

Rosa Ribas: “Cuidar a una persona es tener poder sobre ella”

La escritora, autora de ‘Todos duermen’, una novela psicológica que explora los límites del cuidado, tiene claro que “incluso cuando actuamos con las mejores intenciones, la culpa nos persigue por las consecuencias de nuestros actos”

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Rosa Ribas (Barcelona, 1963) es una de las voces más sólidas y reconocidas de la narrativa negra y psicológica en español. Filóloga de formación, vivió durante tres décadas en Alemania, una experiencia vital e intelectual que ha impregnado de forma determinante su producción literaria. Autora de una prolífica obra —en la que destacan series policíacas tan aclamadas como la de los detectives Hernández o la saga de Cornelia Weber-Tejedor—, Ribas ha destacado siempre por su maestría para indagar en los pliegues de la psique humana, el peso de la culpa y las complejas relaciones de poder en el ámbito familiar.

En su última novela, Todos duermen, (Tusquets) la escritora barcelonesa ofrece una absorbente intriga de cámara que transcurre entre las cuatro paredes de un piso claustrofóbico, explorando los límites del cuidado, la dependencia mutua y los secretos del pasado. La música es esencial en esta obra y prueba de ello es que Rosa Ribas ha colgado en las redes una lista de temas musicales --música clásica con preferencia de autores de lengua alemana-- que acompañan al lector en todas las páginas repletas de intriga y emoción.

A partir de Todos duermen, tu novela más reciente, y contando ya con una extensa trayectoria, quería preguntarte: tú dominas muy bien la novela negra y la psicológica, pero ¿consideras que esta obra es representativa de tu narrativa o has querido ir un poco más allá?

Al hilo de lo que dices, es verdad que en buena parte de lo que he escrito hay novela negra, aunque he tocado otros géneros. Siempre he puesto mucho énfasis en la parte psicológica y en el desarrollo de los personajes. En esta ocasión quería probar otra vertiente: concentrarme en una novela más breve donde el peso recayera en pocos personajes y la intriga fuera puramente psicológica, en el juego que se establece entre dos hermanas y una abuela. Quería que viéramos cómo la protagonista y narradora va releyendo el mundo en el que vive al darse cuenta de que detrás hay algo que no encaja.

Para los lectores, diremos sin desvelar el final que es la historia de dos hermanas: una cuida a la otra. Es un tema muy pertinente hoy en día, cuando tantas personas —a menudo mujeres— dejan sus trabajos para cuidar a sus familiares. Aquí no hay padres y hay ocho años de diferencia entre ellas. La hermana mayor ayuda a la pequeña, pero a la vez la perjudica. ¿Hasta qué punto la ayuda o el mimo excesivo puede convertirse en una prisión?

Me interesaba mucho explorar la relación entre la persona cuidada y la que ejerce el cuidado. Cuando alguien recibe cuidados por una enfermedad —en este caso, Ana padece una agorafobia que le impide salir de casa— la dependencia es evidente. Pero quería ver el otro lado: cómo se establece también una dependencia en el cuidador. Elisa, la hermana mayor, asume voluntariamente cargar con todo tras la pérdida de los padres. Se crea una dependencia mutua. Elisa ya no solo ejerce de cuidadora, sino que es cuidadora: toda su personalidad acaba determinada por esa función. Aunque tiene trabajo y otras ocupaciones, ha reducido su vida a lo mínimo para dedicarse a su hermana.

La escritora Rosa Ribas, con 'Letra Global'

La escritora Rosa Ribas, con 'Letra Global' Gala Espín Barcelona

Es un fenómeno social importante: los cuidadores acaban dependiendo tanto de ese rol que, cuando la persona cuidada falta, sienten un vacío enorme porque han volcado toda su vida en ello.

Se recalca mucho la necesidad de cuidar al cuidador. Es una actividad que exige toda la energía y en la que se acaba perdiendo contacto social y abandonando habilidades de relación. El punto terrible es cuando el cuidado se convierte en el único objetivo vital y todo lo demás queda relegado o anulado. Cuando la persona cuidada muere, el vacío es inmenso. En la novela es una situación particular: Ana es consciente de su dependencia; sabe que es como un pajarito enjaulado al que si no le dan de comer, se muere. Aunque entre ellas hay un afecto enorme y se quieren —no son dos hermanas terribles como las de ¿Qué fue de Baby Jane?—, Ana es muy consciente del poder que Elisa tiene sobre ella y procura no enojarla. Para ella, cuidarla significa también procurar que la hermana no se enfade. Porque cuidar a una persona es tener poder sobre ella.

Y ahí entra un componente casi perverso, porque el poder no se ejerce con un castigo directo, sino con pequeñas sutilezas dentro de un mundo muy reducido.

Es una relación perversa, por más que haya afecto. Elisa nunca aplica un castigo directo cuando algo no le gusta; utiliza mecanismos sutiles pero muy efectivos. Basta con dejar de hacer algo, privar a Ana de su presencia o alterar un objeto en ese mundo estricto de cuatro paredes donde Ana intenta mantener la cordura mediante un orden riguroso. Romper ese orden es una forma de ejercer el poder. Cada uno ejerce el poder según el entorno en el que se mueve, y Elisa es consciente de la autoridad que tiene sobre su hermana. Cuidar a una persona es tener poder sobre ella.

Otro elemento central es cómo los intentos de los hijos por solucionar los problemas de los padres a veces empeoran las cosas. En la novela, un accidente de los padres desencadena la trama. ¿Qué reflexión haces sobre esa interferencia filial?

La novela está cruzada por el sentimiento de culpa. Aunque se actúe con las mejores intenciones, hay que cargar con las consecuencias de los actos. Esa culpa atenaza a Elisa, pero también a Ana, que piensa que debido a su agorafobia ha arruinado la vida de su hermana y la ha convertido en su prisionera. Ana siente que debe mostrar un agradecimiento constante no solo para evitar reprimendas, sino porque se siente responsable de la situación de Elisa.

La escritora Rosa Ribas, en la entrevista con 'Letra Global'

La escritora Rosa Ribas, en la entrevista con 'Letra Global' Gala Espín Barcelona

Llama la atención también el peso de la música, especialmente la clásica alemana. Viviste 30 años en Alemania, ¿cuánto hay de tu propio bagaje en esta vertiente?

Forma parte de mi equipaje personal. Me fui a Alemania con veinte años para aprender el idioma porque quería entender los textos de las óperas y los lieder, además de por mi fascinación por la literatura alemana. En la novela aproveché para volcar esa pasión. Decidí que la madre de las protagonistas fuera una violinista vinculada a Alemania, lo que me permitió dotar a las hermanas de un trasfondo musical orgánico: las piezas que escuchan, los conciertos que recuerdan... Incluso hay una obra que da título al libro y resulta clave para que Ana comprenda lo sucedido. La música fue tomando espacio de forma natural: marca el ritmo de los pasajes, el tono emocional y cómo se mueve la protagonista por la casa. De hecho, hay una lista de reproducción accesible para que el lector pueda escuchar las piezas mientras lee y sentir el compás exacto de las escenas.

También destaca la figura de la abuela, que introduce un giro progresivo. Al principio parece la típica figura malvada, pero la percepción va cambiando.

Me gusta la idea de la rana en el agua caliente que se va calentando poco a poco. Cuando tienes una narradora en primera persona como Ana, todo nos llega filtrado por su mirada y sus sesgos. A medida que la acompañamos, el lector debe empezar a cuestionarse si lo que ella cuenta es la verdad absoluta o si ni siquiera ella misma interpreta bien lo que ve. La abuela, que al principio parece un personaje odioso —la «bruja» en lugar de la abuela entrañable—, va revelando otra dimensión a medida que dudamos de la fiabilidad de Ana como narradora. Elegir quién debía contar esta historia fue una decisión difícil, pero era necesario que hiciéramos el viaje de la mano de Ana para abrir los ojos al mismo tiempo que ella.

Portada del libro de Rosa Ribas

Portada del libro de Rosa Ribas

¿Cómo se trabaja desde la escritura para mantener esa tensión tan calibrada sin desvelar las cartas antes de tiempo?

No soy una gran planificadora, pero sí tenía claro el punto de llegada y los hitos principales, que me cabían en una sola hoja A4. Dejo espacio libre para que surjan subtramas, pero voy marcando las etapas para medir la tensión. Había que ponerse en la mente de una mujer que lleva cinco años sin salir de casa, con un contacto con el exterior reducidísimo. Escribo hacia adelante y hacia atrás, tejiendo el texto. A veces ocurre algo casi milagroso: un pequeño detalle abandonado en las primeras páginas resulta ser una pista de enorme utilidad capítulos más adelante.

Ana convive con cortinajes pesados, muebles antiguos y sombras en una casa que no cambia porque ella no sale. Parece haberlo aceptado. Además de la dimensión psicológica, ¿a qué crees que se debe la enorme fascinación actual del lector por la novela negra y de intriga?

La novela negra nos ofrece un mundo más controlado. Nos presenta un entorno oscuro donde suceden cosas terribles, como en la vida real, pero nos lo entrega ordenado y explicado mediante una lógica de causa y efecto. En un contexto social donde muchos nos sentimos desbordados por lo que nos rodea, la ficción de intriga o de terror psicológico ofrece situaciones realistas pero dentro de un marco seguro y aprehensible. Hay alguien que se ha tomado el trabajo de ordenar el caos por nosotros. Nos permite experimentar la inquietud o el peligro desde la comodidad de nuestra casa, sirviendo casi como un entrenamiento emocional para el mundo exterior.

La estructura tan acotada de la novela hace que uno la imagine fácilmente como una película o una obra de teatro.

Es muy factible. Al transcurrir casi íntegramente en una casa y con muy pocos actores, sería una producción bastante controlada. En teatro funcionaría muy bien, por ejemplo jugando con escenarios partidos para mostrar los dos mundos de las hermanas. Hay mucho diálogo y una voz conductora muy potente que una actriz podría encarnar perfectamente.

¿Habría sido distinta esta historia si las protagonistas hubieran sido dos hombres?

Totalmente diferente. Me interesaba profundizar en la relación entre hermanas y en el papel de la hermana mayor que ejerce de segunda madre. Existe un sentido de la posesión muy particular. En la novela se recuerda cómo, cuando de niñas se burlaban de Ana por llevarse ocho años con su hermana diciéndole que era un «accidente», Elisa le decía: «No, te tuvieron para mí». Esa voluntad de sobreproteger a la hermana menor para mantenerla siempre pequeña es un juego de dinámicas femeninas que me interesaba mucho explorar.