La escritora Lucrecia Masson Córdoba

La escritora Lucrecia Masson Córdoba Gala Espín Barcelona

Letras

Lucrecia Masson Córdoba: “Las políticas de frontera son políticas de muerte”

'Todo aquello que ya estaba', una investigación sobre la epistemología rumiante, que se detiene en las animalidades humildes, la vivencia en la pampa y las teorías queer

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“Todas estas reflexiones se han ido tejiendo al calor de los activismos Anticoloniales y antirracistas”, Lucrecia Masson Córdoba, “el pensamiento siempre es colectivo, así que nada de lo que yo puedo decir ha sido pensado de manera original ni en solitario”, prosigue la artista, investigadora transfeminista y decolonial y escritora argentina.

Todo aquello que ya estaba es su primera novela y es el último título publicado por Caballo de Troya bajo la dirección de Gabriela Wiener.

Portada del libro 'Todo aquello que ya estaba'

Portada del libro 'Todo aquello que ya estaba' Gala Espín Barcelona

La novela nos habla de una artista que regresa a su casa familiar, en una zona rural de la Patagonia, en la que prosigue su investigación multiespecie. La observación del entorno: anota en su cuaderno la presencia de los entes —animales y plantas— que lo habitan, de los que lo habitan sin ser aquel su territorio autóctono, pero también de quienes lo habitaron y ya no están.

Todo aquello que ya estaba, señala Weiner, “se inserta dentro de las narrativas de lo más que humano con una vivencia de la sequía, la pampa, sus criaturas y teorías queer, con la escucha puesta en las animalidades humildes, en el maíz del cuadro y el territorio hablado”.

La novela tiene su origen en su investigación en torno a la epistemología rumiante, una investigación sobre la que todavía sigue trabajando a través del diálogo colectivo, a través “de las comadres de la escritura, como diría Gloria Anzaldúa”.

Todo aquello que ya estaba es un texto narrativo con momentos poéticos y con un importante trasfondo ensayístico.

Desde hace años trabajo en torno a la epistemología rumiante y la novela parte de ahí, parte de la propuesta de buscar nuevas formas de acercarse a las cosas y, por tanto, nuevas formas de conocimiento y de estar en el mundo. Es decir, la epistemología rumiante es una propuesta de acercamiento y de conocimiento del mundo, una propuesta para repensar la manera de relacionarnos con todo lo que nos rodea abrazando la multiplicidad de seres que conviven con nosotras.

Y toda nueva manera de relación pasa inevitablemente por el cuerpo como también debe pasar por el cuerpo el pensamiento, entendido como un proceso que requiere tiempo y que no es lineal. De ahí el concepto de rumiante: lo que los animales rumiantes comen regresa, tras pasar por uno de sus cuatro estómagos, a su boca y es masticado nuevamente hasta que se traga y va a parar a otro de los estómagos. Tomo esta imagen para pensar que el acercamiento al mundo debe pasar por el cuerpo y a lo largo de un tiempo lento.

Leemos en su novela: “Humano no es todo aquel que nació dentro de esa supuesta categoría”.

Porque para mí lo humano es una categoría de límite, es una frontera. Lo que quiero decir es que no todo aquel que ha nacido dentro de la categoría humana es considerado humano por el resto. Esto es evidente, porque si todos fueran considerados humanos por igual no tendrían lugar los genocidios que se están produciendo todavía hoy, no tendrían lugar las formas de colonización todavía vigentes y no hubieran existido fenómenos como el de la esclavitud.

Lo humano como límite es algo que se materializa en las políticas de frontera del presente y que no son otra cosa que políticas de muerte. Lo humano termina siendo, por tanto, una categoría que define solo a cierto grupo de personas y que ni tan siquiera es un grupo mayoritario. Todo lo contrario: diría que es una categoría escasamente distribuida. Prueba de ello es la frecuente exclusión de esta categoría de las poblaciones racializadas.

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La escritora Lucrecia Masson Córdoba Gala Espín Barcelona

Por ejemplo, las poblaciones de los sures globales no entran, por supuesto, en esta categoría que se sustenta por una serie de parámetros que define al “humano” en términos de fenotipo, de blanquitud y de cisgeneridad, entre otros. Se asumen que estos son los atributos de lo humano y, por tanto, son estos los atributos los que terminan construyendo esa frontera que sirve para dejar afuera a poblaciones enteras y a mucha gente.

“Leo sobre la llegada de las vacas a América. Ocurrió tan solo un año de la invasión y en el segundo viaje de Cristóbal Colón. Las vacas de San Domingo, en ese momento La Española” Me parece muy interesante de qué manera, a través de las vacas, de los animales y del territorio, explora lo que significó el colonialismo en y para el territorio.

Porque mi investigación se centra en las animalidades y en esas entidades que suelen definirse como naturaleza. La investigación parte de mi cuestionamiento de la división impuesta entre lo humano, lo animal y lo vegetal, diferencia que se sustenta en la oposición fundante entre naturaleza y cultura con la que se arma la modernidad. Yo me crie entre vacas, así que cuando empecé mi investigación de inmediato aparecieron y, sobre todo, aparecieron preguntas claves como qué hay de mí en ellas, qué hay de mí de todo ese tiempo conviviendo con ellas y qué he aprendido de esta convivencia.

Todas estas preguntas me llevan a pensar en nuevas formas de conocimiento y de relación con el mundo. Dentro de los feminismos decoloniales, Judith Erkis Spinoza, que es una autora referente para mí, se pregunta: ¿Cómo las feministas hemos llegado a ser las feministas que somos? Esta cuestión es fundamental, sobre todo a nivel metodológico.

La vaca ha llegado a ser vaca por ese encuentro con lo humano y por su domesticación y la vaca ha llegado a este territorio sobre el que escribo también a través de lo humano: a través de una invasión, de una expansión, de una colonización. Y no solo llegaron las vacas; en la novela hablo también de la llegada del tamarisco y del eucalipto. Y su permanencia en el territorio es la constatación de la vigencia del colonialismo y de sus consecuencias.

Usted habla de las presencias que llegan con el colonialismo, pero también de las ausencias, de lo que desaparece del territorio, por el cambio climático y por la explotación.

Porque todas son consecuencias de un mismo modelo civilizatorio muy poco respetuoso con el ambiente, con el territorio. Las ausencias a las que aludes están relacionadas con el monocultivo, con el extractivismo y son inseparables de la llegada de esas otras especies a un territorio que no le es propio. Esta es la historia del sur del continente americano.

Del cual provienen productos alimentarios que no pertenecen a estas latitudes del hemisferio norte, pero que hemos convertido en imprescindibles. Pienso en el aguacate.

Volvemos a lo que hablábamos antes de la categoría humano: se asume que esas poblaciones consideradas más humanas o legítimamente humanas merecen comer todo lo que deseen y merecen tener acceso y consumir sin restricciones los superalimentos.

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La consecuencia de esto es que las poblaciones que han consumido de manera ancestral estos alimentos ven como se encarecen por la exportación y la demanda internacional, porque los nortes globales, con mucho mayor poder adquisitivo, los han convertido en un producto de moda.

Piensa, por ejemplo, en la quinoa, alimento consumido ancestralmente en los sures del continente americano y que, sin embargo, ahora escasea en las familias en cuanto se ha encarecido tanto que se ha vuelto inaccesible para la mayoría de ellas.

¿En los nortes globales consumimos sin ser conscientes de sus consecuencias? Usted reivindica mirar, observar más allá de nosotros mismos.

Este libro, en efecto, es un intento de mirada alrededor. Todo aquello que ya estaba quiere proponer una mirada circular, que busca mirar alrededor y desactivar en parte esa mirada hacia adelante que es la del progreso. Lo que intento es interrogarme sobre cómo cambiaría el territorio y nuestra relación con él, si damos más espacio a una mirada alrededor.

Muy probablemente, se abrirían una serie de relaciones que ahora ignoramos y, además, esta mirada alrededor conllevaría una toma de conciencia, porque el sujeto beneficiario del colonialismo —los nortes globales— tienen la responsabilidad de prestar una atención hasta ahora obviada a las formas de violencia que han producido y producen el sistema colonial.

Todavía vigente, aunque las formas ya no sean las del XIX.

Totalmente. Además, la mirada colonial es transversal, va más allá del género. Es decir, el género no excluye las actitudes colonialistas. Piensa en las críticas que se dirigen desde el feminismo afroamericano o las que dirigimos las feministas migrantes al “feminismo blanco”, el hegemónico, precisamente por no prestar atención a los otros sujetos feminizados.

Como leemos en su libro, casi a modo de consigna política, se trata de no minimizar ninguna existencia.

Sí, es toda una consigna. Prestar atención es atender y atender es una forma de cuidar. De ahí que el “no minimizar existencias” le presente como un mandato, porque es imprescindible prestar atención y, especialmente, prestar atención a los detalles modestos, a lo pequeño que nos rodea. Esta es la única manera para desactivar esa mirada tan colonial y humanista de superioridad, esa idea tal colonial y humanista de considerarse por encima del resto.

Es la mirada darwiniana que separa y jerarquiza entre fuertes y débiles.

Exacto. Y como digo en un momento de la novela, Darwin es aquel que le pone nombre a las cosas que ya tenían nombre. Con esto lo que me interesa es desactivar la idea del descubrimiento. De ahí el título del libro, Todo aquello que ya estaba. No hay nada que descubrir. La idea de descubrimiento es muy colonial, se basa en la idea de que lo supuestamente descubierto no existía antes y solo cobra identidad desde el momento en que “descubierto” por algunos.

De la misma manera, me peleo con esa mirada urbana que da forma a lo rural. Fui a una escuela rural durante mi infancia y, sobre todo, en la adolescencia, fue algo que me pesó. Me hubiera gustado vivir en un lugar más urbano. Porque la vida rural está atravesada de precariedades.

Evidentemente, ahora hay gente que está llevando proyectos implicados con el territorio rural. Con lo que me peleo es con es un grupo de gente que, iluminada, se va a vivir al campo y no respeta las relaciones ni con quienes viven desde siempre allí ni con el territorio.

Si echa la mirada hacia atrás y puesto que venimos del 12 de octubre, ¿hay un auge de esta mirada de superioridad y de este orgullo colonial con el auge de la extrema derecha?

Yo diría que ahora se ha abierto la posibilidad peligrosísima de reivindicación de actitudes e ideas que antes daban vergüenza. No digo que antes la gente no tuviera determinadas ideas, las tenía, pero las callaba, porque quedaba mal decirlas. Se ha ido perdiendo el pudor y se ha abierto la posibilidad de expresar odio sin filtros. Lo vemos diariamente, la crueldad se ha legitimado y forma parte estructural y estructurante de la política.

No es que crea que la crueldad no operaba tiempo atrás, sino que no se reivindicaba. Ahora no solo se reivindica, sino que ahora se aplaude el deseo y la posibilidad de exterminar y de arrastrar con el otro. En este sentido, avanza la derecha y lo hace en su sentido más obsceno y descarnado, mostrando y nombrando todas sus intenciones, que son aplaudidas y votadas por mucha gente.