Ilustración de 'El rey y el filósofo'

Ilustración de 'El rey y el filósofo' DANIEL ROSELL

Letras

Monsieur Voltaire y su alteza Federico II: cartas cruzadas

El Paseo publica un ensayo de Xavier Roca-Ferrer sobre la amistad entre el filósofo francés y el monarca absolutista de Prusia basado en su correspondencia

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Es sabido, desde los tiempos de Aristóteles, que aquel que presume de ser amigo de todo el mundo termina por no ser amigo de nadie. A veces, ni de sí mismo. La amistad, elogiada como un regalo desinteresado por los ingenuos, no difiere en exceso del amor: es como una ópera que, tras la obertura y el primer acto, se convierte en un teatro en el que las relaciones se presentan como sinceras —a veces lo son— pero no tienen necesariamente que serlo para siempre.

Ni durar una eternidad, de igual forma que el mandato matrimonial tradicional por antonomasia —“Hasta que la muerte os separe”— acostumbra a expirar mucho antes, con independencia de las veces que uno pise un altar o acuda al juzgado civil.

Acaso la mejor muestra de una verdadera amistad es la que dejó dicha Wilde (Oscar): “Un verdadero amigo es aquel que te apuñala por delante”. No diremos que sea agradable, pero es indudable que se trata de un acto valiente, franco y sincero. Por eso nadie podrá desmentir que entre Monsieur Voltaire, el filósofo más fascinante de la Ilustración, y Su Alteza Federico II de Prusia —cuyo epíteto épico era El Grande—, existió una indiscutible hermandad.

Sobre ella ha escrito un libro estupendo Xavier Roca-Ferrer (Barcelona, 1949), notario de profesión –estudió Derecho– pero también traductor, filólogo clásico y traductor políglota, además de un erudito en los grandes personajes de la Europa del siglo XVIII, como Madame de Staël y Talleyrand, sobre el que tiene publicado una interesante monografía, junto a ensayos como El mono ansioso, una panorámica cultural sobre la angustia, la melancolía y el hastío.

La verdadera amistad

El rey y el filósofo (El Paseo), que es el libro sobre Voltaire y Federico II, es un documentado y amenísimo ensayo de corte histórico que tiene la singularidad de apoyarse en fuentes de primer grado: las setecientas cartas cruzadas que han sobrevivido al paso del tiempo y documentan al detalle las subidas y bajadas atmosféricas del prolongado vínculo entre dos personajes, en apariencia, antagónicos.

Lo cual confirma la teoría de que los polos opuestos se atraen, aunque al rozarse se desaten tormentas.

Portada del libro 'El rey y el filósofo'

Portada del libro 'El rey y el filósofo' El paseo

Voltaire (1694-1778), espíritu libre y glorioso impertinente, que siempre temió una muerte temprana y murió con 84 años, fue el primer escritor y periodista que pudo vivir de su pluma en la Europa de las Luces y convirtió el acto de pensar —sin importar en exceso las consecuencias— en su vocación esencial.

Federico II (1712-1786), tercer rey de Prusia, vástago de la dinastía de los Hohenzollern, representaba la continuación del absolutismo en su versión ilustrada.

A su favor cabe decir que, al contrario que su padre —Federico Guillermo I, que era seco como una vara y ejecutó a su amigo (y probablemente algo más) Hans Hermann von Katte cuando ambos intentaron huir a Inglaterra, decapitándolo frente a su ventana—, le gustaban las artes, especialmente la música y la poesía.

Tocaba la flauta (travesera) y escribía poemas, pero el destino, que hace con nosotros lo que quiere, decidió que pasase a la historia como el monarca que asentó a Prusia en el tablero europeo de su época gracias a operaciones militares como la invasión de Silesia, la guerra de los Siete Años (1756-1763) o la división de Polonia.

El Sire de Sanssouci, su palacio en Potsdam, en cuyos ajardinados atrios pidió ser enterrado junto a sus galgos italianos, llevaba una doble vida.

El encuentro intelectual

De día despachaba los asuntos de Estado; por la tarde se dedicaba a la lectura, la filosofía y la música; de noche celebraba cenas privadas con su particular corte de ilustrados, en la que un día —previa invitación— apareció Voltaire —por entonces viudo de su amante, la marquesa de Châtelet— para contentar al monarca y, de paso, huir de Francia, donde el anticlericalismo suponía prisión o muerte, o ambas cosas sucesivamente.

En aquellas veladas se hablaba y discutía en francés —el alemán era aún demasiado rudo para la sensibilidad artística de la época— y el filósofo, dramaturgo y polemista francés no era un desconocido. Desde años antes —la primera de las ochocientas cartas que se cruzaron, abiertamente admirativa, la envió Federico II a la comuna de Cirey en 1736— mantenía una correspondencia privada con el monarca.

Habían coincidido en un par de sitios —el más célebre fue en el castillo de Clèves; después hubo otra cita en Berlín— y ambos se intercambiaban cumplidos, sin que conste evidencia de que dicha relación rebasase los cauces del decoro.

Federico II de Prusia con Voltaire, Arouet de Voltaire y Christoph Ludwig von Stille en el Palacio de Sanssouci

Federico II de Prusia con Voltaire, Arouet de Voltaire y Christoph Ludwig von Stille en el Palacio de Sanssouci Adolph Menzel

El monarca prusiano, que murió sin descendencia, y al que sucedería su sobrino Federico Guillermo II, dado que limitó su matrimonio (forzoso) con la duquesa de Brunswick-Bevern, cuya residencia estaba en el Palacio de Schönhausen en Berlín, estrictamente a los actos de protocolo, era un homosexual secreto.

En Sanssouci sólo entraban hombres: gente de letras, apuestos cadetes, efebos militares, músicos y filósofos, de cuya presencia Voltaire da maliciosa cuenta en Vida privada del rey de Prusia, un libro (publicado tras la muerte de ambos) que escribió tras huir de Postdam, después de uno de sus tormentosos desencuentros con el rey.

Roca-Ferrer, que usa la relación entre ambos como motivo para hacer un sabroso retrato de la Europa de la Ilustración, tan contradictoria como el carácter de estos dos personajes, al mismo tiempo vanidosos y vulgares, reproduce amplios pasajes de la correspondencia compartida hasta la muerte de Voltaire.

Gracias a ella oímos las voces de ambos personajes, desde los cumplidos iniciales a los conflictos posteriores, fruto de la disonancia entre lo que cada uno de ellos representó y su verdadero ethos.

Federico II era un monarca culto y humanista, pero también un gobernante despótico y pragmático. Escindido entre ambos extremos. Voltaire no era demasiado diferente: le gustaba el dinero —criticaba con insistencia satírica la racanería que regía en la corte real de Sanssouci— y disfrutaba de su influencia política.

Un intercambio de agasajos y confidencias

El intercambio epistolar es fascinante: unas veces sobresale la inteligencia; otras, la ironía; a veces el rencor o el odio; y siempre la voluntad de dominio, ya fuera figurada o material.

Federico II el Grande visita al filósofo Voltaire. Aguafuerte del siglo XVIII

Federico II el Grande visita al filósofo Voltaire. Aguafuerte del siglo XVIII

A Voltaire le gustaba ser considerado y agasajado. Nunca pudo prescindir de su impertinencia, que aplicaba sin piedad a su anfitrión a través de panfletos, como el dedicado a Pierre-Louis Moreau de Maupertuis, un científico y competidor al que Federico II puso al frente de la Academia de Ciencias de Berlín.

Al rey, que admiraba de forma sincera el talento del dramaturgo francés, siempre le inquietó que éste hiciera mal uso de sus confidencias o, como sucedió tras un episodio de distanciamiento que obligó al monarca prusiano a secuestrar a su amigo en Fráncfort, desquiciado porque se había llevado consigo un libro de poemas íntimos y obscenos salidos de la pluma regia, revelase sus secretos.

Estuvieron sin hablarse —y sin escribirse– durante diez años. En 1764, como documenta Roca-Ferrer, reanudaron el intercambio epistolar porque un editor amenazó con publicar sus cartas sin su autorización. El monarca secuestró el manuscrito y se lo dijo a Voltaire, que agradeció el detalle con halagos.

El día que el filósofo murió en París —30 de mayo de 1778, sólo dos meses después de volver, tras treinta años de exilio, a la capital francesa— Federico II escribió de su puño y letra el elogio fúnebre que se pronunció en su honor en la Academia de Berlín mientras el arzobispo de Notre-Dame le negaba, por ateo, cristiana sepultura.