En 2013, Durian Sukegawa escribe Dorayaki, traducida al español y publicada en 2024 por Chai Editora. Una novela sobre la sensibilidad, el placer de disfrutar el camino largo y vivir lejos de las presiones —y pretensiones— del éxito. Una reflexión acerca de la plena conciencia de nuestra existencia, la importancia de vivir y crear una vida propia de la que seamos solo nosotros los dueños.
Portada de 'Dorayaki'
La novela sigue a Sentaro, un joven que se encarga de una pastelería en deuda por la ayuda que le ofreció el dueño antes de morir, transcurre sus días rellenando dorayakis con masa comprada al por mayor sin ningún reparo en su propia existencia. Y a Tokue, una anciana que se empeña en enseñarle el secreto de la preparación de la pasta de judías, el anko.
Se convierte la relación entre ambos y los días en la pastelería en una transición muy lúcida por el paso del tiempo, el enfrentamiento al pasado, el perdón, el placer de la cotidianidad y una llamada a vivir.
Tokue ha sido apartada de la sociedad, podría verse esto como una forma de coerción, de ausencia de la libertad, pero finalmente ella encuentra la libertad por su propia vía, ¿quiere decir esto que la libertad no es un hecho social? ¿Es algo que depende en primera instancia de nosotros mismos?
En 1996 en Japón se derogó la ley de prevención de la lepra que impedía que las personas contagiadas salieran al exterior, ella antes de eso ya quería se sentía libre, en el encierro, de alguna manera era libre de corazón. En cambio, Sentaro es el símbolo de lo contrario, una persona que era libre pero por su manera de entender su pasado, su vida estaba en ruinas y él mismo elegía no ser libre.
La premisa del libro es que el valor de las personas no depende de su utilidad, además de entender esto, ¿le costó interiorizarlo?
Es una perspectiva distinta, que puede ser difícil de entender, que nuestro valor no dependa de lo que contribuimos. No solamente en Japón, en todo el mundo. Muchas personas sienten que hay que ganar dinero, ir a trabajar, para ser útiles, de hecho son demasiadas las personas que creen esto, pero el hecho de nacer no significa que tenemos una misión ni que tenemos que hacer algo determinado para justificar nuestra existencia, entender eso es importante.
Describo a Tokue como una mujer supersensible, y mucha gente me dice que eso les aporta una nueva perspectiva sobre otras formas de entender el valor de una persona.
Durian Sukegawa
Encuentra la sensibilidad en una persona que ha sido marginada por la sociedad, ¿cree que su libro le da voz?
No solamente a los que se han quedado fuera. A todos. Repito, no hay que hacer ninguna hazaña por haber nacido. Simplemente experimentar que ayer llovió muchísimo y que hoy hay un viento agradable, eso también es el sentido de la existencia.
La clave de la receta de los Dorayakis es la atención al detalle, al cuidado, a escuchar. ¿Cómo se traslada eso a la vida?
Una persona supersensible se fijaría, por ejemplo, en cómo entra la luz en este vaso. Es cuestión de saborearlo todo. El dorayaki se puede comprar en cualquier lado pero lo importante es el proceso, el cómo se ha fabricado ese dorayaki. Así es como vivimos, saboreando los detalles.
La pasta de anko se puede comprar en cualquier sitio, pero Tokue se quiere recrear en el proceso y valorar cada instante. Y eso no es algo especial de ella, es algo que podemos hacer todos.
Hizo un proceso bastante largo de documentación, incluso visitó el sanatorio, del que habla en el libro, ¿cómo cala esa experiencia?
Mi idea era poner como trasfondo la enfermedad de Hansen y con eso escribir sobre un nuevo sentido de la vida, pero en mi caso yo no soy paciente, no soy médico, y es una enfermedad que está prácticamente erradicada en Japón.
Entonces leí libros escritos por pacientes y la crueldad realmente me rompió el corazón y decidí dejar de escribir. De hecho, pasaron diez años. Entonces, a uno de mis conciertos vinieron tres abuelos y una abuela, que venían de un sanatorio y me dijeron: "Te vamos a poner deberes. Por favor, ven a visitarnos que te presentaremos a más gente". Así que fui.
Temía ver a personas con la cara deformada y estuve diez minutos sentado en un banco antes de entrar. Pero después de entrar me di cuenta que no tenía razones para tener ese miedo. Es cierto que había gente que le faltaban dedos, y tenían muchas marcas, pero todos estaban alegres, sonreían mucho. Hablamos muchísimo y me dijeron que había gente que preparaba dulces.
La lepra es una enfermedad que afecta a la piel y a los nervios, y al final acaba afectando a los ojos y las personas se quedan ciegas, pero en la boca les sigue quedando sensibilidad. Estas personas que estaban ya muy mal podían comerse un dulce y sentirse bien por un momento. Por eso había una pastelería dentro de un sanatorio.
En aquella época yo quería escribir sobre una pastelería de estilo europeo, de hecho estaba yendo a clases de cocina pero justo el primer año todo lo que se daba era de dulces japoneses. En ese momento acababa de empezar a hacer anko y dije: tengo que escribir de esto.
En la edición que yo he leído, el libro termina con una nota de autor muy contundente sobre la conciencia del ser y el deseo del universo de crearnos. Una respuesta bastante cerrada.
Es algo que me pidió mi editor de Reino Unido porque como la protagonista tiene la enfermedad de Hansen, hay gente que interpreta que es una novela sobre la discriminación, pero no. El tema no es ese. Ese es el trasfondo. El tema es la sensibilidad de Tokue y cómo su vida tiene valor a pesar de haberla vivido como la tuvo que vivir. Entonces quería aclarar esto. Por eso el epílogo contundente. En la edición en japonés no aparece.
Durian Sukegawa
Hay en Tokue una mirada también pesimista, ¿no? Habla, al final, de una existencia cruel en un mundo cruel.
Bueno es que existe un modelo para la señora Tokue. Había una mujer que nació en Okinawa e iba al instituto en Naha, que es la capital. Le diagnosticaron la enfermedad de Hansen y la enviaron a un sanatorio de Kawajima, en otra isla. No tenía la enfermedad muy avanzada y cuidaba de otros pacientes.
Antes de esto, iba al instituto, tenía sueños, quería ser maestra. Era una persona con mucha curiosidad intelectual, leía muchos poemas, siempre quería aprender. Y maldecía su destino porque ella quería volver al instituto y seguir con sus estudios. Después Estados Unidos bombardeó su antigua ciudad, y sus compañeras murieron. O sea que si ella hubiese vuelto a su instituto habría muerto.
Era una mujer que se dedicaba a hacer Sata Andagi, son buñuelos típicos de Okinawa. Ella tenía muy buen humor, estaba siempre sonriendo. Tenía, literalmente, el sol en su corazón. Ella fue la modelo de Tokue. Tokue parece una persona que no es libre por sus circunstancias, pero sí lo es de corazón. Sin embargo hay personas que se ponen su mochila y ellos mismos se imponen su falta de libertad y en realidad son libres. Yo quería escribir sobre ese contraste.
Es lo que le dice Tokue a Sentaro, no necesita grandes éxitos para tener una vida propia, solo disfrutar del camino largo.
Saborear el proceso.
Es un libro que se escribió en 2013 pero frente al tiempo que vivimos, en el que reina la rapidez y la inmediatez, parece muy actual.
Ahora mismo estoy de año sabático, pero en realidad soy profesor y tengo que corregir los trabajos de mis alumnos. Y en estos tres años veo que todo ha cambiado muchísimo porque utilizan la inteligencia artificial.
Antes había personas que no sabían escribir demasiado bien y era un drama corregirlos, tenías que estar atento, apuntar un montón de cosas. Ahora casi no tengo que corregir nada y eso me da mucha pena porque no les puedo decir que no utilicen la inteligencia artificial, pero es que me parece que se saltan el proceso. Y, como vengo diciendo, para mí vivir es disfrutar del proceso.
Si no acabamos teniendo una vida muy corta que no tiene emoción. Lo mismo con el amor, ¿no? Antes el amor era cruzar montañas y salvar obstáculos y poder estar juntos y ahora tenemos las aplicaciones de citas, que te emparejas y ya. Y parece que falta algo, porque la gracia está en el proceso de escalar esa montaña, de superar.
Durian Sukegawa
Y en el error, la vida es también el error.
Es que los errores son muy importantes. En mi caso soy daltónico y eso hace cuarenta años era un problema, nadie me contrataba por el daltonismo, parecía que hubiese discriminación. Entonces, me tuve que buscar la vida, con mi grupo de música. Imagínate que el grupo de música hubiese triunfado, ya no existiría esta novela.
Considero que los errores no son un final, al revés. Son principios.
