Fotografía de las escritoras Alice Sheldon y Ursula K. Le Guin

Fotografía de las escritoras Alice Sheldon y Ursula K. Le Guin

Letras

Cartas entre Ursula K. Le Guin y James Tiptree Jr./Alice Sheldon (II)

La correspondencia coqueta entre Ursula K. Le Guin y James Tiptree en la que la escritura y la identidad ocuparon un lugar cardinal

También: Guin y James Tiptree Jr./Alice Sheldon (I)

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Letra Global con Ursula K. Le Guin y James Tiptree Jr./Alice Sheldon. Tras un acuerdo con la prestigiosa revista Granta en español, publicada por Vegueta, Letra Global presenta una selección de los mejores textos, como muestra de la literatura contemporánea. Granta en español, publicación dirigida por Valerie Miles, ha logrado una gran repercusión gracias a la atención y al cuidado de escritores de todos los continentes.

La correspondencia de los escritores apareció en el número 3 de Granta, bajo el título Cartas entre Ursula K. Le Guin y James Tiptree Jr./Alice Sheldon. La edición fue realizada por Julie Phillips y Lisa Rogers.

4 de diciembre de 1976

Queridísima Starbear, ¡gracias a Dios!

Tu carta maravillosa me ha sacudido, de tan asustada que estaba. Ay, tres veces bendigo tu alma.

Creo que ya sabes cómo me siento. El miedo a la decepción porque tanta expectación se hubiera quedado al final en la broma de una matrona madura de clase media. Por supuesto, todo lo demás —las aventuras del pasado— es cierto; suelen decirme que he llevado una vida emocionante/glamurosa/qué sé yo, pero a veces no la sentí más que como un montón de trabajo y temor. [...]

En cuanto al coqueteo, no esté tan segura, señora mía. Sin duda no puede usted coquetear con Alli, quien hace cuarenta años pudo ser o no una lesbiana frustrada, pero alrededor de mi hombro izquierdo revolotea una figura delgada ataviada con blancos tropicales, una faja de un bermellón desvaído y sueños en absoluto realistas de pasear contigo, como ya he dicho, bajo el claro de luna de Madagascar, donde los lémures ondean sus colas anilladas.

Verás, yo pertenezco a esa última generación en la que las personas todavía coqueteaban con personas, se coqueteaba con la mente, con la chispa de una alma con otra, la tensión entusiasta e hilarante de una chispa que salta de una mente a otra, el curioso efecto de... la atención, la admiración, el encandilamiento absoluto aunque tal vez momentáneo.

Sin las secuelas actuales de la inevitable habitación de un motel, ni la penumbra del hotel Plaza, las ropas que caen al suelo, los toqueteos... y luego el comprender que en realidad la cosa no iba de aquello y que, de hecho, a menos que haya habido suerte, se ha destruido la chispa.

Así que si surge la ocasión, te ruego que me permitas que exhiba mi cola de pavo real... es curioso que el coqueteo en realidad consista en alardear, sabiendo que el otro nos mira, nos admira por completo. Pese al abismo físico de imposibilidad, pese a todo salvo el extraordinario reconocimiento de algún momento mutuamente fascinante, el instante afortunado en el que ojo íntimo ve lo desconocido, el... ¡Ay, cómo divago!

Ya sabes... siempre lo sabes. Dios te bendiga, mi Starbear.

A lo que K. Le Guin respondió:

10 XII 1976

Allitree,

[...] Al coqueteo entre mentes me refería. Se me da mejor con los hombres que con las mujeres y lo disfruto inmensamente. Seguramente por haber crecido con tres hermanos mayores y un padre encantador, pero también siguiendo el ejemplo de cómo mi Indescriptible Madre lograba que el pomposo y gruñón Catedrático de Esto y lo de Más Allá comiera de su mano y se mostrase ingenioso en lugar de autoritario [...] Sea como fuere, siempre tiendo a representar el papel de la Brillante Hermana Pequeña [...]

Alli, tengo que seguir llamándote Tree, árbol, al menos de vez en cuando, por todas las metáforas y connotaciones arbóreas que he desarrollado en mi mente en torno a ti; Tip se une a las muchas otras Fantasías que tengo y hago y amo (amaba), como Darcy y Heathcliff, ya sabes. Pero tengo que conservar a mi Tree, el Tree en el que se apoya Bear, tu osa. ¿Te parece bien? Ya sabes que ERES el árbol, ¿verdad?

Con cariño, Bear.

Alice Sheldon adoptó el nombre Tiptree guiada por un impulso, un seudónimo desechable con el que presentar alguna historia barata de ciencia ficción. Las cartas que recibió cuando se vendieron las historias iban dirigidas al «Sr. Tiptree» y ella las contestó. Nunca dijo que fuera un hombre, pero dejó que los demás lo creyeran.

Como ella misma comentó después, «Lo que empezó como una broma se coló soñando en la realidad». Al cabo de un tiempo, sintiéndose constreñida por un nombre masculino, probó a utilizar el seudónimo femenino Raccoona Sheldon, pero para entonces quedaba demasiado poco de Alli: le había entregado a Tiptree su propia historia personal.

El seudónimo había funcionado como una magia poderosa para escribir, que le permitía a Sheldon evadirse de la autocensura y jugar a explorar emociones prohibidas. La voz masculina le había ayudado a reclamar su potencial creativo. También había sido, como detectó Le Guin, una forma de expresar y explorar su atracción no admitida y apenas reconocida hacia las mujeres. Pero llegó un momento en que sintió que había perdido su ser, su potencia, su amor.

El 20 de diciembre de 1976, Alli respondió con una carta larga y deprimente. En ella hablaba de un intento de suicidio que había cometido siendo adolescente y contaba que siempre había planeado suicidarse si la depresión se hacía insoportable:

Durante un tiempo me parecía importante y satisfactorio averiguar cómo desahogar mi sentimiento de encierro a través de mis historias; ahora también estoy perdiendo esto y me encuentro en un estado de ánimo tan terminal, esperando con buena salud una muerte que parece retrasarse, que me cuesta comunicar mis verdaderos sentimientos a nadie por temor a contaminarlos.

Sufro horriblemente, sin embargo, por una especie de alienación, una anhedonia del alma. Bendigo a todos los activos, a los alegres rebullidores, pero no hay nada en el mundo por lo que yo movería una mano... salvo para ahogar el mal que está cegando a mi amigo del alma, mi esposo.

Le Guin respondió el 2 de enero de 1977 con una carta larga y amable en la que daba indicios de sus propios episodios de depresión pero afirmaba no entender sus causas ni sus remedios.

Así que no puedo ayudarte como desearía, salvo con palabras, palabras, minúsculos cabos de tela de araña que se hila entre nosotros; a veces son de una fortaleza sorprendente. Tu profunda depresión arroja luz sobre la fuerza de tu escritura.

A veces tus historias son tan amargas al gusto que me encojo y me aparto porque no quiero admitir lo que de verdad dices en ellas; pero no es más que un gesto corporal, la mente dice Sí, oh, sí. Gran verdad. Hay muy pocos autores que tengan ese poder para forzar la aceptación y el acuerdo. Es el poder de la verdad, por supuesto.

Sheldon no respondió: había partido con su esposo a su viaje anual de invierno a México. Le Guin volvió a escribirle.

7 II 1977

Querida Allicampane Raccoona Gerbilia Tippo Sempervirens:

¿POR QUÉ te vas siempre al puñetero Yucatán cuando más te necesito? [...]
Quiero contarte unas cosas que me han estado preocupando, pero no sé cómo hacerlo porque me afectan demasiado y estoy alterada como si tuviera diecisiete años. También está relacionado con lo del Masculino y el Femenino dentro de una Mujer. Verás, últimamente me llega mucho ruido de fondo desde el activismo femenino porque siempre escribo sobre hombres.

Antes la gente me preguntaba cosas y yo decía Bueno, mira, no sé por qué hago esto, aparte de por algunas cosas obvias como el haber crecido con un padre impresionante y tres impresionantes hermanos mayores y haber absorbido muchos valores masculinos, pero eso no lo explica todo porque también tuve una madre impresionante que logró convertirme –una vez superada la fase de los pantalones vaqueros y los Caballos– en una mujer a la que le encantaba ser mujer; así que yo tampoco lo entiendo, así que hablemos de ello, y entonces lo hablábamos.

Pero ahora me llega un montón de virulencia y parece que se haya pasado la fase de hablar sobre el tema. [La autora de ciencia ficción] Joanna [Russ] me escribió diez páginas para decirme que todas mis mujeres son tías Tom y que, de todos modos, ninguno de mis hombres tiene pelotas y yo fui totalmente incapaz de responderle.

Y me han estado llegando cosas semejantes. Y el caso es que no me preocupa demasiado si tienen razón o no, pero sí que están tocando algo doloroso que tengo dentro sin resolver, sin solucionar. Lo sé porque cada una de esas ocasiones me afecta tremendamente y lo rumio y lo rumio y lo justifico y argumento y me desquito, etc. etc. (todo ello en mi mente). Así que, claro está, me dedico a proyectar como una loca y en mi interior hay algo a lo que no he podido enfrentarme durante todos estos años. Pero no logro descubrir qué.

Me pregunto si tú habrás tenido alguna idea sobre el tema. Una cosa que me parece que está mal –y que tal vez sea el motivo por el que no logro llegar a ninguna parte al considerar el asunto desde esta perspectiva– es que no entiendo por qué las mujeres tenemos que escribir sobre mujeres. ¿Nuestra perspectiva de los hombres no es también la perspectiva única de una mujer? [...]

Pero todo esto no son más que argumentos defensivos, aunque sean correctos. Lo que no cambia es que, hasta el manuscrito que acabo de terminar esta semana, nunca había tenido una protagonista femenina: lo más que me había acercado ha sido con un andrógino y, en un par de ocasiones, un matrimonio. (En realidad, sobre lo que QUIERO escribir es el matrimonio). Porque no era capaz. Mi genio se negaba a producir una heroína. ¿Por qué? ¿Por qué no puedo decirle al puñetero genio lo que tiene que hacer? ¿Quién le da las órdenes? [...]

Necesito hablar con una mujer, pero tiene que ser una mujer que sea una mujer, con una médula femenina... En otras palabras: si todavía te conociese como Tiptree no podría haberte contado estas cosas. Sea como fuere, si tienes alguna Opinión al respecto, cuéntamela. Me siento tonta de remate, una adolescente de cuarenta y siete años. [...]

Sheldon no contestó a esta carta. Ni como Tip ni como Alli se sentía capaz de argumentar sobre escribir con Le Guin, ni de responder a sus preguntas sobre cómo ha de escribir una mujer. Tal vez no era capaz de explicar su propio proceso creativo.

Tal vez la pregunta le afectaba de forma demasiado íntima o le había dolido el rechazo accidental de Le Guin hacia las mujeres que no tienen «una médula femenina». En todo caso, tras otra carta infeliz de Alli, en la que se quejaba de una sensación de «irrealidad», Ursula le dio una oportunidad al humor.

Continuará...