¿Qué cosas pueden heredarse? Un terreno en el campo, la sortija de un abuelo, los ahorros de toda una vida, un vestido de novia, la pobreza. Un nombre, una nariz picuda, la boca torcida, pequeña. Un don, para la música, la pintura, para los arreglos, las chapuzas. El mal carácter, la impaciencia. La mala suerte, lo descarrilado de la vida, la desgracia, la mala reputación. Los vicios, la mala fe.
Andrea Abreu (Icod de los Vinos, 1995) vuelve seis años después de Panza de burro (Barrett, 2020), que vendió más de 96.000 copias, fue traducido a 18 idiomas y nos dejó con ganas de querer más de esa jerga canaria. Regresa con Pajaritos preñados, que llegará a las librerías este 2 de septiembre. Ha querido la autora tomarse el tiempo, tiempo que parece que no está permitido en el siglo que corre, para volver con esta novela de 500 páginas, con una atmósfera, lenguaje y pensamiento clave.
Portada de ´Pajaritos preñados´
Pajaritos preñados sigue dos vidas. La de Cathaysa, una adolescente que empieza a descubrirse a sí misma y se pregunta si repetirá la vida de los que han vivido antes que ella, y su padre, El Tiznado, “chatarrero de corazón”, que ha crecido en una infancia sin tregua, que se rodea del vicio de la bebida, del juego, y de cualquier mal. El libro explora cómo la vida de uno se refleja en la vida del otro marcándola y encaminándola hacia un mismo sitio. Son dos voces, a momentos lúcidas, a momentos confundidas, que divagan, que intentan sobrevivir a una realidad incómoda y cruel.
“¿El hijo se alimenta del padre y se alimenta de la tierra?, preguntó Cathaysa asustada, alejándose un fisco de él, elevando el tono y saliendo de aquella amorosadera de vapor de baño maría que se estaban gastando. Se preguntó si aquello quería decir algo importante, si también en el caso de ella, el hijo se alimentaría del padre o si el padre se chuparía a la hija o si, más bien, se chascarían el uno a la otra mutuamente hasta evaporarse. ¿Y quién iba a esparecerse primero? ¿El Tiznado o ella misma?”.
Comienza el libro una noche de verano, son las fiestas del barrio y la Cathaysa cumple dieciséis años. Solo en el comienzo ya te muestra el libro todo lo que rodea las vidas de estos dos protagonistas. La decadencia, la violencia y la herencia familiar. Para empezar.
Las dos historias, que ocurren en paralelo en el noroeste de Tenerife, nos las cuenta un narrador —que podría ser cualquier vecina o vecino del barrio— que va colándose en la cabeza de estos dos protagonistas. Se mezcla así pensamiento, descripción, diálogo, poesía y una prosa propia y brillante, en un libro que te habla, te habla directamente a ti, y te llama mi niño, compadre, y reacciona ante lo que cuenta, a la vez que reaccionan los personajes y reaccionas tú. Y se mezclan así las expresiones suyas, las de los personajes, hasta diluirse de forma que dejas de saber qué dicen ellos y qué no. Pero no importa. Entenderlo todo es lo de menos.
Un libro que se escucha
Es un chorreo de oralidad que se desborda, más incluso que Panza de burro, en escenas que duran páginas y páginas, que empiezan y vuelven a empezar, y frases que se enredan porque así es como uno habla, como uno se confunde y se va por las ramas y pierde el hilo. Cuenta Andrea Abreu en una entrevista con El País que durante años ha recogido y estudiado todas las expresiones, palabras, formas de hablar, de moverse, de ser canario, de la cultura olvidada, la que sigue presente.
El libro recoge la herencia generacional, el deseo, lo explícito, la vergüenza. También los vicios que paralizan, la normalización de la violencia, los abusos, la pederastia y el machismo. Fotografía la cultura canaria, la religión, el esoterismo, las curanderas, las costumbres. Y explica cómo todo ello está tremendamente violentado por el turismo. Cómo se hace espacio para que quepa lo de fuera, los cuerpos machacados para que los que vienen de fuera puedan “disfrutar” de la isla.
Fotografía del proyecto ´This is Acentejo´
“En aquella época estaba empezando el Sur a cambear definitivamente de los plátanos y los tomates a las cositas ordenadas y bien plastificadas, a la limpiecita bien hecha de pueblos pescadores por los mastrotes de edificios, y los había quienes ponían las manos tiesas pa jacer de bandeja o quienes directamente eran mesas y no personas y les preocupaba aguantar el temblique de patas”.
Ya desde la portada es esto. La foto es de una amiga de la autora, la fotógrafa Lilia Ana Ramos Martín, que lleva adelante un proyecto, This is Acentejo, del norte de Tenerife como respuesta contra la gentrificación y el turismo masivo que devora la isla. Son como “antipostales”, una denuncia a la mirada colonial que solo busca la estética de la zona, una mirada ajena lejos de la realidad.
Fotografía del proyecto ´This is Acentejo´
Es además Pajaritos preñados una mirada hacia atrás, hacia la herencia cultural africana y latinoamericana. Una denuncia ante un racismo que intenta borrar esa marca de las culturas que pasaron y pasan por la isla, como si significase el retroceso. Una denuncia ante intentar esconder los rasgos canarios que parece que desprestigian en lugar de enorgullecer.
La escritora ha querido alejarse lo máximo posible hasta tener algo que decir. Y eso es Pajaritos preñados, algo por lo que valía la pena esperar.
