“Cómo debe ser amar un cuerpo roto”, es un buen comienzo para empezar a pensarnos. Cómo amarán nuestros cuerpos destruidos, invadidos, cómo amaremos nosotros la fractura de los cuerpos que queremos, que deseamos. Los de nuestras hermanas, hermanos, padres, madres, pareja, amiga, amigo. ¿Cómo? Es una buena pregunta.
Seismil (niños gratis*, 2025) de Laura C. Vela es muchas cosas. No es una novela al uso, para empezar, en su estructura y en su forma. Es un relato duro, disperso, desgarrador, sin querer ser concluyente. Es una apertura al mundo, una necesidad de cerrarse a él, es confuso, revelador, humorístico.
Portada del libro ´Seismil´ de Laura C. Vela
Este relato polifónico, porque Laura no solo recoge su voz, recoge la de sus amigas, la de su novia, familiares, la de su profesora, la de escritoras, filósofas... cuenta cómo un hombre de más de 40 años la violó durante más de un año mientras ella tenía 12. Y cómo la grababa, amenazaba, extorsionaba... Y cómo lo hacía con más chicas. Y todo lo que le obligaba a hacer. Y cómo todo eso tan solo costó seis mil euros y algunos años de cárcel.
¿Qué pasa después?
Te pierdes. Seismil habla de todo lo que queda entre los hechos. “Mi cuerpo se quedó allí, paralizado, se hizo bicho bola para protegerse, y se perdió. Imagino mi cuerpo perdido por Madrid, buscándome para reunirse conmigo, sin entender nada”. Laura C. Vela habla del juicio sobre ella por cómo continuó su vida. Habla de su incapacidad para sentir, para reaccionar, para asimilar, la frialdad que le acompañó los años siguientes. La pérdida de su identidad, de su voz.
Algo muy palpable en Seismil —clave para mí—, es el tratamiento de la mujer como víctima en primeras personas de relatos reales. Me refiero al posicionamiento, al lugar desde el que enviar el mensaje. Hay —gracias a brillantes comunicadoras e investigadoras— numerosos códigos deontológicos acerca de la forma en la que relatar la violencia contra las mujeres, algo que se vuelve mucho más complicado cuando se trata de una primera persona, la dificultad de no revictimizar, reducirse a un hecho.
Llevar atado el papel de víctima te detiene en puntos que no elegiste, que jamás pediste, por lo que no hay ningún deber ni responsabilidad en el hecho de serlo. Y se vuelve alentador.
Algo a lo que llegan también como libros Por qué volvías cada verano (Las Afueras, 2018) de Belén López Peiró o El invencible verano de Liliana (Penguin, 2021) de Cristina Rivera Garza, con estructuras pensadas, una prosa luminosa y limpia que consigue atravesar a cualquiera que la lea y se adentre en estos relatos.
Portada del libro ´Por qué volvías cada verano´
¿Te puede salvar hablar?
Te salvan las palabras cuando consigues encontrarlas, cuando no, se clavan en ti, se te enquistan en la garganta, en la piel, por dentro. “Hay algo muy peligroso y es cogerle miedo a las palabras”. Encuentra así la forma de relatarse dándole un significado concreto al lenguaje, al suyo. El lenguaje como forma de búsqueda y descubrimiento, y como forma de cerrar, de dar por terminadas etapas.
“Yo no dejé de hablar, pero no sabía cómo contarme. Solo recuperé el sentido, más tarde, a través del lenguaje de otros”.
Seismil es también la importancia del lenguaje. No del que hablamos todos los días, el que nos permite comunicarnos, sino del que nos permite descifrarnos y descifrar a los demás. El que compartimos, el que un día nos falla y deja de servirnos. El que nos salva, el que nos condena.
En un momento la autora cita un poema de Natalia Velasco, que resume esta idea de una manera preciosa:
Perder la lengua materna debe ser
como quedarse ciega por dentro
como quedarse sin piel
sin bordes
debe ser liberador
que las cosas dejen de tener nombre que pierdan la forma
y se vuelvan líquidas
para poder bebérmelo todo
y que me sepa para siempre la boca a ningún sitio
El relato habla, además, de la búsqueda —y la pérdida— de la identidad, el amor, la decepción, el desagrado, la familia, la sociedad —y el desencanto de la autora por la decadencia de la misma—. Hay una frase que me fascina: “Estamos buscando quién queremos ser. Nunca antes tuvimos que preguntárnoslo, y solo esperamos un poco de ternura”.
Creo que la magnitud de este relato reside en su poca ambición de tenerla. De encontrar grandes respuestas, un hallazgo revelador que salve a la autora de un fin atroz arrastrado por su pasado. Es una indagación, una acumulación de recuerdos, de sentimientos, y hay algo muy humano en la acumulación sin búsqueda. Y liberador, según la escritora.
