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El silencio ocupa espacio. Pesa, se arrastra, rellena vacíos. Todo lo que un día deja de estar abarca mucho más que lo que siempre estuvo. Lo que siempre fue es más de lo que siempre es ahora. Porque deja huecos, deja abismo. Dudas. Todos los ¿y si? No sé. Nunca lo sabremos.

Dónde puedo dejarlo (Anagrama, 2026) habla del silencio y el vacío. Y sus reverberaciones.

Mara y Manu son amigas, y cuando Mara desaparece en los años 90 en Chile —primeros años de transición de la dictadura a la democracia—, siguen siéndolo. Primero a través de cartas, de llamadas, de pistas y enrevesada escritura. Después Manu la sostiene, a Mara y a su amistad, entre los huecos y los recuerdos.

Vamos descubriendo la relación de ambas, la vida que compartían, a través de un narrador en segunda persona que le habla a Manu. Y la vida después, la vida ahora. La de Manu como periodista, novia, amiga, cercana a todos pero siempre distante, siempre en otra parte. Siempre dispuesta a detenerlo todo cuando recibe noticias de Mara. Indicios de que avanza su vida, en otra parte, pero avanza. Cualquier cosa que le ayude a no despedirse, a mantenerla con ella. A poder seguir llamándole amiga. Su amiga.

La pérdida es inequívoca, solo hay que aceptarla. Atravesar el duelo es imposible sin la conciencia de que existe pérdida que enfrentar. Todo lo demás, lo que queda flotando en el borde son formas de retenernos y este libro capta eso a la perfección, con toda clase de detalles.

“Acariciar a la gata en el balcón durante el desayuno, tú, no del todo presente. ¿Cafuné? No interrogaba, él, intuía una zona muda. A veces pensabas que él también vivía una historia ajena, que desconocías, y eso los anudaba”.

Leer a Alejandra Costamagna es tan fácil y evocador. Sus líneas son literatura diluida en verdad, en asombro, en humor, en crudeza. Una especie de poesía, casi crónica, una representación total de la realidad política y social dispersa en versos. Es una muestra de la idealización, la ensoñación, la fragilidad de la memoria, sus límites que nos hacen vulnerables, que el recuerdo lo altera todo. Altera las relaciones, altera la percepción. Lo vuelve más accesible, más quieto.

“Sus pensamientos rebotaban en las paredes de la agencia de noticias o de Las Palmeras. Incluso en la apertura de la calle, si iban caminando por el barrio o en las galerías concurridas del centro, su interrogación te surcaba… Y tú tampoco sabías quién eras mientras duraba el efecto de Mara en ti”.

El sistema del tacto (Anagrama, 2018) —una novela brillantísima sobre Chile, las raíces, un viaje, un padre ausente, una familia impregnada de resquicios y la identidad — y Donde puedo dejarlo son una especie de telescopio desde el que mirar el mundo. Entender lo pequeño, lo microscópico, para llegar a conclusiones y miradas universales con las que observar y observarnos.

Portada del libro ´El sistema del tacto´ Anagrama

La escritura de Alejandra Costamagna (dicho por ella misma en una entrevista publicada en esta revista) son “vaivenes entre la intimidad y la historia colectiva”. Y esto —en los tiempos que han corrido y los que corren— es importantísimo, porque la literatura debe de ir siempre acompañada de historia, de política y de sociedad, en menor o mayor medida, deben reflejarse mutuamente y darse espacio.

Por eso es imprescindible leerla. Por su manera de conectar fondo y forma. Una caja preciosa, con un estilo único, donde entregar todo este contenido tan valioso.