Diez versiones de Kafka

Diez versiones de Kafka Daniel Rosell

Letras

Kafka y sus traductores

Maïa Hruska traza un original mapa sobre el universo literario del escritor checo a partir de los diez primeros autores que trasladaron sus libros a otros idiomas

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Si la traducción, ese arte secreto, solitario y sin laureles que impide que muchos lectores nos sintamos huérfanos y, lo que es peor, confinados en ese estrecho territorio, generalmente insular, de las literaturas escritas en las respectivas lenguas maternas, que a partir del siglo XIX, merced al surgimiento de los nacionalismos culturales, empequeñecieron el arte y a sus autores al clasificarlos en función de su lugar de nacimiento, o de su idioma, cercenando así la condición universal que siempre tuvo la poesía entre los clásicos, se parece a algo es a un largo tornaviaje.

El autor hace la singladura de ida y corresponde al traductor encontrar el camino de vuelta para terminar en un puerto que no es el mismo, pero sí semejante.

Salvo para quienes dominan a fondo otro idioma —no basta con hablarlo y escribirlo; la lectura en una lengua ajena requiere distinguir un sinfín de matices y saber percibir los efectos de la escritura artística— todos necesitamos de ese puente maravilloso que es la traslación literaria. En realidad, traducir literatura consiste en una forma de reescritura.

Como ya explicó Borges, dos palabras no significan nunca lo mismo, incluso en un mismo idioma: “Es español” —aseveró— “no es lo mismo decir que algo es azul que calificarlo de azuloso o azulado”. Los sinónimos son equivalencias técnicas entre términos que funcionan igual que las personas: todas parecen similares, pero todas son, a su vez, distintas.

Debemos también a Borges la idea de que si un escritor tiene discípulos e imitadores es de forma involuntaria. Lo verdaderamente trascendente de los grandes autores es que configuran a sus predecesores por una vía asombrosa: tras leerlos, obras muy anteriores en el tiempo nos los recuerdan o adquieren, ante los ojos de los lectores del presente, un nuevo sentido, imposible sin su concurso. Un escritor no sólo influye a quienes le relevan en la tarea. Son capaces de alterar la tradición que les antecede.

La idiosincrasia de la literatura de Kafka –explica el maestro argentino– es anterior al sujeto Kafka. Borges da sus razones: si no hubiéramos leído seríamos incapaces de percibir el tono, el espíritu y la genética de lo kafkiano allí donde aparece por vez primera.

El universo de traducción de Kafka

Maïa Hruska, que trabaja como abogada en la agencia literaria de Andrew Wylie, alias el Chacal, considerada la más importante del mundo, acaba de debutar en el terreno del ensayo con un libro –Diez versiones de Kafka (Anagrama)– en el que traza un mapa sobre el universo cultural del autor checo dibujado a partir de las historias de sus primeros diez traductores a otras lenguas distintas del alemán, que fue en la que el autor de El proceso decidió escribir.

Portada del libro 'Diez versiones de Kafka

Portada del libro 'Diez versiones de Kafka Anagrama

La obra, traducida por Rubén Martín Giráldez, al que podríamos considerar el undécimo pasajero (en segundo grado, pues traduce a Hruska y, de forma indirecta, filtra su retrato sobre Kafka), destaca por su original enfoque, aunque abuse –considerémoslo un pecado venial– de un exceso de citas no tanto eruditas como efectistas. Al margen de esta cuestión, el volumen de Maïa Hruska, que se crió en Alemania y en Francia, vive en Londres pero es de origen checo, es delicioso.

Su mayor logro es la óptica elegida para narrar cómo, gracias a estas diez traducciones, el autor de El castillo se salvó del olvido más absoluto. Porque, aunque pueda resultarnos algo asombroso, cuando murió Kafka, hace ahora algo más de un siglo, apenas había publicado sus obras mayores.

¿Cómo sobrevivió Kafka?

En vida únicamente conoció –en letra de imprenta– los contados cuentos que salieron en algunas revistas literarias sin lectores, casi clandestinas. “No dejó nada más que un testamento redactado a lápiz y un montón de manuscritos desordenados”, explica Hruska. El dato, verdaderamente, estremece: el mejor escritor del siglo pasado era un perfecto desconocido para el mundo. También dice bastante acerca de la estupidez de la fama literaria. Kafka es, sobre todo, un genio póstumo. Su legado literario sobrevivió gracias a dos circunstancias, ambas azarosas.

Ilustración del escritor Franz Kafka

Ilustración del escritor Franz Kafka Farruqo

La primera: su amigo y albacea, Max Brod, no hizo caso a su deseo de quemar todos sus escritos inéditos –Brod es el único traidor de la historia que merece la amnistía–. Y la segunda: sus primeros traductores, entre ellos Borges, Primo Levi, Paul Celan, Bruno Schulz, Vladimir Nabokov o Milena Jesenská, no dudaron en verterlo al español, italiano, rumano, polaco, checo y al inglés, que es nuestro particular esperanto.

Cada uno leyó al mismo escritor desconocido, pero sus versiones son distintas porque, todos sin excepción, combinaron la literalidad de sus escritos con su propia sensibilidad. Incluidos los anónimos traductores rusos, que no pudieron rubricar sus traslaciones para conservar la vida en la URSS, donde las obras del autor de La metamorfosis estuvieron prohibidas, salvo un par de títulos, hasta los años de la perestroika.

La efigie literaria de Kafka empezó pues a vislumbrarse gracias a estas traducciones, publicadas a partir de los años veinte de la pasada centuria, en sellos de prestigio –Gallimard, Rój, Losada, Einaudi, Schocken Books– porque en estas mismas editoriales era donde escribían sus libros sus primeros embajadores en otros idiomas. Maïa Hruska elige este punto de partida para hacer una indagación, libre y subjetiva, con algunos apuntes biográficos, en la cartografía y las paradojas del universo kafkiano.

La vida de sus traductores

El libro de Hruska permite –en paralelo al relato sobre la vida y milagros de estos primeros devotos, siete de ellos supervivientes del Holocausto, cuyas peripecias se enhebran dentro de la narración, enriqueciendo la obra– acercarse a la recepción (la forma en la que fue leído e interpretado en cada lugar) de la obra de Kafka en Europa, Israel o Estados Unidos.

Caso singular es Rusia, donde el nombre del escritor checo se consideró mucho tiempo el pseudónimo de un disidente y sus libros tuvieron que circular en ediciones clandestinas hasta que Sartre, en un viaje a Moscú a principios de los años sesenta –Hruska lo cuenta en un apunte memorable del libro–, advirtió a los comisarios políticos del régimen que censurar a alguien como Kafka equivalía a entregárselo al capitalismo occidental.

El consejo del gran mandarín e intelectual marxista francés permitió a los lectores rusos leer por primera vez –sin correr riesgos y en su idioma– obras como La metamorfosis y En la colonia penitenciaria, pero no El castillo, su ataque contra el absurdo de la burocracia. Kafka no dejaba indiferente a nadie porque no se casó con nada. Sólo con su intimidad.

Cabría incluso fabular con la hipótesis de una maldición que afectaría a todos aquellos que alguna vez contribuyeron a la difusión de su obra. Muchos de estos traductores iniciales tuvieron una vida trágica: unos fueron asesinados, otros deportados; la mayoría conocieron los campos de concentración nazis, otros se arriesgaron a acabar en Siberia y Borges, sin lugar a dudas el más afortunado de todos ellos, pues no sufrió ni los totalitarismos ni la violencia de sus iguales, terminó perdiendo la vista.