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Fue en 1976 cuando el gran público descubrió a la escritora y pensadora Felicidad Blanc. La descubrió tras ver la película documental de Jaime Chavarri, El desencanto, y la descubrió como la viuda de Leopoldo Panero y la madre de los Panero: José Luis, Michi y Leopoldo María. Sin embargo, Felicidad nunca se sintió cómoda con esas identidades impuestas: la de esposa, la de madre, la de viuda.

Un año después del estreno de El desencanto, Felicidad Blanc comenzó la redacción de sus memorias con la periodista Natividad Massanés. Espejo de sombras (Cátedra, 2026) fue el resultado de muchas conversaciones grabadas, aunque apenas se conservan cintas, y de numerosos apuntes escritos por Blanc, consciente de la importancia de controlar el relato de su vida.

La editorial Cátedra incluye estas memorias en su colección de clásicos, de cuya edición se ha encargado la catedrática de filología hispánica por la Universidad de Barcelona. En su despacho de la llamada “universidad central”, nos reunimos con Virginia Trueba.

Virginia Trueba, con 'Letra Global' SIMÓN SÁNCHEZ Barcelona

Leopoldo María fue el primer poeta de su generación en entrar en la colección de clásicos. Ahora, años más tarde, es el turno de su madre, Felicidad Blanc.

Sí, Leopoldo María Panero vio una edición en Cátedra en el año 2000, se encargó de ella Jenaro Talens. Pero no olvidemos a Leopoldo Panero. En 2011 Javier Huerta editó también una antología de sus versos. Ahora le toca a Felicidad Blanc, en efecto, con este volumen de sus memorias. A ella le hubiera alegrado verse en una colección así, que recoge textos de referencia de la literatura española. En este sentido, incluir a Felicidad Blanc es una forma de legitimar su voz como la de una testigo muy especial de una época que empieza en la segunda década del XX y acaba en plena transición española, después de recorrer los años veinte, la república, la guerra y la larga dictadura.

Lo curioso es que se trata de unas memorias dictadas. Y esto no es algo común en la colección de Cátedra.

Este es un tema complejo y muy interesante. La periodista catalana Natividad Massanés es la que propone a Felicidad escribir sus memorias. Pero Felicidad dice que no tiene tiempo y, además, es muy consciente de la dificultad de la escritura, por eso plantea que las memorias las escriba otra persona. A Massanés esto último no le convence. Al final las dos mujeres llegan a un acuerdo: escribirlas entre las dos. Natividad, que vive en Barcelona, se desplaza varias veces a Madrid para que Felicidad le exponga oralmente el relato de su vida. Lo interesante es que mucho de lo que cuenta de viva voz Felicidad, en realidad, ya está escrito antes. Prueba de ello es que hay fragmentos de Espejo de sombras que corresponden casi exactamente a lo que Blanc ha dicho un año antes en El desencanto, la película de Jaime Chávarri convertida desde su estreno en un icono de época. Parece que también en la película, en muchos momentos Felicidad traía más o menos memorizadas las palabras que había escrito antes, a modo de guion al menos. Creo que la improvisación no era lo suyo.

Por tanto, Espejo de sombras no es exactamente una transcripción de un relato oral.

No lo es exactamente, pero sí lo es en parte. Ella prefería preparar un poco sus intervenciones. Quizás tenía cierta inseguridad ante la cámara, quizás temía faltar a su propia verdad después de décadas de silencio y sometimiento a una realidad muy opresiva. Y esta dinámica la mantuvo luego con Natividad Massanés. En este caso, hay que añadir otro elemento: Massanés transcribe gran parte de sus entrevistas con Blanc, pero interviene en ellas, porque como se sabe toda transcripción requiere una cierta reelaboración. Además, Massanés pasó alguna de las grabaciones a una taquígrafa, lo que con probabilidad introdujo algún que otro cambio en la transcripción.

¿Se conservan las grabaciones?

Pocas. La investigadora Ana Lourdes de Hériz, que realizó una tesis doctoral en la Universidad de Barcelona sobre el tema, llegó a entrevistar a Natividad Massanés en su casa en febrero de 1999, y pudo escuchar alguna grabación. Pero fueron pocas de todos modos, porque Massanés parece que reutilizaba las cintas. No hay, por tanto, un archivo completo de los audios que permita comparar con exhaustividad el relato oral con el relato finalmente escrito.

¿Se podría decir, por tanto, que sin 'El desencanto' no existirían estas memorias?

Es difícil asegurarlo al cien por cien, pero en buena medida diría que este libro nace de la película, y nace de la fascinación y del interés que produce el personaje de Felicidad en los espectadores, empezando por Massanés, que, tras su exilio en Estados Unidos y muy influenciada por el feminismo norteamericano, regresa a España y quiere participar en la Transición. De ahí el interés en darle voz a una mujer como Felicidad Blanc, igual que a otras como Ana María Matute, Nuria Espert o Pilar Miró. En parte las memorias sí derivan, por tanto, de El desencanto, película con la que Felicidad se sentía bastante satisfecha, si bien era consciente que la figura y la voz de los hijos se había impuesto sobre la suya, que ella apenas había tenido la oportunidad de dar su versión de ciertos hechos, o de prolongar su relato y matizarlo o precisarlo. Por esto, en las memorias retoma algunos episodios que aparecen en la película para desarrollarlos con más detalle. Introduce también temas nuevos, para mí uno de los más interesantes es el relativo a su experiencia con los diversos partos y los abortos sufridos. Aquí su relato da cuenta de algo que pocas veces la historia tuvo presente, como han señalado tantas feministas, entre ellas Adrienne Rich.

Usted empieza su texto introductorio con una cita de Marguerite Duras en la que esta se pregunta en qué se basa la gente para construir su vida. ¿Felicidad Blanc vivió en una especie de ficción que ella misma se construyó?

En el libro aludo a la reseña que escribió Enrique Vila-Matas en ocasión del estreno de El desencanto. Es una reseña que me pareció siempre muy interesante. En ella Vila-Matas compara el documental de Chávarri con el cine de Kean Loach y apunta que mientras Loach se propone hablar de la realidad a partir de la ficción, Chávarri habla de la ficción a partir de la realidad, de la ficción que somos todos nosotros, la ficción desde la que nos conformamos y nos sostenemos como sujetos. Solo que en este caso, la ficción de cada una de estas personas/personajes puede resultar excéntrica e hilarante, aunque para mí es al mismo tiempo poderosamente lúcida. También Felicidad ofrece en la película y en sus memorias la ficción de su vida, con más o menos conciencia de ello. Al final, lo que cabe leer es esa construcción, y no tanto la adecuación del relato a una supuesta referencialidad. Por eso cuando me han preguntado con ocasión de esta edición quién fue en realidad Felicidad Blanc, no he podido responder, me parece, de la manera que se esperaba.

Una concordancia que, en parte, no existe porque Blanc omite temas y episodios, como el de la locura de su hermana Eloisa.

Los relatos de una vida están siempre llenos de silencios. Blanc tenía dos hermanas: Margot y Eloísa. Margot se marchó a Buenos Aires antes de la guerra y volvió años después. Al final de su vida, Felicidad se trasladó al País Vasco, no solo porque Leopoldo María estaba ingresado en el psiquiátrico de Mondragón, sino también porque Margot estaba muy enferma. La otra hermana, Eloisa, muestra signos de locura ya en la adolescencia, empezó pronto a entrar y salir de los psiquiátricos hasta que murió en uno de ellos, donde vivía. Igual que Leopoldo María Panero. Para Felicidad fue traumática la experiencia de su hermana, con quien compartió habitación en casa mucho tiempo. La locura de su hermana la marcó y cuando tuvo que enfrentarse a los problemas de su hijo, Leopoldo María, el trauma volvió. De esto habla Michi en Después de tantos años, la película de Ricardo Franco de 1995, una especie de segunda parte de El desencanto.

Portada del libro de Virgina Trueba

Estamos recuperando la figura de Felicidad Blanc, mientras que Leopoldo Panero está casi completamente olvidado.

Es cierto, en parte se debe al hecho de que Leopoldo Panero tolerara primero, y abrazara después, el régimen de Franco, aunque nunca formaría parte de su núcleo duro. De todos modos, y esto hay que recordarlo, antes de la guerra Panero se movió en círculos liberales, tuvo relación estrecha con César Vallejo, es decir, que no viene de una militancia que explique por qué, tras la guerra, acaba en el bando de los vencedores. Felicidad Blanc lo explica en la autobiografía. Pero sí, pertenece a una generación de poetas ahora mismo muy poco leídos. Aparte de los vínculos con el régimen, a las nuevas generaciones les cuesta conectar con una parte de la poesía que escribieron aquellos poetas, en algunos casos muy tradicional en cuanto al tratamiento de ciertas temáticas, la amorosa entre ellas. Lo digo también como profesora de literatura, solo La casa encendida de Rosales suscita algún interés entre los estudiantes. Lo interesante de la autobiografía de Felicidad Blanc es su reflexión acerca de la disociación que siente entre la mujer idealizada de la que hablan los poemas amorosos que Leopoldo Panero le dedica, y la mujer invisible y maltratada de la realidad.

Usted menciona que una de las frustraciones de Felicidad Blanc es que no se identifica con ninguno de los roles que se le asignan.

En efecto. Basta leer su autobiografía para darse cuenta de que no termina nunca de identificarse con el rol de madre o de esposa, aunque con motivo de la película muchos la leyeron como la figura de la madre sacrificada, que hace suyo el dolor de sus hijos, casi al modo de una pietà. No quiso verse tampoco como una viuda cuando falleció Leopoldo Panero, y donde tantos la colocaron. Muchos de los ataques que recibió por su papel en El desencanto y luego por el relato de la autobiografía vinieron precisamente por no haber, supuestamente, respetado esos papeles, en especial el de esposa fiel a la memoria de su marido. Ella se defendió. Como dijo tantas veces en las entrevistas que concedió, lo que había contado de Leopoldo Panero es lo que todo el mundo conocía: el alcoholismo, las visitas a los prostíbulos, el maltrato... A Felicidad le molestó que se negara su individualidad, que se la anulara a ella como persona para definirla, para bien o para mal, solo en función de su marido y sus hijos.

El desencanto se puede leer también como metáfora de una Transición por entonces incipiente.

Sí, esta fue una de las lecturas de la película. Empezaba un tiempo nuevo en el que la familia, uno de los pilares del viejo régimen, levantaba las alfombras para desvelar el polvo, el miedo, la represión en que se había sostenido. No se olvide que El desencanto se estrena en 1976, y que la película empieza con la estatua de Leopoldo Panero envuelta en unas lonas (es la que se colocaría al día siguiente en el homenaje que le dedicaría la ciudad de Astorga). Por eso el gesto no es solo el de levantar las alfombras, sino el de hacerlo con el cuerpo del padre presente. Por otra parte, como ella cuenta en la película y en las memorias, tras la muerte de su marido, Felicidad siente que algo se ha soltado, vive a partir de entonces una cierta liberación de la mano de sus hijos, una nueva generación que la hará conocer al principio algunos círculos culturales y de ocio de Madrid (con su hijo mayor Juan Luis), aunque también más tarde conoce el mundo sórdido de las cárceles y los psiquiátricos donde confinan a Leopoldo María tantas veces. Pero la experiencia de liberación es grande tras la muerte de Leopoldo, hay entonces una cierta resonancia de los años veinte y treinta, la época de juventud de Felicidad que ella describe en las memorias. Los setenta le dan la oportunidad de contar el relato de su vida, eso es verdad, pero es difícil hablar de Felicidad en términos de liberación, del feminismo de la época, ella lo sabe, su educación sentimental decimonónica funciona como la estructura la define.

De hecho, ella se definía como una mujer del XIX.

Sí, esto es lo que la hace especialmente interesante, su carácter intempestivo. Leer en los años 70, en plena efervescencia transicional y con los ecos de las distintas disidencias resonando con fuerza, las memorias de alguien que se reivindica como una mujer del XIX tiene algo disociativo y un punto delirante. Mientras las mujeres están reivindicando futuros emancipadores, la utopía de Felicidad se encuentra en el pasado.

Hablamos de las memorias de Felicidad Blanc, pero ella es autora también de relatos, que fueron reeditados hace no mucho por Renacimiento.

Sí, en una edición muy cuidada de Sergio Fernández Martínez. Los relatos se publicaron en revistas prestigiosas de la época (Espadaña, Cuadernos Hispanomericanos, Insula), revistas dirigidas en muchos casos por escritores conocidos que formaban parte del círculo de amigos de Leopoldo Panero, que animaron siempre a Felicidad a escribir, igual que el propio Leopoldo. Es curioso que nadie debió ver sin embargo el componente autobiográfico que había en esos cuentos, proyectado en tantos personajes femeninos atravesados por una vida dañada, cansina, en falta siempre.

Los Panero forman parte de esas familias literarias -Torrente Ballester, Sánchez Ferlosio- que componen la historia literaria española. Lo curioso es que los Panero tenían muy claro que la suya era una saga que no podía perpetuarse.

Esto es algo que los hijos tienen clarísimo. En la primera escena de El desencanto, totalmente hilarante, vemos a Michi y a Juan Luis quitándose la palabra mutuamente, fumando como locos, en el jardín de la casa de Astorga. Hablan entre otras cosas del “fin de raza” (así lo dicen) que les espera. Fin de raza astorgano, matizan, no Wittelsbach. Hay en esa conversación una lucidez tremenda. La cosa no puede perpetuarse, la decadencia ha llegado a su límite.

A pesar de todo, Felicidad está orgullosa de sus hijos.

Claro, son sus hijos. Y sabe que lo que quedará de ellos, sobre todo de Leopoldo María, son sus textos, es su obra.

Y se convirtió en un mito.

Sí, Leopoldo María se ha convertido en el poeta maldito de la literatura española, pero pese a sí mismo, que nunca reivindicó esa etiqueta. Más allá del mito, para mí es una figura que no deberíamos olvidar. Ocurre como con Antonin Artaud, más allá de la escritura se trata del gesto, de la irreverencia con que trataron las supuestas verdades que organizan la vida desde una clarividencia y una lucidez poderosas. Pagaron también un precio por ello. Leopoldo María dijo, siempre que le dejaron, lo que nadie quería oír, lo que nadie estaba dispuesto a escuchar. Definirlo como “loco” les vino muy bien a algunos para deslegitimar su palabra.