Paisajes italianos

Paisajes italianos DANIEL ROSELL

Letras

Viaje por las cartografías y las palabras de la Italia medieval

Dos títulos de Acantilado evocan los paisajes sensoriales de la poesía de Petrarca y Dante a través de la indagación en los lugares y en el espíritu de sus versos

Leer en Castellano
Publicada
Actualizada

La poesía es un lugar que no está en ninguna parte –porque puede habitar en cualquier sitio– y el espíritu, que es el anhelo de los hombres, a veces se encarna en un lugares concretos. Una de las artes más desconocidas de todas, carente de toda regla y principio porque para su ejercicio no se requiere preceptiva alguna, sino la voluntad de viajar y pensar, consiste en regresar –porque cualquier trayecto en dirección a un lugar desconocido es, en cierto sentido y en el fondo, un regreso a casa, como escribiera Novalis– a la topografía que muchos siglos antes hollaron los grandes escritores, entre ellos los colosales.

Acantilado ha publicado en los últimos meses dos libros breves, pero maravillosos, donde se practica esta afición. Ninguno de ellos, en sentido estricto, es un libro de viaje, pero ambos trazan un recorrido por los paisajes de un mundo perdido –la Italia de la Edad Media, en su tránsito hacia la primera modernidad, que es la renacentista– que, sin embargo, continúa conmoviéndonos. El primero es Los lugares de Petrarca. Escrito por el arquitecto Eduardo Prieto, es la la tercera obra de este autor que indaga en los sitios donde, alguna vez, tuvieron lugar milagros secretos. Este autor ensayó primero sus armas en su Historia medioambiental de la arquitectura (Cátedra), donde, tras fatigar bibliotecas y lugares, enhebraba el devenir de su disciplina profesional desde una perspectiva inesperada y con una sutil atención a los materiales –todos ellos prosaicos– con los que las civilizaciones han construido los verdaderos refugios del hombre.

Petrarca

Petrarca DANIEL ROSELL

En Los laberintos del aire (Asimétricas) prestaba atención a los aires tempranos del Renacimiento, cuya convergencia animase el hermoso sueño del humanismo. Ahora se aproxima a la etapa inmediatamente anterior: la Italia de Petrarca, donde reflexiona sobre la naturaleza y el arte de la soledad, uno de los pocos lujos (culturales) a nuestro alcance. Prieto recorre muchos lugares pero escribe –a partir de ellos– sobre ideas y acerca de sentimientos íntimos. O mejor dicho: de cómo esas ideas y esas sensaciones, limitadas en apariencia a un espacio y a un tiempo, y también universales, se encarnan en espacios físicos y en objetos concretos.

En este ensayo se describen y evocan enclaves: Aviñón, capital provenzal del Papado; Nápoles, esa locura maravillosa; los sitios en los que una vez el poeta del Cancionero buscase el silencio, como Fontaine-de-Vaucluse (Provenza) y Arquà (Padua). Espacios donde sucedieron ciertas cosas y, sobre todo, donde Petrarca conoció todo el metal y la herrumbre de su existencia terrestre. Por supuesto, en este recorrido sucede de todo: epifanías, ensoñaciones, quebrantos y angustias. La vida ondulante, que dijera Montaigne, de un escritor en perpetuo movimiento, el gran filólogo y erudito en busca de los clásicos y de las bibliotecas.

'Los lugares de Petrarca'.jpg

'Los lugares de Petrarca'.jpg ACANTILADO

¿Qué buscaba Petrarca en estos sucesivos lugares? Libros, el espíritu de los clásicos, una vida digna, un hogar para sus versos, el resguardo de l brega, acaso un escritorio (portátil) para sus cartas y su correspondencia. En estas cartografías que Prieto recorre en su libro fue donde el escritor se quedó desnudo: solo, en diálogo con un entorno idílico, pero también agreste, asoman aquí los hogares de sus versos, el escenario de sus dolores, los sagrados huertos de su (agri)cultura, en los que cada cierto tiempo irrumpía el torbellino del mundo.

La vida es una constante interrupción con instantes de reposo. La amistad y el amor actúan como fármacos ante el mal, al que Fabio Stassi, ensayista y bibliotecario italiano dedicó una hermosa conferencia hace ahora un cuarto de siglo con motivo de un festival en honor del otro gran poeta italiano medieval: Dante. Y de todo mal me sana un buen verso, que es el título de esta disertación que Acantilado edita en un fino breviario, está dedicada al escritor florentino, centro de canon occidental.

Retrato de Dante Alighieri por Sandro Botticelli.

Retrato de Dante Alighieri por Sandro Botticelli.

Stassi recorre a fondo la obra de Dante y dibuja una ruta de viaje no a un espacio geográfico, sino a un universo sensorial: el creado gracias al efecto redentor de la poesía y de su instrumento esencial, el lenguaje. Su tesis, al margen de interesantes comentarios sobre la técnica del verso, es diáfano: leer al poeta italiano es un acto curativo. Dante, que repasa todos los males y pecados del mundo en su Comedia, libera al hombre de los padecimientos de la existencia a través de la emoción y un canto, que –escribe Stassi– “es aliento”. Una forma de dejar atrás el dolor y la miseria, un manual para poder enfrentar la vida de frente, sin miedos.

El poeta italiano, huérfano temprano, primero de madre y después de padre, padecía insomnio, mal de amores y tenía una personalidad oscilante que transitaba en un instante desde la cima a la sima. De ahí que fuera un escritor de carácter piadoso –no en el sentido religioso, sino en el aspecto fieramente humano– capaz de sentir compasión por los quebrantos ajenos. Dante sabe de las enfermedades del cuerpo y del espíritu. Ha visitado el fondo de las cuevas y las grutas de la desesperación y conoce también la alegría de mirar hacia el cielo en los días más azules.

'Y de todo mal me sana un buen verso'.jpg

'Y de todo mal me sana un buen verso'.jpg ACANTILADO

Todos los estados del espíritu del hombre están en sus versos. Y por eso, al leerlos, es posible el reconocimiento y la identificación, en primer lugar y, después, sentir la honda emoción de sentirse comprendido. Esto es lo que más atrajo del poeta florentino a otros grandes escritores, cuya interpretación de su poesía comenta Stassi. Hay un Dante de Brodsky y un Dante de Borges. Un Dante de Mandelstam. Y un Dante de T.S. Eliot, que siempre lo consideró el mejor de entre todos los poetas.

El autor de la Comedia, igual que Cervantes, se compadece del hombre común, de los condenados y los cautivos, a los que trata con afecto, aunque no siempre les ahorre ni los palos de la vida, cosa que su creador no hizo con don Quijote, ni las llamas del Infierno, que el poeta florentino contempla de la mano de Virgilio. Todo esto lo explica Stassi en esta estupenda conferencia, que ha preferido conservar sin cambios en su versión escrita, donde documenta a un Dante que se redime y nos redime de nosotros mismos. Toda una gesta en un mundo sordo a la poesía.