“Como una simetría secreta de la experiencia”, así define Valentí Puig el arte del aforismo en la nota introductoria a su nuevo libro Azar y costumbre (Athenaica), un conjunto de máximas y sentencias escrito en 2024, resultado, como admite el autor, de su solapado cultivo del género en sus intermitentes diarios, que muchos hemos leído con constancia y admiración desde aquel inicial Bosc endins (1982). Poeta, novelista, ensayista y periodista, excelente prosista en catalán como en castellano, Puig representa el ideal de una cultura bilingüe, natural y cívica, que por desgracia ha sido impugnada por los recurrentes esencialismos de toda laya. Su forma de habitar la cultura no conoce el absurdo fanatismo domesticador que exige el culto a una identidad allí donde menos se la encuentra, pues las lenguas y la verdadera literatura son siempre la expresión de un largo mestizaje fruto a su vez de la felicidad o la angustia de las influencias.
Julián Marías hablaba de instalación para referirse a los particulares condicionantes lingüísticos de cada cual y, en ese sentido, Puig está instalado en su cultura de una manera que ha sido ejemplar para los que hemos venido más tarde. Hay ahí una transmisión que se está demostrando mucho más sólida y libre que la que pretende reducirse a una sola causa ideológica, empobreciendo tanto la creación contemporánea como a los mejores escritores de una tradición, en este caso la catalana, que en su mayoría no responden a los criterios de pureza y obediencia debida que ha determinado el nacionalismo oficial.
La incomodidad que producen todavía escritores como Llorenç Villalonga o Josep Pla, sin los cuales no existiría tal cosa como la literatura catalana moderna, es una buena prueba de ello. No hay literatura o arte inocentes ni libres de la enigmática complejidad que supone estar vivo en un determinado momento histórico. Valentí Puig, como luego José Carlos Llop o Eduardo Jordá, son escritores que han asimilado lo mejor de la tradición catalana gracias a una óptica mucho más nítida y receptiva, sin limitar el caudal que les ha ofrecido su condición insular.
Valentí Puig
Mallorca, lo he dicho muchas veces, tiene en ese aspecto una posición privilegiada. Históricamente vinculada a la Corona de Aragón –con todo lo que eso supone culturalmente, desde la lírica provenzal, Llull, Ausias March, hasta sus tentáculos en toda la cuenca mediterránea–, luego integrada en la Monarquía Hispánica y hermanada por razones migratorias con muchos países de América Latina, acabó también por recibir un influjo cosmopolita gracias a tantos escritores y artistas que recalaron en su calma. ¿Quién se ha hecho cargo de ese acervo? Descartados tanto el poder autonómico, preocupado sobre todo por financiarse a sí mismo, como la cultura oficial derivada del mismo, entretenida tan solo en apuntalar unos cuantos mitos espurios –véase el desastre de la educación–, han quedado unos pocos escritores que se han atrevido a mantener con vida la llama en la que se formaron.
Azar y costumbre ilustra bien ese grado de responsabilidad. El conjunto de aforismos va ganando a medida que uno avanza en la lectura, como suele ocurrir en este tipo de libros en los que uno tiene que ir acomodándose a la manera de pensar del autor, descubriendo las secretas correspondencias, el sentido del humor, las referencias tácitas, el espectro de los influjos. Puig es aquí un hijo de Pla y de Camba, pero también un discípulo de Carlos Pujol, el maestro que nos enseñó a transitar por el laberinto de la prosa francesa del Grand Siècle.
El propio Puig se refiere en su nota introductoria a los moralistas franceses, que según Pla, también devoto de los mismos, escribieron una literatura para hombres hechos y derechos, esa condición adulta que en nuestros días cada vez cuesta más encontrar, arrastrada la masa por pasiones cada día más infantiles. “Aferrarse a la inteligencia de las cosas después del fiasco de las ideologías”, escribe Puig y suscribimos algunos en esta época que debería ser la del rechazo a todo determinismo ideológico pero que en realidad está siendo la de la parodia del fanatismo del siglo pasado.
'Azar y costumbre'
Pla vio en los moralistas a los notarios de la ruina del Antiguo Régimen y a los pioneros de una nueva meditación sobre el hombre, heredera de la que nos legaron Grecia y Roma y complementaria a ella. Se trata de un pensamiento emancipado de la estricta teología y de la metafísica más severa, testimonio de una época entre dos luces, convulsa, esperanzada y a la vez escéptica. Es también una toma de consideración de la condición humana que se opone a los primores de la pedagogía, una ciencia, como decía Pla hablando precisamente del antipedagogo La Bruyère, que no tiene tanto por objeto a los niños como la manipulación de los padres. Pero es también un pensamiento que retrocede con espanto ante la propia emancipación del hombre que al mismo tiempo celebra y trata de guiar.
Chamfort, el favorito de Pla, fue al principio un partidario entusiasta de la Revolución francesa para acabar decepcionado y asqueado ante su degeneración sangrienta. Quizá por ello hay siempre en todo moralista una mal disimulada decepción ante el fracaso de su secreta utopía. “Quien quiera hacer una revolución conservadora no es conservador”, escribe Valentí Puig como vicario de Chamfort y Pla ante los delirios de Trump y su comparsa de megalómanos. Ahí está también la amargura del Pla que ganó la Guerra Civil y perdió la posguerra, aleccionado por la frialdad con la que Maquiavelo aconsejaba observar la propia época.
'El hombre del abrigo'
Azar y constumbre nos deja una visión poliédrica del mundo contingente y eterno que a la vez revela las distintas tonalidades de la voz de su autor. Tan pronto oímos al lúcido analista del presente (“El cometido urgente del siglo XXI parece haber sido aniquilar a las clases medias”), (“Ni la inteligencia artificial conseguirá que las palabras dejen de ser sagradas, como lo han sido gracias a la blasfemia”), (“Masas que lo exigen todo del Estado y acaban sin nada”), como al isleño con irreductible sentido del humor (“Alguien que se volvió loco en el ascensor de un rascacielos con hilo musical rap”), (“El peligro de que te tomen por gastrónomo y se inventen una salsa que consideren interesante”), (“De la manera en que la gente intenta rejuvenecerse, envejecer es una forma privilegiada de dignidad”), al católico intempestivo (“Rezar padrenuestros estando en el cilindro de resonancia magnética combina la súplica humilde con un fragor de astros”), (“No tomarse los funerales en serio ha sido el mayor logro de la cultura pop”), (“El pecado es la carpa más potente del estanque, disimulada en el loto a modo de contrición”), (“El poder de Dios es absolutamente a-geométrico”), (“Un superhombre nunca sabe lo que es pedir perdón”), al poeta que ve más allá de la razón (“Con la razón no basta para indagar la vida, puesto que venimos de más allá y ahí tenemos que regresar”), (“En los cortocircuitos del insomnio, oímos un coro de almas perdidas”), (“Existe un continente repleto de arte románico, gótico y barroco que ya no cree en nada”), (“Si la yedra no trepa en línea recta es para demostrarnos que la verdad es oblicua y la razón, un bucle”) y también al que conoce los límites del propio género que cultiva: (“El aforismo abusa de la síntesis, la suficiencia y la pompa”).
“Más de dry-martini que de pinta de cerveza”, Azar y costumbre propone, en definitiva, un nivel de pensamiento que desborda todos los límites de la actual imaginación. Y lo hace, además, sin estridencias, con la serenidad que procura la vejez cuando se vive con autenticidad. Old men ought to be explorers, dice un verso de T. S. Eliot que bien podría haber servido como epígrafe de este bello crepusculario.
