El escritor ucraniano Yuri Andrujovich / RTVE

El escritor ucraniano Yuri Andrujovich / RTVE

Letras

Las 39 ciudades de Yuri Andrujovich y la guerra

Yuri Andrujovich publica una obra para explicar su visión "lateral" del mundo a partir de la experiencia en distintas ciudades

26 febrero, 2023 00:00

Hay muchas maneras de explicarse, muchas maneras de  revisar la propia vida. Lo más habitual es seguir un orden cronológico, desde la cuna hasta las inmediaciones de la tumba. También se puede disimularla bajo la forma de una novela o una obra de teatro, enmascarándose tras el nombre de un personaje. Así lo hizo, por ejemplo, Havel en sus piezas teatrales Audiencia, La fiesta en el jardín o Largo desolato. O también el autor puede hablar de sí mismo hablando de las mujeres con las que tuvo trato íntimo, como Casanova. O como Luis Racionero, autor de Sobrevivir a un gran amor, seis veces. O puede elegir un año de la propia vida, un año cualquiera pero significativo, y contarlo detalladamente, como hizo Ludvik Vaculik con 1979 en su Libro de los sueños checos. Uno puede explicarse hablando no de sí mismo, sino de sus amigos, como Henry Miller en El libro de mis amigos. Uno puede describir las cosas, muebles, cuadros, que atesora en su propia casa, como el italiano Mario Praz hizo en La casa de la vida.

Yuri Andrujovich (Ivano-Frankivsk, Ucrania, 1960) ha elegido explicarse y explicar su visión del mundo describiendo, de forma siempre subjetiva, lateral, oblicua, a partir de su propia experiencia, las ciudades que ha visitado. Y resulta que son 111, según los capítulos de la edición original de Pequeña enciclopedia de lugares íntimos, que en la edición española (Acantilado), y, según creo, en otras ediciones europeas, quedan reducidos a treinta y nueve.

Son suficientes. Porque 111 ciudades son realmente muchas, incluso para un escritor del Este europeo bastante famoso y que por consiguiente es reiteradamente invitado a viajes, estancias, becas y residencias, conferencias, mesas redondas y simposios, etcétera, y va siempre allá donde le invitan con avidez de descubrir el mundo. En alguna ocasión incluso en un viaje de cien escritores –cien; y seguro que entre ellos estaba Xavier Moret— desde Lisboa a Minsk.

El libro de Yuri Andrujovich / ACANTILADO

El libro de Yuri Andrujovich / ACANTILADO

Aunque algunas de las ciudades de las que Andrujovich habla no las ha llegado a visitar de verdad: son ideas mentales, son deseos, como Haisyn, una población cerca del campamento donde hizo la mili. Allí se decía que había un cine, y que en las calles pululaban las chicas en minifalda, prenda que volvía a estar de moda aquella primavera-verano. El capitán le había prometido un permiso para ir allí para su cumpleaños. Pero se vio envuelto en una tonta pelea cuartelera, y en vez del permiso lo pusieron a cavar “una trinchera tan estúpida como inútil y a dirigir el trabajo de unos diez palurdos que, de todos modos, no pudieron excavarla del frío que hacía. Fue el peor cumpleaños de toda mi vida”.

Sí, los cumpleaños en la mili suelen ser agridulces. Luego, después de esas frases, se abre un punto y aparte, con el espacio en blanco para reflexionar, y a renglón seguido Andrujovich concluye: “Aunque, al fin y al cabo, tampoco estuvo tan mal que la cosa fuese de esta manera. ¿Qué hubiera hecho si me hubieran permitido ir a Haisyn? ¿Vestido con mi uniforme de gala, con mi uniforme de gala, con zapatos, capote y gorro? ¿Qué habría hecho allí, más solo que la una, durante seis, siete, o incluso ocho horas, el día de mi cumpleaños?”

Sentimiento de injusticia

Me parece oír el sonido lancinante de un violín gitano. Es la tristeza del domingo por la tarde, sabiendo que a la mañana siguiente has de volver al colegio y ni siquiera has hecho los deberes.

Soldados ucranianos ante un edificio bombardeado por el Ejército ruso en Kurakhove, en la región de Donetsk - EFE/EPA/YEVGEN HONCHARENKO

Soldados ucranianos ante un edificio bombardeado por el Ejército ruso en Kurakhove, en la región de Donetsk - EFE/EPA/YEVGEN HONCHARENKO

El otro día presenté a Andrujovich en el auditorio del museo Thyssen, a instancia de Acantilado, la editorial que publica sus libros en España. Hablamos de varias de las ciudades que glosa en el libro. Hablamos agradablemente de Kiev, Toronto, Praga, Lviv, Moscú, Nueva York, etcétera. Fue como ir en tren y verlas pasar. Como en el verso de Machado, “bonitas… para alejarse”. Et in Arcadia ego. Pero, dadas las circunstancias, no mencioné su texto sobre Jüterborg, donde en el año 2003 visitó, con unos amigos, las ruinas de no sé qué fortificación prusiana y rusa, y el lugar le recordó su servicio militar. Acaba el capítulo así:

“Nunca en mi vida y en ningún otro lugar he estado tan enfermo como en el ejército. Aún sueño a veces que vuelvo a estar allí, y una y otra vez, mientras duermo, la humillación y el sentimiento de injusticia me desgarran: ¿Por qué otra vez? ¿Cuándo acabará todo esto? ¿Alguien puede decirme cuándo me licenciaré?  ¡Dios mío, cuántas estupideces debe arrastrar alguien (munición, capote, harapos, lanzagranadas, máscara antigas, cartuchos) para, algún día, poder deshacerse de todo ello e irse para siempre, desaparecer como un desertor en esta selva densa e impenetrable! … Cuando, con cara de cordero, Engas hizo rular el segundo pitillo, me di cuenta de que había estado llorando.”

Ya se ve que es un buen escritor.

Urgencia de contar

Procuré no hablar de la guerra, pero fue imposible, claro, pues la mitad de la audiencia eran ucranianos residentes en Madrid. Y sólo para no demorar todo lo que pudiera el momento de hablar de la guerra hice una digresión y definí en siete palabras la clase de escritor que es Andrujovich: Punk, por su recurso, bien modulado, a palabrotas o términos escatológicos, que le da a su prosa culta un acento popular, próximo. Aunque estrictamente hablando, él más que punk es de rock sinfónico. Satírico, por su visión irónica, cierto sentido dionisíaco, celebración de la camaradería, de las borracheras, de los encuentros causales, de las fiestas improvisadas, de lo chusco de la existencia, que tiene también la otra cara, el lado oscuro de la luna. Despectivo: su ojo crítico puede ser implacable. Entusiasta: se percibe en sus libros una gran alegría de escribirlos, como si se frotase las manos. Un recrearse en el fraseo y en la adjetivación. Y en éste en concreto, con repetidas intervenciones para glosar la frase que acaba de escribir (“Oh, me parece que me repito, perdona, lector”, etcétera). Incluso en el título se recrea, no le basta uno, necesita dos: Pequeña enciclopedia de lugares íntimos. Breviario personal de geopoética y cosmopolítica. Título seguido de un prólogo, al que no le basta con serlo sino que ha de ser Prólogo a modo de manual e ir seguido de un Anexo: Ciudades que no están (pero que me gustaría que estuviesen), y a renglón seguido la lista de esas ciudades ausentes, desde “Babilonia” a “Vancouver y, sin duda, una o dos ciudades eslovacas”.

Político: en sus ensayos y en sus ficciones el sujeto está siempre en sociedad, y la reivindicación patriótica o nacionalista de su país puede ser discreta, pero late, presente. Febril: Se siente una urgencia de contar, una energía grande de la prosa, alimentada de rabia de vivir, de desgarradura…

Fue una velada grata, simpática. Intervino el público y se habló de la guerra, claro. Él dijo que antes de que empezase ya la esperaba, y, conociendo la mentalidad rusa, estaba convencido de que la invasión comenzaría el día del Ejército Rojo. En efecto el 24 de febrero del año pasado oyó un estruendo, se acercó a la ventana, vio al otro lado del vidrio la mitad del cielo cubierta por humo negro: un misil, que iba dirigido al aeropuerto, había impactado en la gasolinera. Prendió un cigarrillo, se dijo: ya está, aquí está, es la guerra.