El escritor argentino César Aira, Premio Formentor 2021

El escritor argentino César Aira, Premio Formentor 2021

Letras

Las mil y una novelas de César Aira

El escritor argentino gana el Premio Formentor por una obra fértil y llena de imaginación donde conviven elementos grotescos con la mejor tradición literaria

13 abril, 2021 00:00

El Premio Formentor, uno de esos galardones que se entregan por el conjunto de una obra a autores en general con aún mucha trayectoria por delante, a diferencia de lo que suele ocurrir con el Cervantes, ha recaído este año en César Aira. Los 50.000 euros del premio marchan así a uno de los países con mayor historia de inflación y fluctuación en la cotización de divisas. Se une así este escritor argentino a su compatriota Jorge Luis Borges (que lo compartió con Samuel Beckett) y a muchos autores ampliamente reconocidos como Henry Miller y Alejo Carpentier.      

El Premio se concedió inicialmente de 1961 a 1967. En 2011, hace ahora diez años, se retomó, y en esta segunda época lo han obtenido Carlos Fuentes, Juan Goytisolo, Ricardo Piglia, Enrique Vila-Matas o Annie Ernaux, entre otros. Este año, además, el Premio, que abandona su escenario mallorquín, se ha fallado en la muy literaria Sevilla y se entregará en la no tan literaturizada Túnez, aunque en su encarnación anterior como Cartago haya ejercido el atractivo de su magia en novelistas como el Gustave Flaubert de Salambó (nombre igualmente de un premio barcelonés ya desaparecido) o el poeta Juan Eduardo Cirlot de la Elegía cartaginesa y El libro de Cartago.

Diez novelas

Compuesto por Anna Caballé, Francisco Ferrer Lerín, Juan Antonio Masoliver Ródenas, Gerald Martin y Basilio Baltasar (director de la Fundación Formentor), el jurado ha señalado en Aira “las técnicas, cuyo rigor, frescura y soltura recuerdan las claves jazzísticas de la improvisación”. También ha destacado la “infatigable recreación del ímpetu narrativo, la versatilidad de su inacabable relato y la ironía lúdica de su impaciente imaginación”. Realmente, imaginación no es algo que le falte al premiado; tampoco, la constancia para ponerla negro sobre blanco en la multitud de libros que desde el comienzo de su carrera, pero de modo creciente en las últimas décadas, ha dado ya a las prensas de varios países.

Aira debe de tener, se pensará, muchas pulsaciones no ya por minuto, sino por segundo. Leyendo sus novelas se advierte una facundia imparable que deriva en situaciones absurdas pero sostenidas todas por el hilo conductor de una narración poderosa en la que se hace presente que el autor sabe lo que se hace. Parece a menudo que escribe bajo el efecto de estupefacientes, pues es incapaz de contar algo en términos realistas, siempre contagiado el relato por la sorpresa, lo inverosímil, la contaminación del mundo de un storyteller compulsivo en una naturaleza que se le queda angosta. Los diálogos están casi siempre de vacaciones, los párrafos son compactos y apenas se dejan hacer una muesca. 

Cómo me hice monja

Literatura Random House ha publicado varias obras suyas en España, pero no tiene (no puede tener) el monopolio de tanta productividad. Tal vez para adentrarse en ella lo mejor sea empezar por el ramillete que la multinacional publicó en 2019: Diez novelas de César Aira seleccionadas y prologadas por el novelista Juan Pablo Villalobos. Algo más de quinientas páginas para una decena de novelas ya indica un promedio en que la extensión es más bien de nouvelle. Quiere decirse que aunque el autor se vaya (como a menudo hace) por las ramas, no alarga innecesariamente. Concentra, destila, sintetiza. César Aira es a la novela lo que Augusto Monterroso es al cuento.

En su sucinto prólogo a esa antología de novelas, Villalobos escribe: “Podría afirmarse que toda la obra de César Aira está escrita contra el Boom, aunque quizá sería más justo decir que abreva de otras tradiciones literarias y de otras maneras de entender el arte”. Y añade que, heredera de Manuel Puig y de Copi, bebe también de las vanguardias, “de la patafísica o del dadaísmo, con toda su carga explosiva de bromas irreverentes y provocaciones ingeniosas”. Lo que el prólogo promete se ve luego cumplido en las historias.

Aira, Prins

“Cecil Taylor” es una breve y falsa biografía ambientada en Manhattan, “La costurera y el viento” un delirio que recorre las carreteras de la Patagonia. “Las conversaciones” giran como las manecillas de un Rolex que aparece constantemente en torno de… de… uno ya no se acuerda, pero qué importa. El suceso que da pie a “El divorcio” tiene lugar en la terraza de un café bonaerense pero se ramifica en episodios incongruentes y termina en una historia de amor literalmente imposible pero colmada del encanto de algunas relaciones pasmosas de Álvaro Cunqueiro (pienso en “Tristán García”) o de Agustín de Foxá (“Viaje a los efímeros”). Bordea la astracanada “Los dos payasos”, pero sabe convertir el chiste en éxtasis y extrañamiento.

“El volante” es por su parte la hipertrofia hasta sus últimas consecuencias de un texto que convencionalmente ha de ser conciso, y que de Buenos Aires (lugar de residencia de Aira), sin penas saber cómo o cuándo da un salto, también de pirueta circense, al Punjab. El autor se permite crear un personaje que ostenta rasgos superficiales de su personalidad: un tal Cedar Pringle que recuerda al César nacido en Coronel Pringles que firma esas páginas. Otros narradores despreciarán el deus ex machina; César Aira, no, como demuestra en el final apresurado de “El volante”. “La confesión”, “La pastilla de hormona” (en realidad un cuento), “La cena”, “Diario de la hepatitis” (con esa frase irónica si la imaginamos escrita por Aira: “¿Volver a escribir yo? ¿Yo? Jamás”) son las otras piezas que integra el conjunto. Cada una de ellas encierra una sorpresa, una mirada distinta.

El gran misterio, Aira

Siempre tiene el lector la impresión de que el escritor le está vacilando, por emplear un lenguaje coloquial, pero acepta el juego, arrastrado por el cosquilleo en su masa gris que le ocasiona dejarse embaucar por alguien que lo hace a pedir de boca. ¿Qué importan los anacronismos, las contradicciones de la física, cuando se escuchan como un sortilegio las modulaciones de quien habla y habla como un mar incesante que no dejamos de mirar y nos cautiva?

Sus novelas no son fácilmente reducibles a un argumento, y a menudo tienen puntos de fuga que constituyen otras narraciones, muy al cervantino modo; es decir al de Laurence Sterne, que también se va, y con qué regocijo, por los cerros de Úbeda de la divagación. Lo cotidiano, el detalle, la precisión descriptiva tienen como contrapunto en Aira el salto a lo surrealista: lo más inmediato, el trampolín para dar saltos mortales (con red o sin ella, según el pacto que alcance con él el lector).

Aira, Arte contemporáneo

Otras celebradas novelas suyas son Cómo me hice monja (1993), El congreso de literatura (1997) o, para citar solo las tres últimas, de 2020: Fulgentius (novela histórica de romanos en la que un militar escribe obras de teatro), Lugones (sobre la última jornada del poeta suicida que escribió Lunario sentimental) y El Pelícano (un disparate, dicho sea sin connotaciones peyorativas, sobre dos seres estrafalarios). De las tres, solo la primera está en Random House, y las dos restantes en sellos argentinos. 

El premiado es también traductor literario, dramaturgo y ensayista. Uno de sus libros en este último género es precisamente un trabajo sobre Edward Lear, maestro del absurdo al que hay tener también en cuenta como uno de sus ascendentes. Estamos, además, ante un destacado especialista en arte contemporáneo, y una autoridad en poetas como Pizarnik y Lamborghini. 

Aira, Las noches de Flores

Mientras los periodistas culturales de todo el mundo van enviando las crónicas y los despachos con la noticia del Premio Formentor, una cosa es segura: no aquejado por ninguna forma de bloqueo, hoy como ayer y como mañana Aira estará en un café bonaerense sumando páginas, aproximadamente a razón de una por día, a una de las dos o tres novelas que publicará el año que viene.